Capítulo VII

 

     Así que ésta es tu oveja blanca dijo una voz a mi espalda -. Pues ésta es una de las mías, aunque no tan negra como las otras, ¿verdad Luis?

     Era el padre Jesús. Iban en busca del resto del grupo. Me preguntó si quería acompañar a Luis. Y acepté. Unos días después el mismo padre Jesús me contaría leería, sería más preciso la agria discusión que mantuvieron en el mirador.

     Eran dos seres opuestos. Ni siquiera la religión lograba limar las diferencias. El padre Francisco, hijo de un diplomático, se había educado en los mejores colegios de Europa y América. Poseía un conocimiento de las personas más bien libresco. Y una visión del mundo idealizada. Carencias que suplía gracias a una inteligencia sutil y penetrante. Su aspecto cuidado y sus modales delataban un origen que no trataba de ocultar. Aunque, en él, no parecían aprendidos sino espontáneo. Algo natural. Había viajado por todos los continentes. Y dominaba varios idiomas. Todos le auguraban un gran futuro en la orden.

     La familia del padre Jesús era de origen humilde y muy supersticiosa. Generación tras generación habían ido acomodando sus vidas a los pasajes del Evangelio. Vivían el nacimiento y la pasión como auténticos protagonistas. El tiempo transcurrido carecía de importancia. La incultura y el paso de los años habían inculcado en sus mentes, toscas y primitivas, una visión maniquea de la vida. Nacido en un pueblo pequeño. La vida le había ido enseñando sobre la marcha. Y había aprendido rápidamente.

     No sé si fueron celos o lo consideró una intromisión. Pero la propuesta no agradó al padre Francisco. Hay que aprender a convivir con los peligros. Pero gradualmente. No abandonarlos en medio del océano sin brújula ni mapaafirmó preocupado. Está en buenas manos, ¿verdad Luis?”aseguró el padre Jesús. Aunque compartimos idéntico objetivo discrepamos del métodoaclaró el padre Francisco. Semanas más tarde supe el porqué de esa aseveración. En opinión del padre Jesús no se curaban los enfermos aislándolos sino inoculándole el virus. El padre Francisco que no se alteraba con facilidad se sintió herido. Y le espetó que era un resentido. Advirtiéndole que no tenía intención de pedir perdón por haber nacido en una familia adinerada. Que había llegado hasta allí con su propio esfuerzo. Que pudiendo trabajar con los más eminentes psicólogos había elegido, por entrega a Dios, ser un simple sacerdote que intentaba sanar almas enfermas. El padre Jesús contestó que sabía, por experiencia, que no era culpable de nada. Tampoco esos jóvenes que estaban a su cargo cuyo único pecado era vivir. Nadie era culpable. Y menos existiendo Dios. Quizá quiera confesarse propuso el padre Francisco colocándose la estola. Aún no necesito la extremaunciónconcluyó riendo el padre Jesús.

     Bajamos la escalinata saltando los escalones de dos en dos. Al llegar a la orilla nos detuvimos. Vamosordenó Luis corriendo hacia las rocas. Habían formado un corro, en medio estaba Andrés desnudo con los ojos tapados. “¡Ya! ¡Empieza!”gritó el que sostenía el cronómetro. Se quita la camisael sosténlas bragas…¡Qué cuerpo! ¡Qué tetas! ¡Inmensas! Abro sus piernas acariciando…”. “¡Su coño!”gritó uno. Calla o no participarásamenazó sin apartar los ojos del segundero. “…sus muslos. Muerdo su boca, sus pechos….Despacio, con suavidad susurra. No puedo más, no puedo más. ¡Aguanta! ¡Aguanta!…” “¡Tiempo!”exclamó el del cronómetro“¡Victoria! Lo he conseguido. ¡Victoria!”gritaba Andrés observando su pene flácido. El padre Jesús está esperandointervino Luis. Mi excitación era evidente a pesar de estar vestido. Avergonzado me giré hacia un lado.

     Al llegar al mirador encontré al padre Francisco solo con la mirada perdida. He pecado contra el sexto mandamiento”. “Todos pecamos alguna vez”. “¿También usted?”. “Hay tantas maneras de pecar y tantas ocasiones para hacerlo. Pero nunca pierdas la esperanza, ¿comprendes? Aunque pequemos mil, dos mil o un millón de veces, si tenemos fe en Cristo nos salvaremos. Tuve la impresión de que no me había oído. Aún así me sentí aliviado.

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