Epístola I

     Sé que gozas de una salud envidiable, no sólo por tu juventud sino porque vives sin excesos, como prescribe nuestro amigo Sólon, pero también que estar sano no basta para alcanzar ese estado placentero que llamamos felicidad, tampoco el dinero ni los placeres. ¿Acaso fue el deseo de poseer lo que te impulsó a marchar a tierras tan lejanas? Así que procuraré disipar esos temores. No quiero que falsas preocupaciones te impidan gozar de la quietud espiritual que tanto ansías.

     Temes que, con el paso del tiempo, nuestra amistad se enfríe porque ni el amor ni la amistad perduran sin la presencia de los amantes o del amigo. (La escritura, ese nefasto invento, no es suficiente”. Te equivocas, no hay invento más bello si la amistad es auténtica. No, claro que no he olvidado la tarde en que leímos el mito de Theuth. Pero eso no significa que esté de acuerdo con tu aseveración. Nuestro amigo Platón tampoco lo estaría. Prueba de ello son sus hermosos diálogos).

     “Cuando la separación es reciente los recuerdos suplen la ausencia, aún resuenan en mi mente tu voz y tus gestos. Con el paso del tiempo comprendes, aunque cueste reconocerlo, que ignoras qué problemas o preocupaciones le impiden conciliar el sueño. Entonces, te refugias en los viejos tiempos, para convencerte que la amistad continúa tan sólida como antes. Pero no se puede vivir permanentemente engañado. E inevitablemente descubres que tiene otro confidente como le sucedió a Santiago”. Para suavizar tus palabras, añades: Ojalá un nuevo Odiseo recale pronto en tu isla (No hay mejor antídoto ni medicina más dulce que Homero). Y, como si el desahucio fuera inminente, te arrepientes de no haberte llevado, la silla de enea en la que me sentaba mientras preparabas el almuerzo. No te preocupes, cuidaré de ella mientras estés ausente. También protegeré de las gaviotas la roca en la que presenciábamos la puesta de sol cada tarde. Nunca faltaste a tan hermoso espectáculo. Ni siquiera cuando estabas de guardia en el ambulatorio. Aunque sólo alcanzabas a ver el fin de la batalla, cuando los tonos cenizas se apoderaban del horizonte.

     Te equivocas al comparar el amor con la amistad, porque es posible que sea necesaria la presencia de los amantes (eso al menos piensa nuestro amigo Epicuro: “Si nos privamos de la vista, de la conversación y del trato continuado, la pasión amorosa se desvanece) pero no del amigo, por eso afirma: “De cuantos bienes proporciona la sabiduría para la felicidad de toda una vida, el más importante es la amistad. Y que lo cite dos veces no significa que esté de acuerdo con todas sus opiniones. Conviene ser cauto. Y, no identificarse con ninguna persona, por muy clarividente que pueda parecernos, a pesar del fervor que siente nuestro amigo Lucrecio por el “primum Graius”: “A ti te sigo, honor de la gente griega, y pongo ahora mis pies en las huellas que estamparon los tuyos, no tanto por rivalizar contigo, como por amor, pues ansío imitarte; porque, ¿cómo podría la golondrina retar a los cisnes? Y, ¿cómo los cabritos de trémulos miembros igualar en la carrera el ímpetu del fogoso corcel? Tú, padre, eres el descubridor de la verdad, tú nos da preceptos paternales, y como en los bosques floridos las abejas van libando una flor tras otra, así vamos nosotros a tus libros, oh ilustre, a apacentarnos con tus áureas palabras, áureas y dignas siempre de vida perdurable”.

     Hermosas palabras, demasiado hermosas para describir a un ser humano, aunque inquietante, teniendo en cuenta las funestas consecuencias que el culto a las personas ha ocasionado a la humanidad. Reconozco que la belleza me seduce, y que mi capacidad de raciocinio disminuye hasta el punto de que, cuando leo tan sentidos elogios, mis convicciones se resquebrajan. ¿No es asombroso que, veintitrés siglos después de su muerte, aún sintamos su calor y su entusiasmo? ¿Te parece peligrosa tal capacidad de seducción? El peligro está en el que lee, en su minoría de edad mental, no en las palabras ni en los pensamientos, como cuenta nuestro amigo Luciano de un extravagante personaje de su época “nunca tuvo su mirada en la verdad, sino que siempre habló y actuó para la fama y el aplauso del vulgo” que se autoinmoló al finalizar los Juegos Olímpicos en el año 165 d.C.: “Y ¡por Zeus!, no sería nada extraño que entre tantos imbéciles como hay se encontrara a quienes afirmaran que por su intercesión se han librado de las calenturas cuartanas o que se han encontrado por la noche con esta divinidad nocturna…Y seguro que nombrarán sacerdotes encargados de las flagelaciones, de las quemaduras y de otros prodigios parecidos”.

