Epístola I a la Epístola V

                                                         

 

                                                                    EPÍSTOLA     I

 

     Sé que gozas de una salud envidiable, no sólo por tu juventud sino porque vives sin excesos, como prescribe nuestro amigo Sólon, pero también que estar sano no basta para alcanzar ese estado placentero que llamamos felicidad, tampoco el dinero ni los placeres. ¿Acaso fue el deseo de poseer lo que te impulsó a marchar a tierras tan lejanas? Así que procuraré disipar esos temores. No quiero que falsas preocupaciones te impidan gozar de la quietud espiritual que ansías.

     Temes que, con el paso del tiempo, nuestra amistad se enfríe porque ni el amor ni la amistad perduran sin la presencia de los amantes o del amigo. (La escritura, ese nefasto invento, no es suficiente. Te equivocas, no hay  invento más bello si la amistad es auténtica. No, claro que no he olvidado la tarde en que leímos el mito de Theuth. Pero eso no significa que esté de acuerdo con tu aseveración. Nuestro amigo Platón tampoco lo estaría. Prueba de ello son sus hermosos diálogos).

    Cuando la separación es reciente los recuerdos suplen la ausencia, aún resuenan en mi mente tu voz y tus gestos. Con el paso del tiempo comprendes, aunque cueste reconocerlo, que ignoras qué problemas o preocupaciones le impiden conciliar el sueño. Entonces te refugias en los viejos tiempos para convencerte que la amistad continúa tan sólida como antes. Pero no se puede vivir permanentemente engañado. E inevitablemente descubres que tiene otro confidente como le sucedió a Santiago”. Para suavizar tus palabras, añades: Ojalá un nuevo Odiseo recale pronto en tu isla (no hay mejor antídoto ni medicina más dulce que Homero).  Y, como si el desahucio fuera inminente, te arrepientes de no haberte llevado, la silla de enea en la que me sentaba mientras preparabas el almuerzo. No te preocupes, cuidaré de ella mientras estés ausente. También protegeré de las gaviotas la roca en la que presenciábamos la puesta de sol cada tarde. Nunca faltaste a tan hermoso espectáculo. Ni siquiera cuando estabas de guardia en el ambulatorio. Aunque sólo alcanzabas a ver el fin de la batalla cuando los tonos cenizas se apoderaban del horizonte.

     Te equivocas al comparar el amor con la amistad porque es posible que sea necesaria la presencia de los amantes, -eso al menos piensa nuestro amigo Epicuro: “Si nos privamos de la vista, de la conversación y del trato continuado, la pasión amorosa se desvanece”, pero no del amigo. Por eso afirma: “De cuantos bienes proporciona la sabiduría para la felicidad de toda una vida, el más importante es la amistad”. Y que lo cite dos veces no significa que esté de acuerdo con todas sus opiniones. Conviene ser cauto. Y no identificarse con ninguna persona por muy clarividente que pueda parecernos –a pesar del fervor que siente nuestro amigo Lucrecio por el “primum Graius”: “A ti te sigo, honor de la gente griega, y pongo ahora mis pies en las huellas que estamparon los tuyos, no tanto por rivalizar contigo, como por amor, pues ansío imitarte; porque, ¿cómo podría la golondrina retar a los cisnes? Y ¿cómo los cabritos de trémulos miembros igualar en la carrera el ímpetu del fogoso corcel? Tú, padre, eres el descubridor de la verdad, tú nos da preceptos paternales, y como en los bosques floridos las abejas van libando una flor tras otra, así vamos nosotros a tus libros, oh ilustre, a apacentarnos con tus áureas palabras, áureas y dignas siempre de vida perdurable”.

     Hermosas palabras, demasiado hermosas para describir a un ser humano. Aunque inquietante teniendo en cuenta las funestas consecuencias que el culto a las personas ha ocasionado a la humanidad. Reconozco que la belleza me seduce y que mi capacidad de raciocinio disminuye hasta el punto que, cuando leo tan sentidos elogios, mis convicciones se resquebrajan. ¿No es asombroso que veintitrés siglos después de su muerte aún sintamos su calor y su entusiasmo? ¿Te parece peligrosa tal capacidad de seducción? El peligro está en el que lee, en su minoría de edad mental, no en las palabras ni en los pensamientos como cuenta nuestro amigo Luciano de un extravagante personaje de su época –“nunca tuvo su mirada en la verdad, sino que siempre habló y actuó para la fama y el aplauso del vulgo”– que se autoinmoló al finalizar los Juegos Olímpicos en el año 165 d.C.: “Y, ¡por Zeus!, no sería nada extraño que entre tantos imbéciles como hay se encontrara a quienes afirmaran que por su intercesión se han librado de las calenturas cuartanas o que se han encontrado por la noche con esta divinidad nocturna…Y seguro que nombrarán sacerdotes encargados de las flagelaciones, de las quemaduras y de otros prodigios parecidos”.

