Capítulo III

     La habitación era sencilla, pero acogedora. El mobiliario se reducía a una cama, una mesa y un armario. “¿No es el paraíso?” dijo el padre Francisco abriendo la ventana. Una masa abigarrada de pinos rodeaba el edificio. Casi podía tocar las ramas. A lo lejos, entre los troncos, se vislumbraba el azul verdoso del mar; sobre las copas, el azul turquesa del cielo. “¿Ves aquella cristalera? Es el mirador del que te hablé. Después de descansar recorreremos el jardín”. “Pero si no estoy cansado”. “El alma es como una bella dama prisionera en un castillo. El cuerpo, el fiero dragón que vigila la puerta. Si tiene hambre o sed, no dejará que te acerques. Pero, si satisfaces su apetito, podrás abrazar a la dama de tus sueños. Si no quieres que el cuerpo se convierta en un obstáculo, debes descansar. Dejaré la puerta entreabierta por si necesitas algo.

     Me tumbé en la cama tratando de imaginar dónde estaría mi abuela. Estará junto a Diospensé recordando el dibujo de la creación. Y allí estaba, con su bata de florecitas negras, admirando el mundo, que un anciano de largos y canosos cabellos había creado. Sigilosamente me situé entre las cebras, leones y elefantes que, a sus pies, miraban al creador y, sonriendo, la saludé. Debí quedarme dormido porque, cuando desperté, el sol me daba en la cara. Recorrí con la mirada las paredes de la habitación. No había ninguna imagen. Sorprendido se lo dije al padre Francisco. Dios está en nuestros corazones. Ahí es donde hay que buscarlo comentó.

     Como había prometido dimos un paseo por el pinar que rodeaba el edificio. El silencio era tan profundo que parecíamos dos robinsones perdidos en una isla desierta. Esas son tus herramientas de trabajodijo señalando los cuadernos apilados sobre la mesa. Cuando sientas que tu alma se desborda, deja que se eleve tan alto como desee. Una vez sosegada plasma tus vivencias en esas hojas en blancoañadió resguardándose del sol.

     Me asomé a la baranda. La playa se extendía a ambos lados. Luminosa. Infinita. Embriagado levanté el vuelo como Ícaro deseoso de emular a los dioses. Me sentía dúctil, maleable. Anudado por la manos del creador al tejido invisible del universo. Espero que el sol no queme mis alasme dije divisando a lo lejos una figura humana. Al llegar a la altura del mirador se desnudó y se metió en el agua. El alma luchando contra la muertepensé dibujando un mar encrespado bajo un cielo cubierto de negros nubarrones, entre las olas se agitaban unos brazos. “¿Está terminado?”. “Sí, padre”. “¿Seguro? ¿No falta nada?”.No”. “Con un faro o un sol abriéndose paso entre las nubes habría quedado mejor, ¿no te parece? Morir sin esperanza es muy triste”. “Las personas mueren. Desaparecen. Eso es todoNadie ni los buenos pueden eludirla. ¿Por qué existimos?…¿Para qué? La muerte no tiene sentido. Y no me diga que Él murió porque, para los seres humanos, no es un juegoTiene que perdonarme padre. Estoy muy confuso. No sé si soy yo o Satanás el que habla”. Continúa, venga, continúa. No te detengas. ¿Por qué nos ha dado Dios la vida? Di, ¿por qué? Responde sin miedo. Habla. Si quieres que tu alma se cure, tendrás que expulsar el veneno”. “Si no nos hubiese creado, no tendríamos que morir. Si tiene una respuesta mejor, dígala contesté con rabia. No sé por qué Dios nos da la vida. Pero sí que es su voluntad. Y eso me basta. Sé que la desesperanza anida en los corazones. Pero también que sin fe la existencia carece de sentido. Abre tu corazón, no tengas miedo. Dudar es humano. Y nada de lo que hagas, o pienses, puede ofenderle. Si hasta el propio Jesucristo dudó de su misión. Y es Dios”. No respondí. El tampoco insistió. Es hora de almorzar. Seguiremos después. La mente funciona mejor con el estómago llenodijo después de un breve silencio. Miré hacia el mar. No había nadie. Tampoco en la playa. Ni siquiera gaviotas rebuscando moluscos. Debe estar subiendo pensé viendo que algo se movía entre los arbustos. Aguardé unos instantes, pero no apareció.Habrá sido el vientosusurré corriendo tras el padre.