Atardecer en la Acrópolis

 

 Cuando el sol se desliza por los Propileos,
Safo, abatida, se sienta frente al mar,
conjurando, con sus ojos de Medea, la pérdida inevitable.

   Por unos segundos, mi alma recorre
el luminoso sendero que se pierde en el océano,
buscando, con la ansiedad del que se ahoga,
el rincón de la Caleta que nos cobijaba del viento,
mientras, en lo alto de la torre, se asomaba la negra bandera,
avisando del inminente peligro a las barquitas
que faenaban junto a las murallas.

   La brusquedad de su mirada me retiene
-¿por cuánto tiempo Nausica?-
junto al frío mármol acanalado.

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