     Antes de asumir opiniones ajenas pregúntate: ¿seguiría convencido de su bondad si hubiesen sido escritas por un ignorante? Aun siendo la respuesta afirmativa no dejes de reflexionar, y de contrastarlas con tu propia experiencia y la de los demás, para poder rectificar si descubres que estabas equivocado. Los espíritus libres no necesitan dioses, se bastan a sí mismos. Apártate de los que exaltan o tratan a otro ser humano como si fuera un dios o sus palabras divinas. Escucha sino a nuestro amigo Luciano: “Más tarde me encontré con muchos que salían para verle con sus propios ojos, pues esperaban encontrarlo todavía vivo…A la mayoría les hice volver cuando les dije que ya todo había terminado, salvo a los que…querían ver el lugar y recoger alguna reliquia suya. Entonces…tuve un trabajo enorme para informar a todos..Si veía a alguno de aspecto educado, le contaba escuetamente…lo ocurrido, pero a los tontos y a los que se quedaban con la boca abierta al oírlo, les añadía algo dramático de mi propia cosecha, como por ejemplo que cuando…se lanzó a la hoguera…ocurrió un gran temblor de tierra acompañado de gemidos y que luego un buitre había surgido de en medio de las llamas…diciendo con voz humana… “Dejé la Tierra, me voy al Olimpo”. Ellos entonces se quedaban atónitos, caían de rodillas atemorizados…Al volver…me encontré con un hombre…estaba contando…que le había visto después de arrojarse a las llamas, vestido de blanco…paseando resplandeciente…Luego les soltó lo del buitre, jurando que lo había visto con sus propios ojos…el buitre que yo poco antes había hecho volar como burla de los tontos  y papanatas…. Y concluye con humor: Ya puedes imaginarte todo lo que lógicamente va a ocurrir en adelante, basándose en nuestro hombre…”. Si no fuera porque la burla se hizo carne también yo reiría.

     Nada hay más valioso que libertad ni siquiera la amistad. Citaré a las personas por lo que dicen, desdeñando las etiquetas por las que son clasificadas: derecha, izquierda, creyente, ateo o agnóstico. Y, haciendo uso de mi libertad e independencia intelectual, confieso que no creo que el amor sea tan peligroso -en otra ocasión daré mi opinión sobre el tema-, ni que haya que buscar la amistad a toda costa. Si un náufrago recala en mi isla lo acogeré como hice con Santiago o contigo. Mientras tanto seguiré solo. Aunque no lo estaré si me acompañan tus cartas, los recuerdos y nuestros amigos.

     Gracias a que Santiago me enseñó a cultivar tomates, pimientos, berenjenas y patatas me apaño bien solo, aunque es agradable pensar que alguien acudiría si lo necesitara porque como enseña nuestro amigo Epicuro: “No tenemos tanta necesidad de la ayuda de los amigos, cuanto de la seguridad de su ayuda”. A él le debo que no haya necesitado salir de mi islote. Con las verduras, la pesca y los huevos que Asclepia pone entre las rocas tengo bastante.

     Sé que la vida, sin vino, es como un atardecer en blanco y negro. Pero hay placeres que, sin compañía, dejan de serlo, por eso prefiero compartirlos (aún conservo algunas de las botellas que me regalaste). Es difícil que alguien pueda sustituirte. Nadie puede borrar los recuerdos. Santiago y tú estaréis siempre conmigo. Nuestra amistad durará tanto como nuestras vidas.

      Este consejo nos da nuestro amigo Séneca: “Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno frente a la muerte, no menos que frente a las restantes calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para meditarlo”. Y como advierte que nos nutramos de “algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma”. He recogido éste de nuestro amigo Federico Nietzsche: “¿Será posible? Ese santo varón, metido ahí en su bosque, ¡no ha oído aún que Dios ha muerto!”. Ese santo varón, como la mayoría de los hombres, ignora que Dios ha muerto. Si alguna vez llega la noticia a sus oídos comprenderán que ha desaparecido el obstáculo que les impedía ser libres. Y la imaginación será la esencia del ser humano. Mientras disfrutar de la noticia será privilegio de unos pocos.

     Asclepia está cacareando, si no me apresuro las ladronzuelas gaviotas me  birlarán  el almuerzo.

       Cuídate

 

 

                                                                EPÍSTOLA II

 

     He reconstruido en un mapa tu accidentado periplo en busca del Dorado. Y la única explicación que encuentro para justificar la temeridad de subirte a tales aparatos (a veces tenía la sensación de estar protagonizando una película de la segunda guerra mundial) es que para ser feliz, como enseña nuestro amigo Epicuro, además de “la salud del cuerpo” es necesaria también “la tranquilidad del alma” (por solidaridad y ganas de ayudar al Tercer Mundo).

