Escena XI

(Se apaga la luz. Aparece Salvador junto a la puerta de un bar esperando la llegada de Helena representada por Luisa)

 

Helena:   Perdona el retraso.

Salvador:  No importa acabo de llegar, ¿quieres tomar algo?

Helena: Prefiero pasear. Los bares están llenos de chivatos y sociales. ¿Conoces a los secretas de la facultad? Se pasan la mañana en la barra porque, si se sientan, les arrojan hasta vasos.

Salvador:  No sé. Voy poco por la cafetería.

Helena: , hombre, unos tíos bajitos, calvos, con gafas y chaqueta que están siempre junto a la entrada.

Salvador:  Quizás los haya visto, pero ahora no caigo.

Helena:  Con aspecto de empleados del Corte Inglés.

Salvador:  ¡Ah,!  Dos tíos horteras que parecen Rompetechos.

Helena:  Sólo a un andaluz se le ocurriría comparar a los polis con un personaje del TBO.

Salvador:  ¿Se parecen o no?

Helena:  Sí, pero vuestro carácter me choca. Os lo tomáis todo a chufla.

Salvador:  Pocos andaluces debes conocer. ¿Tú eres de aquí?

Helena:  Sí, aunque hubiese preferido nacer en una capital  de  provincia.

Salvador:  ¿Alguna en particular?

Helena:  Santander.

Salvador:  ¿Por qué? ¿No te gustan los andaluces?

Helena:  Mis abuelos nacieron allí.

Salvador: Pues has tenido suerte porque, en las provincias, no se goza de tanta libertad como aquí.

Helena:  Libertad no hay en ningún sitio tampoco en Madrid.

Salvador:  Al menos puedes vestir como quieras sin que se metan contigo. Hay menos control. Los que hemos nacido en provincias lo notamos muchísimo. En Cádiz no podría ir con esta pinta.

Helena:  Poder vestir como quieras no significa ser libre. A la dictadura, le conviene que los jóvenes identifiquen libertad con ir con vaqueros o con melenas, porque esa libertad no supone ningún peligro. Sin embargo, no va permitir que te expreses o te reúnas libremente porque esa libertad sí es peligrosa.

Salvador:  No opinarías igual si te prohibieran llevar pantalones o minifalda.

Helena: Esa obsesión por ir a la moda es una necesidad fomentada por el capitalismo. No creo que sea un problema llevar o no un tipo de pantalón o de peinado.

Salvador: Si no me obligaran, seguramente no me importaría. Pero tener que comprarte un pantalón o una camisa de un color determinado porque unos son propios de mujeres y otros de hombres, me revienta. Yo no necesito que nadie me diga cómo tengo que vestir o cómo de largo tengo que llevar el pelo. Quiero ir como me apetezca. Sin que nadie me controle.

Helena: Te entiendo. Que te digan como tienes que vestir o peinarte es molesto. Pero cuando comprendes que lo que importa es lo que piensas, lo demás te es indiferente. Hace unos años llevaba faldas cortísimas y me pintaba como una fulana. Ahora procuro ir lo más normal posible.

Salvador: Pero el aspecto es indicativo. Tu misma has dicho que es fácil identificar a los sociales por la vestimenta. Pues igual ocurre con todos. Hay relación entre el modo de pensar y de vestir. A los guerrilleros de Cristo Rey se les reconoce por la pinta de niños bien que tienen. No creo que un tío con melenas y vaquero sea un carca.

Helena: Es cierto que, por el aspecto de empleados del Corte Inglés o la pinta de pijos, podemos identificar a los sociales o a los fachas. Pero ellos no tienen que vivir en la clandestinidad como los estudiantes o  los obreros politizados. Si  luchas contra la dictadura tienes que pasar lo más desapercibido posible porque, si llevas una pinta hippiosa, te detendrán al día siguiente. Y, ¿qué es más importante, gozar de libertades políticas o llevar el pelo largo? Cuando acabemos con Franco podrás vestir como te dé la gana. Pero, mientras la dictadura siga en pie, hay que distinguir lo principal de lo secundario. Si sólo te preocupa tu aspecto, podrías pensar que España es un país democrático. Lo cual a la larga puede resultar muy peligroso. Nosotros ahora mismo estamos paseando por Princesa despreocupadamente como si fuéramos por los Campos Elíseos. Pero, en cualquier momento, podrían detenernos. Así que vamos a montar una coartada. En caso de que nos pare la poli, decimos que hemos quedado para preparar un examen, por ejemplo, de Teodicea. Tenemos que decir lo mismo si no queremos acabar en comisaría.

Salvador:  ¿Es que pasear está prohibido?

Helena: Depende con quien. A mí me tienen fichada. Y, si te ven conmigo, también te ficharán a ti.

Salvador:  Me da igual. Yo salgo con quien quiero.

Helena:  Pero es peligroso, nos pueden detener en cualquier momento. Sobre todo a ti.

Salvador:  ¿A mí? Yo no he hecho nada.

Helena:  Enfrentarte a los guerrilleros, ¿te parece poco? Seguro que habrán informado a los sociales que hay otro rojo en clase. Además, con la pinta que llevas, te identificarán al momento. Si te cortaras el pelo y te pusieras ropa más normal, no te reconocerían. Los que zurran  vienen de otras facultades.

Salvador:  No exageres. Me limité a defenderte.

Helena:  Los antifascistas son para ellos comunistas. Así que ten cuidado. Bastaría con que te cortaras el pelo.

Salvador:  Tiene gracia que unos fachas consigan lo que mi padre intentó durante años.

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