Los reyes del banquete

 

      Hace tiempo, Nausica, que no me divertía tanto.

     Catulo, magnífico anfitrión, supo extraer del cálido vino
sonidos y gestos incoherentes, haciéndonos prometer
que cumpliríamos sus deseos como fieles esclavos,
así vi mi copa cuatro veces llena.

    Después, solicitando la protección de Dioniso,
aún mejor anfitrión, siguiendo la costumbre griega,
nos animó a opinar sobre el tema propuesto,
llegando mi turno defendí con vehemencia el amor ausente.

    Tan bellas y ardientes palabras nacieron de mi alma beoda,
que, durante unos minutos, sólo las notas del flautista
dialogaron con el silencio.

   

 

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