     A veces dejaba de leer porque expresabas con tanto realismo el sonido ambiente (la chapa crujía y la carga se desplazaba de un lado para otro), que tenía la sensación de viajar a tu lado. Y, cuando me cercioraba que el suelo seguía bajo mis pies, continuaba. No he osado preguntarme en que se apoya la Tierra, no era el momento apropiado para tales indagaciones, porque ninguna palabra, que como bien sabe nuestro amigo Gorgias “puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión”, aunque suenen tan científicamente contundentes como fuerza de  gravedad o curvatura del espacio-tiempo, alivian el vértigo mental que me provoca la sensación de vacío. No me gusta contrariar a los amigos, y, menos aún, si es tan sufrido como nuestro amigo Pascal: “El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra”. Pero a mí también me aterra siendo finito.

     A pesar de los avatares padecidos, no percibo en tu carta ningún atisbo de arrepentimiento o melancolía por encontrarte lejos. No tuvo tanta suerte nuestro amigo Ovidio cuando marchó a Tomos, en “el confín del mundo”, por orden del emperador Augusto. Coincidid, sin embargo, en la fuerza de los sentimientos. Es tal  su maestría, y tanta la tristeza, que es imposible leer sus “Tristes” sin padecer idéntico sufrimiento: “Adondequiera que dirigieras la mirada no se oían sino gemidos de dolor, y el interior de la casa ofrecía el aspecto de un funeral ruidoso”.

     Te quejas de que operando día y noche, sin apenas descanso, es difícil hacer amigos. Y que te pasas los días entre enfermedades, curas y tratamientos. Sabías que sería así, pero no puedes evitar añorar nuestras charlas nocturnas (charlas metafísicas a la luz de las estrellas) mientras seguíamos el vaivén de las linternas de los botes o rastreábamos el firmamento en busca de estrellas fugaces.

      Más desanimado debería estar nuestro poeta para confesar a su esposa que, además de no tener “ningún amigo que me consuele o que charlando conmigo me ayude a pasar sin sentir el lento transcurrir del tiempo”, “ni soporto el clima…y el propio país no me agrada”. Sin embargo, halló la manera de mitigar la tristeza que le producía vivir desterrado: “Yo mismo me acompaño, sin embargo, y disfruto de mi talento”.

     Sabio y hermoso consejo. No hay mejor amigo que uno mismo. Deberías seguirlo mientras no se cumplen tus deseos. Los amigos aparecen cuando menos te lo esperas. Así te conocí a ti y a Santiago. Sé que tu amistad no fue espontánea. Que te picó el gusanillo oyéndole hablar. Aun así el azar te impulsó a venir al pueblo, a trabajar el día que acudió a la consulta y que tuviera ganas de conversar porque no era muy hablador.

     Recuerdo la tarde que me entregaste la carta. Se moría y quería despedirse (Gracias por tu amistad. Han sido los mejores años de mi vida). No sabía que estuviera tan enfermo. Seguramente lo sospechara, pero es difícil asegurarlo. Los enfermos no desean saber la verdad.  Es más nadie quiere saberla. Y menos si se trata de la muerte.

     Sé que las personas procuran permanecer en la mayor ignorancia posible pensando que serán más felices. Pero el número no justifica el engaño. Esa felicidad no es propia de seres que se guían por la razón sino de plantas o insectos. Tal actitud no es innata sino consecuencia de la distorsión que producen la religión o la ideología. Un  problema viejo, tan viejo como el ser humano.

     El médico debe eliminar, o aminorar el dolor, tanto antes como en el momento de morir, no contribuir a preservar la inhumana concepción de la vida y la muerte que inculca las creencias religiosas. Porque, no es el hecho de morir lo que nos aterra, sino el sufrimiento que conlleva, así como la idea de desaparecer, la incertidumbre sobre si hay o no vida después de la muerte, o si son reales las historias con que nos atemorizaban desde niños, como confiesa Céfalo a nuestro amigo Sócrates. ¡Pensar que preferimos fantasear sobre un más allá poblado de volátiles seres producto de la fantasía humana en vez de aceptar la respuesta más obvia: que no ocurrirá nada porque no hay nada! No sé por qué se empeñan en afirmar que la complejidad es la característica de la verdad (¡Tan difícil es vivir sin dioses!).

     No he olvidado mi promesa. Dejaré las reflexiones sobre la muerte para otra ocasión. Quieres saber qué pensé de ti: que siendo tan joven te aburrirías en compañía de alguien que empieza a envejecer. Las generaciones están condenadas a no entenderse. Pero como mostrabas un sincero interés por la experiencia de alguien que ha vivido más que tú, sabías escuchar y reflexionabas antes de intervenir, comprendí que no padecías los defectos de la mayoría de las personas. Y no te ocurriría como a nuestro amigo Ovidio: “Si estos consejos que yo te doy me los hubiesen dado a mí antes, probablemente estaría ahora en la ciudad en que debiera estar”. Aunque yo, que no soy tan optimista, dudo que los consejos puedan cambiar el comportamiento. Ningún ser humano sacará ni hoy ni nunca provecho de la experiencia ajena. Estaremos siempre en el punto cero. Aquiles nunca alcanzará a la tortuga. Es ley inexorable de la naturaleza humana. Principio de Zenón podríamos denominarla.

