Escena III

(Se apaga la luz. En el interior de la consulta. Salvador en el diván. El psicólogo detrás)

 

Salvador:  ¿Comprende ahora por qué me preocupa el sueño?

Psicólogo:  Pronto dejará de molestarle.

Salvador:  ¿Cree que estaría tumbado en este sofá si hubiese dejado de soñar lo mismo?

Psicólogo: Asumirlo le llevará tiempo. Es normal. Delatar a sus compañeros debió de ser traumático.

Salvador:  Camaradas. Es la segunda vez que dice compañeros.

Psicólogo: Compañeros o camaradas, ¿qué más da?

Salvador: En mil novecientos setenta y cinco sí importaba. Rafael y yo éramos camaradas. Militábamos en el mismo partido, ¿cómo iba a delatarle? ¿Cómo iba a entregarle para que le torturaran como a Grimau o le tiraran por la ventana como a Ruano? Y, ¿por qué? ¿Por qué iba a entregarle? No consigo recordar. Sólo veo la cabina.

Psicólogo:  Si Rafael leyera el resto del informe se aclararían las dudas.

Salvador:  No me fío de los hombres, y menos de él. El rechazo era mutuo. Cuestión de química.

Psicólogo: Pero Rafael no era un hombre. Era un camarada.

Salvador:  Sí, el camarada Gorki, frío e insensible como un lagarto. ¿Sabe cuáles fueron sus palabras, sus únicas palabras, después de pasarme dos años en la cárcel? Me habían citado en el parque del Oeste, al verle, me acerqué con la intención de abrazarle. Ni siquiera levantó la cabeza. Cuando llegué a su altura susurró: “A las nueve en Aluche”. Y se marchó.  Me entraron ganas de matarle. En la cárcel había más calor humano, aunque también allí pude comprobar que los autoelegidos para conducir el ganado humano al paraíso carecen de sentimientos.

Psicólogo:  ¿Lo hizo?

Salvador:  ¿Qué?

Psicólogo:  Matarle.

Salvador:  ¿Cómo iba a matarle si he hablado con él esta mañana?

Psicólogo:  Matarle, delatarle, ¿qué más da? Lo que importa es que quería eliminarle.

Salvador:  Pero, ¿por qué?

Psicólogo: Porque le odiaba.

Salvador:  No he dicho que le odiara.

Psicólogo:  ¿Sintió o no deseos de matarle?

Salvador: Me sentí herido, ¿es que no lo entiende? Ni siquiera preguntó cómo me encontraba.

Psicólogo:  Responda con sinceridad, ¿le odiaba o no?

Salvador: Parece uno de esos torpes burócratas que se han hecho comunistas por azar o influido por las circunstancias, pero podría haberse convertido al Islam, al budismo o cualquier religión si algún creyente se hubiera cruzado en su camino.

Psicólogo: Nunca me ha interesado la política.

Salvador:  Pues se comporta como uno de ellos.

Psicólogo:  ¿Cómo un comunista?

Salvador:  Sí, como uno de esos militantes ignorantes y maniqueos incapaces de analizar la realidad sin consultar los sagrados textos del dios Marx. ¿Qué quiere que le diga? Que lo delaté porque lo odiaba o lo odiaba porque representaba a mi padre. O cualquier otra afirmación de su idolatrado maestro. Olvide sus palabras, y piense por sí mismo. No odiaba a Rafael sino a lo que representaba. Los que se aprovechan del poder, o de la verdad encontrada en no se sabe dónde, para subyugar a los demás me dan asco. Siempre me he rebelado contra cualquier clase de autoridad. Que me enfrentara a él era cuestión de tiempo. No se puede luchar por la igualdad y la justicia siendo desiguales e injustos.

Psicólogo: De acuerdo. Usted necesita saber por qué les delató. Ese es el problema, ¿no? Pues lo tiene fácil. Pregúnteselo.

Salvador:  ¿A Rafael?

Psicólogo: ¿A quién si no?

Salvador: Está bien. Volvamos a la representación. Pero no le garantizo que me dé por satisfecho.

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