Capítulo II

 

     Del viaje al sanatorio espiritual dos imágenes han perdurado en mi memoria. La primera, la avenida vacía. Recuerdo que no circulaba ningún vehículo ni caminaban peatones por la acera. Lo que me sorprendió porque solía estar atiborrada de coches y viandantes. Además, como al viejo Heráclito, la perpetua mutabilidad de las cosas siempre me ha seducido. De niño observaba ensimismado cómo la luz y el tiempo alteraban el verdín, las oquedades y la transparencia del agua entre las rocas. En la adolescencia, el sinsentido de una existencia fugaz y contingente me atormentaba, sumiéndome en una profunda melancolía. La segunda, una figura negra, sobre el ancho paño del muro del colegio, revive en mi memoria confundida con un lienzo de Magritte. Era el padre Francisco que aguardaba junto a la puerta del colegio. El joven sanador espiritual al que habían confiado mi convalecencia. Ha estudiado psicología en la Sorbona -apostillaba mi padre feliz de poder dejar a su hijo en manos tan expertas.

     Conversamos animosamente durante el corto trayecto que separa Cádiz del Puerto. Si dijera: ¡Fruta! ¿Qué responderías?”. Jugosa. “¡Perfecto! ¡Luna!”. “Blanca”. “¡Noche!”. Paz”. “¡Mar!”. Mi padre se giró asustado. Hasta ese momento habían sufrido mi entrega a Dios con paciencia. Está cegado por su fe -repetía el padre Raimundo. Pero el accidente había colmado el vaso de su credulidad. Y decidió aclarar si su hijo era una persona psíquicamente equilibrada. Los médicos confirmaron que gozaba de buena salud. La religión no es una enfermedad ni Dios un virus -afirmaron. Vivir la fe con tanta intensidad puede parecer locura. Pero es la voluntad de Dios. Y, como cristianos, debemos resignarnos, aunque resulte incomprensible a los ojos humanos.” comentó el padre Raimundo al saber que los médicos coincidían con su diagnóstico. Mi padre se negó a aceptar que Dios quisiera segar una vida tan joven. Las dudas son humanas. Pero los que viven intensamente su fe no entienden de convencionalismos. Abraham no vaciló en sacrificar a su hijo Isaac. ¿Qué pensaríamos de un padre que está dispuesto a ofrecer a Dios la vida de su único hijo?” -preguntó el padre Raimundo. No se preocupe. El padre Francisco sabrá encauzar ese torrente de amor en consonancia con los mandamientos de Dios y las leyes de los hombres -añadió observando el rostro descompuesto de mi padre.

     “¿Pueden ser varias?”. Las que quiera. De noche, iglesia porque la estela de la luna es como el pasillo que conduce al altar. De díacangrejo, pescadores, azul, tanza, viento, olas…¿Sigo?”. “¡No, por Dios. Son suficientes!” –exclamó riendo. El padre Raimundo tenía razón. Es el lugar idóneo. Luminoso, rodeada de pinos y eucaliptos. Y kilómetros y kilómetros de arena blanca como la nieve. “¿Podré mariscar?”. “Claro”. “¿Y dibujar? ”. Dibujar, mariscar, pescar, pasear, bañarte, lo que te apetezca”. “Pero sin excesos. No lo olvides –intervino mi padre. Es capaz de pasarse todo día dibujandoañadió sin apartar al vista de la carretera. No hay mejor medicina se lo aseguro. Ante la belleza el alma se siente indefensa. Aunque al principio merodea indecisa, acaba mordiendo el anzuelo. Puedes estar seguro. Ser detective de almas es una profesión apasionante. Y muy hermosa. Creo que será un buen ayudante.

     Las ensoñaciones se volatilizaron cuando mi padre, como un urbano Rodrigo, exclamó señalando hacia la izquierda: “¡La Milagrosa!”. “Eso esperamos que sea para ti, Salvador, un milagro -añadió el padre Francisco que no consintió que mi padre bajara del coche para despedirse. Dije adiós con la mano y entré.