     Nuestro amigo el poeta sabía que los que se mezclaban en tales asuntos terminaban desterrados, encarcelados o condenados, pero pensamos que, aun jugando con fuego, no nos quemaremos. Debería quejarse de sí mismo no de los demás. O de nadie, como aconseja nuestro amigo Epicteto: “Es propio de un ignorante echar la culpa a los otros de sus desgracias; en cambio acusarse sólo a sí mismo, es propio de un hombre que empieza a instruirse; y no acusar ni a los demás ni a sí mismo, es lo que hace al hombre instruido”. Los dioses olímpicos no eran trascendentes. No prometían ningún paraíso en el cielo. La religión pagana seleccionaba, reforzaba, corregía, no distorsionaba la realidad, como recuerda nuestro amigo Nietzsche.

    Si no te ha gustado la sentencia, al menos estarás de acuerdo que nos acordamos de los consejos cuando sufrimos en nuestras propias carnes los augurios, es decir, cuando no hay remedio. Quizás el Principio de Zenón te ayude a comprender por qué, a pesar de que han pasado más de veinte siglos, los seres humanos ignoran el consejo de nuestro amigo el poeta Lucrecio: “Escuchad la voz de la naturaleza: ¿Qué os exige, sino un cuerpo exento de dolor y una mente alegre, libre de terrores e inquietudes?”,  o musitan idénticos prejuicios: la felicidad no puede ser tan barata.

      Cuídate

                                                             EPÍSTOLA III

 

     Según nuestro amigo Epicuro “los deseos, unos son naturales y necesarios, otros naturales y no necesarios, otros ni naturales ni necesarios, sino que provienen de una opinión vana”. No sé de qué tipo son los tuyos, pero como añade que “si los conocemos bien, sabremos relacionar cada elección o cada negativa con la salud del cuerpo o la tranquilidad del alma, ya que éste es el objetivo de una vida feliz”, te complaceré en todo lo que pides, empezando por el final, por el parte meteorológico que encarecidamente solicitas en cada carta (Bastarán una líneas, mi imaginación hará el resto).

     Si de algo puedo hablar, después de vivir diez años en este islote, es del color del mar o de la fuerza del viento (Por las noches es cuando más echo de menos la brisa del mar). Esta vez no es culpa de la distancia. Desde hace días el viento de levante, huyendo de tu querida África, zarandea el mar sin descanso. Las olas, como si mi islote y yo fuéramos obstáculos a superar, golpean puertas y ventanas. Se diría que una estampida de ñus, cebras y antílopes se aproximara. El calor es tan intenso que sólo salgo si, en su alocada carrera, dañan la valla del huerto o para asegurar las amarras del bote. Paso los días leyendo, dibujando y escribiendo cartas (si recibes varias, ya sabes quien es el culpable). Cuando se calma, me tumbo sobre las rocas consciente de que miles de ojos –en AtenasRoma, Babilonia o Alejandría– antes que los míos han escudriñado el cielo impulsados por idéntico anhelo: sentirse parte del cosmos. A pesar de la distancia y de que, desde tu querida África, no ves el mismo cielo, siento los latidos de todos los seres, que ahora y en otros tiempos, se extasiaban al contemplar las estrellas. ¿Qué pienso? ¿También quieres conocer mis pensamientos? Que la belleza, no el  bien, es la invención más sublime de la mente humana.

     He dibujado varios bocetos de la Venus Dyadomene, el cuadro de Apeles que tanto entusiasmó cuando fue expuesto en Roma por deseo de Augusto. Y, ¿sabes qué? Disfruté más con los textos de Filóstrato o Plinio que dibujando. Al ser la belleza un producto humano, cuanto más ponemos, más bello nos parece lo que vemos, leemos o pensamos. No me extraña que nuestro amigo Platón afirme que “el cosmos es lo más bello de todo lo que ha sido producido”.

     Llevo un rato observando las luces de la ciudad. Y, me preguntaba, si es el contraste entre la luz y la oscuridad o ser una imitación del cielo lo que las hacen tan placenteras. No he llegado a ninguna conclusión, bueno que “el placer es el principio y el fin de una vida feliz”, como enseña nuestro amigo Epicuro. ¿Malo? Los placeres naturales sólo dañan a los que se privan de ellos. Nunca me acuesto sin apurar hasta la última gota. Por eso contemplo el mar antes de que los efluvios nocturnos se apoderen de mis pensamientos. Sólo así podré plasmar lo que siento. Y colmar tus deseos.

