Capítulo V

     Después de la siesta volvimos al mirador. Estaba deseando preguntar al padre Francisco por los jóvenes con los que había almorzado. Su respuesta confirmó mis impresiones. Entre esos jóvenes y la Iglesia hay una especie de acuerdo tácito. La madre Iglesia acoge a los hijos más necesitados y, a cambio, espera que se consagren a ella. Los resultados no son alentadores. Aunque la labor del padre Jesús es digna de encomio. Hay que tener mucha fe en el ser humano para soportar tantos sinsabores. Pocos superarán la prueba. Cuando se ha probado la carne es difícil resistirse. Y no estoy negando la libertad ni la responsabilidad de los seres humanos. Pero las estadísticas no dejan lugar a dudasLas familias por temor a la expulsión insisten en que tienen vocación. Aleccionados por sus padres así lo creen. El padre Jesús es su última oportunidad. Si no consiguen doblegar sus instintos tendrán que abandonar el seminario. Desgraciadamente lo que mal empieza, mal acaba. A partir de hoy almorzarás con ellos. Tienes que relacionarte con jóvenes de tu edad. Estar en contacto con los peligros del mundo. Mientras elucubraba sobre tales peligros poniendo, como ejemplo, la fortaleza de Cristo en el desierto, escuché risas y gritos. Eran ellos. Bajaban en tropel hacia la playa levantando una gran polvareda de arena. Parecía una manada de potros salvajes galopando por el desierto. Al llegar a la orilla colgaron los zapatos del cuello y se metieron en el agua.

     –¿Y bien?dijo el padre Francisco.

     –Perdóneme estaba distraído.

     –Adelante. Ve con ellos.

     –Otro día.

     –¿Seguro? Podemos dejar la charla para más tarde.

     –No de verdad, prefiero quedarme.

    –Sabia decisión, sí señor. No conviene enfrentarse al peligro desarmado. Y menos a semejante jauría.

    –No es por ellos. Bueno en parte sí. Quizás cuando los conozca mejor. Ahora prefiero estar solo. Nunca me había sentido así. Ojalá pudiera hablar con ella.

   –Y lo harás. Algún día volveréis a encontraros. La muerte no es el final. Sólo es un tramo, un peldaño hacia una vida mejor.

   –Eso decía ella comenté recordando la alegría con que hablaba del abuelo-. Es muy duro vivir sin la persona amada. Pero me alegro que el Señor lo llamara primero. No sabía hacer nada ni siquiera el nudo de la corbata. Era como un niño pequeño. Saber que volveremos a estar juntos me ha dado fuerzas para vivir todos estos años ”.

    –Estabais muy unidos, ¿verdad?

    –Era sus ojos y sus manos. “Su secretario decía ella. La echo de menos.

Los comentarios están cerrados.