Capítulo XIII

     Comí deprisa pensando que los demás me imitarían. Sabía por experiencia que, en un grupo, siempre hay alguien que, consciente o inconscientemente, marca el ritmo. Y los demás miméticamente le siguen. Minutos después bajábamos la escalinata. Me sentía liviano, pletórico, lleno de vida. Dispuesto reír más que ninguno, saltar más alto y dejarme llevar a donde quisieran.

     Cuando perdimos de vista el mirador corrimos hacia el agua. Apenas llegamos a la orilla nos revolcamos en la arena, empujándonos, salpicándonos. Desnudos flotábamos a merced de las olas. El mar parecía un campo después de la batalla. “¡Las extranjeras! ¡Las extranjeras!” – gritaron de repente escondiéndose tras las rocas. Son ellas –asintió Luis agachándose. Primero apareció una mujer madura. “¡La ingle! ¡Fíjate en la ingle!” –susurró señalando la hilera de pelos negros que asomaban por el bañador. La seguían dos jóvenes. La mayor tenía el cabello suelto y en la mano unas gafas de bucear. Podía ver su piel a través del bañador mojado. Era muy blanca como sus cabellos. La más joven no dejaba de reír. Parecían diosas de mármol como las que había visto en el museo. Al pasar se bajó el bañador mostrando sus pechos tersos y redondos. Miró de reojo y corrió tras su hermana.

   Salimos del escondite como zombis de sus tumbas. Sólo Luis había sido capaz de controlarse. Los demás no habíamos podido evitar la erección ni siquiera Andrés, que había aguantado más de tres minutos el envite de la imaginación. Al observar los penes erectos nos echamos a reír lanzándonos al agua.

Al padre Jesús no le va a gustar -comentó Luis de vuelta a la residencia. Tu aguantaste”. “Porque el sol me deslumbró si no me habría empalmado”. “Habrías aguantado. Y lo sabes“. “Ya no estoy tan seguro. Te espero en los lavabos dentro de una hora, quiero enseñarte algo. No tardes no podré quedarme mucho tiempo.

¿Y los demás?

Esperan el material dijo abriendo la puerta de la habitación -. No toques nada. Es el dormitorio del padre Jesús –advirtió sacando un montón de revistas de la cómoda que había bajo la ventana-. Coge la que quieras. Todas están llenas de tías en pelota: agachadas, tumbadas, de espaldas, de frente, con tacones, descalzas, con las piernas abiertas, cerradas. ¿A que nunca habías visto tantas tetas? –preguntó mientras ojeaba las fotos.

Entera nunca.

¿Y tías en pelota?

Cuando era chico me desnudaba en el vestuario de mujeres. Pero no recuerdo haber visto ninguna. Ahora no puedo ni acercarme en cuanto me ven las niñas gritan: ¡Un niño! ¡Un niño!, como si fuera un bicho raro.

Elige una página cualquiera, las he mirado tantas veces que me la sé de memoriaSí esa misma, la veintiocho, ¿verdad? A la izquierda hay una morena de espaldas con el culo levantado, no se le ve la cara ni las tetas; la rubia de la derecha está de frente en cuclillas con las piernas abiertas y un dedo metido en la boca. Lo malo es que tendré que empapármelas de nuevo porque, cuando el padre Jesús sepa lo sucedido en la playa, aumentará las sesiones. Quedan pocos días. comentó Luis guardando las que sobraban.

¿Qué sesiones?

Con las revistas. Es nuestra última oportunidad. Si no controlamos el cuerpo, nunca seremos sacerdotes. Tienes que imaginar sus deseos, qué parte del cuerpo te excita y qué te gustaría que te hiciera con la boca o con las manos. Al principio te empalmas. Pero después de repetir una y otra vez lo mismo, no se te mueve ni un pelo. Aunque después de lo sucedido esta mañana no estoy tan seguro. Deberíamos dar las clases en la playa porque no es lo mismo una mujer de carne y hueso que una fotografía, por mucha imaginación que le eches – concluyó cerrando la puerta.

     Me ofrecí a ayudarle a llevar las revistas. Pero se negó. Nadie debe saber que te las he enseñado -insistió. Esperé a que desapareciera por el pasillo y salí al jardín.