     A pesar de que el viento irisaba su piel. Se ha pasado el día adormilado. A veces entreabría los ojos somnolientos pero seguía durmiendo. Cuando ha oscurecido se ha desperezado y, una vez desentumecido el cuerpo, ha ronroneado entre las piernas. No, el levante no se ha ido, sigue agazapado. Tú, que meces su cuna, sabes que antes de regresar a las arenas del desierto remoloneará tres o cuatro días.

   Estoy traduciendo los “Versos Paganos” de Heleno, un poeta amigo del emperador Juliano. En realidad se llamaba Pablo, nombre con que sus padres, devotos cristianos, le bautizaron en recuerdo del converso. Pero, asfixiado por la represión y la crueldad de los galileos, se unió a la fugaz ofensiva de nuestro amigo el emperador en defensa de ZeusApolo y Afrodita. Su vida fue breve pero intensa, ya te iré contando algunos episodios. De sus poemas juzga tu mismo:

     Livia, pupila aventajada de Diana,
no ha esperado que anocheciera
para atravesar con su dulce venablo
el corazón herido de su víctima.
Embaucado por las abundantes lágrimas
de su histriónica criada
llegué sin respiración a su dormitorio.
Al verme tan acalorado sonriendo me besó.
Yo, siguiendo ancestrales dictados,
abracé su cuerpo, cayendo en la celada.

     ¡Es una burda imitación de nuestros amigos Marcial y Catulo! No seas tan duro. ¿Quién –que no sea Horacio, Ovidio o Virgilio– resistiría ser comparado con tales genios? Al menos exhalan frescura, no son una simple copia, una reconstrucción muerta. Se palpa el deseo de vivir, de respirar en un mundo invadido por humaredas cada vez más espesas. No salvaron a los humanos dioses griegos pero quedaron sus versos, su orgullo de ser hombres libres.

     Para que también tú ahuyentes las tinieblas religiosas medita estas palabras de nuestro amigo Nietzsche: “En el fondo de las cosas, y pese a toda mudanza de las apariencias, la vida es indestructiblemente poderosa y placentera”. ¿No huele a paganismo?

      Cuídate

                               

              

                                                               EPÍSTOLA    IV

 

     Dices que la muerte es incomprensible (“¿Conoces algún filósofo que dé una explicación mínimamente lógica?” ¡Claro! Nuestro amigo Epicuro: “La muerte no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte no está presente, entonces nosotros no somos”. Pero no creo que te satisfaga porque no preguntas, niegas, como recrimina nuestro amigo Kant a sus detractores: “Aquellos…que ya han resuelto de antemano lo que deba aprobarse o desaprobarse, no quieren explicación alguna susceptible de contrariar a sus intenciones particulares”. Y no te lo reprocho. A mí tampoco me convence. No soy uno de sus adeptos); que, a diario, ves morir a niños, jóvenes, adultos y ancianos (La mayoría de la muertes podrían evitarse con prevención y un poco de dinero. Pero la situación no cambiará mientras los gobernantes de los países del Tercer Mundo no necesiten sus votos para conservar privilegios y prebendas). Y todavía no has encontrado ninguna con sentido.

     Te has preguntado por qué deberían tenerlo. Si no será un rasgo de soberbia y de estupidez, en el peor de los casos, creer que el mundo debe regirse por nuestra lógica (lo cual, por otra parte, no sería deseable, si consultas las estadísticas comprobarás que mueren a destiempo más personas por causas culturales que naturales como nos recuerda nuestro amigo Dicearco: Cuánto mayor número de gente ha destruido el ímpetu de los hombres con guerras y sediciones civiles, que los que han perecido por todas las demás plagas y calamidades”). No, el mundo no es lógico sencillamente porque se trata de tu lógica, de nuestra lógica. Y nada más. Igual sucede con la verdad, el bien o la belleza. El mundo no es una creación nuestra sólo nuestro juicio lo es. Eso al menos piensa nuestro amigo Nietzsche: “La ingenuidad hiperbólica del hombre sigue siendo, pues, considerarse a sí mismo como el sentido y la medida del valor de las cosas”. Quizás deberíamos empezar por las premisas. Y no permitir que, mi manía por contestar las cartas por el final, se imponga también al razonamiento.

     ¿Por qué “el mundo aparece como falto de valor”? Esta es su explicación: cuando el ser humano toma conciencia de “que no se llega a nada con el devenir, y que, bajo todos los  devenires no gobierna ninguna gran unidad en la que el individuo pueda sumergirse…queda como subterfugio considerar todo el mundo del devenir como engaño e inventar un mundo situado más allá de éste y considerarlo verdadero. Pero tan pronto como el hombre llega a darse cuenta de que la construcción de tal mundo se debe sólo a necesidades psicológicas…se admite la realidad del devenir como única realidad…pero no se soporta ese mundo, aunque no se le quiere negar…”.