     Antes de asumir opiniones ajenas pregúntate: ¿seguiría convencido de su bondad si hubiesen sido escritas por un ignorante? Aun siendo la respuesta afirmativa, no dejes de reflexionar, y de contrastarlas con tu propia experiencia y la de los demás, para poder rectificar si descubres que estabas equivocado. Los espíritus libres no necesitan dioses, se bastan a sí mismos. Apártate de los que exaltan y tratan a otro ser humano como si fuera un dios y sus palabras divinas. Escucha sino a nuestro amigo Luciano: “Más tarde me encontré con muchos que salían para verle con sus propios ojos, pues esperaban encontrarlo todavía vivo. A la mayoría les hice volver cuando les dije que ya todo había terminado, salvo a los que querían ver el lugar y recoger alguna reliquia suya. Entonces tuve un trabajo enorme para informar a todos. Si veía a alguno de aspecto educado, le contaba escuetamente lo ocurrido, pero a los tontos y a los que se quedaban con la boca abierta al oírlo, les añadía algo dramático de mi propia cosecha, como por ejemplo que cuando se lanzó a la hoguera ocurrió un gran temblor de tierra acompañado de gemidos y que luego un buitre había surgido de en medio de las llamas diciendo con voz humana: Dejé la Tierra, me voy al Olimpo. Ellos entonces se quedaban atónitos, caían de rodillas atemorizados. Al volver me encontré con un hombre, estaba contando que le había visto después de arrojarse a las llamas, vestido de blanco paseando resplandeciente. Luego les soltó lo del buitre, jurando que lo había visto con sus propios ojos. El buitre que yo poco antes había hecho volar como burla de los tontos  y papanatas”. Y concluye con humor: “Ya puedes imaginarte todo lo que lógicamente va a ocurrir en adelante, basándose en nuestro hombre”. Si no fuera porque la burla se hizo carne también yo reiría.

     Nada hay más valioso que libertad ni siquiera la amistad. Citaré a las personas por lo que dicen, desdeñando las etiquetas por las que son clasificadas: derecha, izquierda, creyente, ateo o agnóstico. Y, haciendo uso de mi libertad e independencia intelectual, confieso que no creo que el amor sea tan peligroso, en otra ocasión daré mi opinión sobre el tema, ni que haya que buscar la amistad a toda costa. Si un náufrago recala en mi isla lo acogeré como hice con Santiago y contigo, mientras tanto seguiré solo, aunque no lo estaré si me acompañan tus cartas, los recuerdos y nuestros amigos.

     Gracias a que Santiago me enseñó a cultivar tomates, pimientos, berenjenas y patatas, me apaño bien solo, aunque es agradable pensar que alguien acudiría si lo necesitara porque, como enseña nuestro amigo Epicuro: “No tenemos tanta necesidad de la ayuda de los amigos, cuanto de la seguridad de su ayuda. A él le debo que no haya necesitado salir de mi islote. Con las verduras, la pesca y los huevos que Asclepia pone entre las rocas tengo bastante.

     Sé que la vida sin vino es como un atardecer en blanco y negro. Pero hay placeres que, sin compañía, dejan de serlo, por eso prefiero compartirlos (aún conservo algunas de las botellas que me regalaste). Es difícil que alguien pueda sustituirte. Nadie puede borrar los recuerdos. Santiago y tú estaréis siempre conmigo. Nuestra amistad durará tanto como nuestras vidas.

     Este consejo nos da nuestro amigo Séneca: “Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno frente a la muerte, no menos que frente a las restantes calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para meditarlo. Y, como advierte que nos nutramos de “algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma”. He recogido éste de nuestro amigo Federico Nietzsche: “¿Será posible? Ese santo varón, metido ahí en su bosque, ¡no ha oído aún que Dios ha muerto!. Ese santo varón, como la mayoría de los hombres, ignora que Dios ha muerto. Si alguna vez llega la noticia a sus oídos comprenderán que ha desaparecido el obstáculo que les impedía ser libres, y la imaginación será la esencia del ser humano. Mientras, disfrutar de la noticia, será privilegio de unos pocos.

     Asclepia está cacareando, si no me apresuro, las ladronzuelas gaviotas me birlarán  el almuerzo.

     Cuídate

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