     Espero que la cita, aunque larga, haya merecido la pena. Y, en premio a tu paciencia, te confiaré algo que nunca hasta ahora había contado. Te habrás preguntado qué hace una persona sola en una islote rocoso alejado casi un kilómetro de la costa. También yo caí del caballo, aunque no camino de Damasco sino en casa mientras almorzaba. Me gustaba comer viendo las noticias, para comprobar si las imágenes coincidían con lo que había imaginado al leerlas en el periódico, cuando apareció Severo Ochoa junto a la tumba de su esposa. Habló sin tapujos, con una sinceridad que iluminó mi conciencia. Dijo lo que todos pensamos pero callamos. Ignorando las mentiras que nos impiden afirmar: Nunca más. Jamás volvería a ver a su mujer. Aunque pasaran siglos y milenios nunca volverían a verse. No había esperanza. El reencuentro jamás se produciría. Observé su rostro, no había hastío ni dolor. Sólo serenidad, indiferencia, sabiduría.

   Entonces recordé el pie de foto de la contraportada del periódico: “Sé que nunca más volveré a verla”. Esa frase que había oído cientos de veces sin que despertara en mí el más mínimo interés. Esa tarde produjo un efecto desconocido. Todos los más allá son fantasías que inventamos para no admitir que moriremos y desapareceremos para siempre. Que no volveremos a recuperar la conciencia. Nunca más. Jamás volveremos a existir. No “volveré con ese mismo sol, con esta tierra, con ese águila, con esta serpiente” como enseña nuestro amigo el maestro del eterno retorno. Al desaparecer los más allá, sentí que la vida recuperaba el brillo que falsas creencias habían oscurecido. Recordé un anuncio que había leído días atrás. Vendí mis pertenencias. Y vine a este faro para gozar, día a día, minuto a minuto, de la existencia.

     Dice nuestro filósofo “que el pesimismo no es un problema sino un síntoma”. ¿Cuál es entonces el problema? “Que tendremos que pagar el haber sido cristianos durante dos milenios”. Cambiemos de mentalidad ya que no podemos modificar el pasado. ¿Cómo? Recuperando la cultura grecorromana. Si deshaces el camino unos segundos siguiendo el consejo de nuestro amigo Marcial: “No es, créeme, del sabio decir “viviré”. Demasiado tardía es la vida de mañana. Vive hoy”. O, si te obsesiona la idea de pecado, sustituyendo el sexto mandamiento por los versos de nuestro amigo Ovidio: “Pero a mí, tóqueme en suerte languidecer en el movimiento de Venus; cuando muera, apáguese mi vida en medio del acto amoroso; y que alguien llorando diga en mi funeral: “Esta muerte ha sido acorde con tu vida”. Comprenderás que  nuestras raíces son griegas, el tallo de Cristo, ¿las flores?, de ambos.

     ¿Quieres algo más profundo para “meditar y practicar” como aconseja nuestro amigo Epicuro? Quizás te sirvan estos luminosos destellos de nuestro amigo Nietzsche: “No hay a nuestros ojos adversarios más radicales que los teólogos, los cuales, con el concepto de “orden moral del mundo, continúan infectando la inocencia del devenir por medio del “castigo” y la “culpa”. El cristianismo es una metafísica del verdugo…”

     En honor a nuestros amigos griegos terminaré con el mismo tema con el que empezamos: la muerte. Pero de nuevo apropiándome de los aforismos de nuestro apátrida amigo: “Morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte, elegida libremente, la muerte realizada a tiempo, con lucidez y alegría, entre hijos y testigos; de modo que aún resulte posible una despedida real, a la que asista todavía aquel que se despide, así como una tasación real de lo conseguido y querido, una suma de la vida- todo ello en antítesis a la lamentable y horrible comedia que el cristianismo ha hecho de la hora de la muerte. Y quien dice cristianismo dice todos nosotros.

     Esta mañana he gozado del momento más placentero: el instante que anuncia el amanecer. Por el este, despuntaba la aurora; por el oeste, adquiría tonos azulados. Podía contemplar los primeros rayos del sol y la luz de las últimas estrellas. Pero más me impresionó la quietud de la naturaleza. No era un silencio mudo, formaba parte del paisaje como el mar, el cielo o las luces de la ciudad que aún permanecerían encendidas unos minutos. Esta es la “quietud del alma” que me hace feliz.

     Cuídate

 

                                                              EPÍSTOLA V

 

     “Por fin decides contar algo de tu vida. Hasta ahora, lo único que sabía es que vivías recluido en un islote desde hace años. Y, lo que pude deducir de algún comentario que hizo Santiago, cuando venía a la consulta. No deberías dar tanta importancia a las palabras. Si quieres conocer a una persona observa su conducta. Los seres humanos no son lo que dicen sino lo que hacen. Si sigues esta regla evitarás sorpresas desagradables. Y, sobretodo, no decepcionarte más de lo necesario.

     Afirmas que las causas que motivan la conducta humana son oscuras. Y aprovechas el feliz acontecimiento para especular sobre los motivos que pueden impulsar a un ser humano, en concreto a mí, a cambiar de opinión. Yo prefiero calificarlas de inconscientes. Si las percibimos como oscuras es porque todo lo que escapa al control de la razón, así nos lo parece. Es cierto que poseemos conciencia. Y podemos inventar explicaciones a posteriori. Pero no estoy seguro de que sea una ventaja. A veces parece que la naturaleza se burlase de nosotros, porque, todas las preguntas, que intentamos responder, son del tipo: ¿fue antes el huevo o la gallina? Lo cual no significa que tengamos que encogernos de hombros, porque como advierte nuestro amigo el viejo Heráclito: Si no se espera, no se encontrará lo inesperado”. Así que voy a intentarlo.

     ¿Por qué no había aludido a mi vida? Desde luego no por una cuestión de principios. Simplemente no había surgido la ocasión. Creo que entre la vida de un hombre y de otro apenas hay diferencias. A no ser que lo sean comer carne en vez de pescado o beber agua en vez de vino. La conducta humana, incluidos los grandes hombres, suele ser decepcionante, por eso no me interesan sus vidas, sólo sus pensamientos. Veo que utilizas a nuestro amigo Epicuro en mi contra: “No hay que pretender filosofar sino filosofar realmente”. (Oyendo a Santiago era fácil deducir que es tu filósofo preferido). Dejemos para otra ocasión mi amistad con Santiago y continuemos con el tema.

     Cuando leo los versos de nuestro amigo Walt Whitman o nuestro amigo Miguel Hernández, me basta con conocer las coordenadas de su vida. Es decir, cuándo nació y murió. No porque tema descubrir que la distancia entre lo que escriben e hicieron es tan insalvable como para el resto de los humanos, porque, como tal contradicción forma parte de la naturaleza humana, constatarlo no supone un desprestigio para sus obras, que es lo único que me interesa. Excluyo, sin embargo, a los iluminados laicos y religiosos que, creyéndose en posesión de la Verdad, obligan a los demás a seguir la ruta que ellos señalan con el único fin de justificar sus privilegios. No hay individuos en que la distancia entre lo que dicen y hacen sea tan grande como en sacerdotes, políticos, revolucionarios, progresistas y demás charlatanes. Y, mayor peligro para la libertad de pensamiento, que la minoría de edad mental de los creyentes laicos y religiosos incapaces de pensar por sí mismo sin la guía de sus respectivos maestros. La inteligencia no se mide por las consignas acumuladas, sino por la capacidad de contrastar los pensamientos con tu experiencia y la de los demás para comprender mejor al ser humano y el entorno que le rodea, modificándolos cuantas veces sea necesario.

     Si sufres el síndrome del apóstol Tomás, que necesitaba ver para creer, síguelos. No tardarás en descubrir que la causa de tan hermosas palabras es el dinero u otra prebenda cualquiera. Podrás comprobar por ti mismo cómo, después de un efusivo encuentro con pescadores, mineros o jornaleros, suben al coche oficial para cambiarse de ropa porque en los restaurante de cinco tenedores no queda fino comer en traje de faena. O cómo ordenan al chofer que les recoja en la manzana siguiente después de ponerse a la cabeza de la manifestación durante cien metros para hacerse la foto.

     Quizás pienses que no es justo meter a todos en el mismo saco porque como en cualquier profesión también habrá personas honradas. Y, en todo caso, el pueblo, que es sabio, sabrá separar la paja del trigo. Permíteme que ponga en duda ambas convicciones. Como dice nuestro amigo Freud dirigentes políticos y sindicales “son simples y francas realizaciones de deseos”. El pueblo elige al que mejor materializa sus ambiciones. Es decir al que actúa como a ellos les gustaría si pudieran. Glaucón, en La República, lo expresa con palabras más hermosas: “Demos al hombre de bien y al hombre malo un poder igual para hacer todo lo que quieran; sigámoslos. Y veamos a dónde conduce la pasión al uno y al otro. No tardaremos en sorprender al hombre de bien siguiendo los pasos del hombre malo, arrastrado como él por el deseo de adquirir sin cesar más y más, deseo a cuyo cumplimiento aspira toda la naturaleza como a una cosa buena en sí, pero que la ley reprime y limita por fuerza, por respeto a la igualdad”. Si no estás convencido pregúntate qué haría uno de esos predicadores de paraísos si como Giges dispusieran de un anillo que le hiciera invisible. Según nuestro amigo Platón así actuó el humilde pastor de Lidia: “Llega a palacio, corrompe a la reina, y con su auxilio se deshace del rey y se apodera del trono”. Tampoco hay que retroceder tanto en el tiempo. Abre un libro de historia por la época que quieras, comprobarás que la estirpe de Giges ha sido siempre muy numerosa.

     Santiago, que bajo su aspecto de rudo pescador ocultaba una aguda inteligencia, me contó una historia, que había oído a un compañero en uno de sus viajes alrededor del mundo, un día que el pueblo siguiendo la convocatoria de los sindicatos se había puesto en huelga. “¿No trabajas hoy?”, pregunté al verle llegar por la mañana temprano. Nos han puesto en huelga”, contestó socarrón. Después de informarme de los motivos pregunté si lo conseguirían. Los mandaos na como siempre, los mandaores seguir donde están que ya es bastante. Ya me gustaría ponerlos a prueba como en el pueblo de un compañero con el que navegué hace años.

     Según contaba, el hijo del terrateniente y él eran como hermanos. Al llegar a la adolescencia, el niño rico marchó a la capital. Y él, que no tenía un duro, se puso a trabajar en la tierras del padre. Cuando terminó los estudios, volvió al pueblo. Y, a pesar de la diferencia social, siguieron viéndose. Él aprovechaba los encuentros para quejarse de las malas condiciones de trabajo, los bajos sueldos y las injusticias que padecían los jornaleros. El hijo del terrateniente prometió que, cuando las tierras fueran suyas, su vida mejoraría. Pero él insistía que había que ayudar a todos. No era justo que su vida mejorase mientras que los demás seguían en la miseria.

     Cuando por fin heredó las tierras le preguntó qué haría si fueran suyas. Después de escuchar cómo organizaría la tierra para que todos tuvieran lo necesario. Preguntó si los demás harían lo mismo. Respondió que todos actuarían de idéntica manera porque la justicia social era la aspiración de los pobres del mundo. Como pidiera un nombre dio el del jornalero más combativo, el que les defendía de los abusos y describía con hermosas palabras la sociedad del futuro. Es la persona más honrada que conozco, daría su vida por la justicia¿Y el dinero? Todo, lo daría todo. ¿Cómo estás tan seguroPorque le conozcoVamos a zanjar la cuestión de una vez por todas. Si es tan honrado como dices haré lo que pides, pero si no lo es seguirán como hasta ahora.

     Al principio pensó que bromeaba. Pero, al ver que iba en serio, aceptó el reto. Llamó al elegido para que le informara de las necesidades del pueblo. Después de escuchar atentamente preguntó si creía en Dios. No creo en un Dios que sólo ayuda a los ricos, contestó. Dejémoslos en manos del azar, replicó el terrateniente. Y pidió que firmara un documento por el que se comprometía a jugar, en el casino, el dinero que le entregaba hasta que perdiera o llegara a la cantidad que necesitaba para mejorar la vida de los jornaleros. Como había ordenado al croupier que le dejara ganar no tuvo problema en alcanzar la suma deseada. Pero, cuando se vio con tanto dinero, olvidó la justicia, las necesidades del pueblo y la sociedad justa con la que soñaba cuando no tenía nada. Llamó a su familia y se largó. Pero no llegó muy lejos. El amigo, sintiéndose culpable, se dedicó a recorrer el mundo como un nuevo Edipo. No es lo mismo predicar que dar trigo, concluyó”.

     Me recluí en este faro con mis libros como único equipaje. Por eso sé que nuestras erróneas opiniones sobre los seres humanos son debidas a la ignorancia. Y no puedes escudarte en tu escasa experiencia porque en los libros hay millones de años de experiencia. Si su amigo hubiese leído las palabras de Adimando, un joven del siglo V antes de Cristo: “Si alguno combate la injusticia es porque la cobardía, la vejez o cualquiera otra debilidad le hacen impotente para obrar mal”, no se habría arriesgado.

     ¿Quién alimentará esta vez tu espíritu? De nuevo nuestro amigo Nietzsche: “Toda la moral hasta ahora enseñada, venerada y predicada se dirige, por el contrario, precisamente contra los instintos de la vida, – es una condena a veces encubierta, a veces ruidosa e insolente, de esos instintos…La vida acaba donde comienza el reino de Dios…”. Y, ¿dónde empieza? En Grecia y Roma. Si quieres resarcirte de un error que dura más de dos mil años o simplemente conocer cómo era la vida antes del “reino de Dios”, recorre las calles de Atenas de la mano de nuestro amigo Pausanias, acompaña al Olimpo a nuestro amigo Homero, escucha los desternillantes diálogos de nuestro amigo Luciano, recita los versos eróticos de Catulo, Marcial y Ovidio o calma tus deseos con las sensuales estatuas de Fidias, Praxíteles y Lisipo. Podrás comprobar por ti mismo que la vida estaba oculta, no muerta.

     Cuídate

                          

Los comentarios están cerrados.