Epístola II

     He reconstruido en un mapa tu accidentado periplo en busca del Dorado. Y la única explicación que encuentro para justificar la temeridad de subirte a tales aparatos (a veces tenía la sensación de estar protagonizando una película de la segunda guerra mundial) es que para ser feliz, como enseña nuestro amigo Epicuro,  además de “la salud del cuerpo” es necesaria también “la tranquilidad del alma” (por solidaridad y ganas de ayudar al Tercer Mundo).

     A veces dejaba de leer, porque expresabas con tanto realismo el sonido ambiente (la chapa crujía y la carga se desplazaba de un lado para otro), que tenía la sensación de viajar a tu lado. Y, cuando me cercioraba que el suelo seguía bajo mis pies, continuaba. No he osado preguntarme en que se apoya la Tierra, no era el momento apropiado para tales indagaciones, porque ninguna palabra que, como bien sabe nuestro amigo Gorgias, “puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión”, aunque suenen tan científicamente contundentes como fuerza de  gravedad o curvatura del espacio-tiempo, alivian el vértigo mental que me provoca la sensación de vacío. No me gusta contrariar a los amigos, y menos aún si es tan sufrido como nuestro amigo Pascal: “El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra”. Pero, a mí, también me aterra siendo finitos.

   A pesar de los avatares padecidos, no percibo en tu carta ningún atisbo de arrepentimiento o melancolía por encontrarte lejos. No tuvo tanta suerte nuestro amigo Ovidio cuando marchó a Tomos, en “el confín del mundo”, por orden del emperador Augusto. Coincidid, sin embargo, en la fuerza de los sentimientos. Es tal  su maestría, y tanta la tristeza, que es imposible leer sus “Tristes” sin padecer idéntico sufrimiento: “Adondequiera que dirigieras la mirada no se oían sino gemidos de dolor, y el interior de la casa ofrecía el aspecto de un funeral ruidoso”.

     Te quejas de que operando día y noche, sin apenas descanso, es difícil hacer amigos, y que te pasas los días entre enfermedades, curas y tratamientos. Sabías que sería así, pero no puedes evitar añorar nuestras charlas nocturnas (charlas metafísicas a la luz de las estrellas), mientras seguíamos el vaivén de las linternas de los botes y rastreábamos el firmamento en busca de estrellas fugaces.

     Más desanimado debería estar nuestro poeta para confesar a su esposa que, además de no tener “ningún amigo que me consuele o que charlando conmigo me ayude a pasar sin sentir el lento transcurrir del tiempo”, “ni soporto el clima y el propio país no me agrada”. Sin embargo, halló la manera de mitigar la tristeza que le producía vivir desterrado“Yo mismo me acompaño, sin embargo, y disfruto de mi talento”.

    Sabio y hermoso consejo: no hay mejor amigo que uno mismo. Deberías seguirlo mientras no se cumplen tus deseos. Los amigos aparecen cuando menos te lo esperas, así os conocí a Santiago y a ti. Sé que tu amistad no fue espontánea, que te picó el gusanillo oyéndole hablar, aun así, el azar te impulsó a venir al pueblo a trabajar el día que acudió a la consulta, y que tuviera ganas de conversar porque no era muy hablador.

     Recuerdo la tarde que me entregaste la carta. Se moría y quería despedirse (Gracias por tu amistad. Han sido los mejores años de mi vida). No sabía que estuviera tan enfermo”. “Seguramente lo sospechara, pero es difícil asegurarlo. Los enfermos no desean saber la verdad.  Es más nadie quiere saberla, menos aún si se trata de la muerte.

     Sé que las personas procuran permanecer en la mayor ignorancia posible pensando que serán más felices. Pero el número no justifica el engaño. Esa felicidad no es propia de seres que se guían por la razón sino de plantas o insectos. Tal actitud no es innata sino consecuencia de la distorsión que producen la religión y la ideología. Un  problema viejo, tan viejo como el ser humano.

     El médico debe eliminar, o aminorar, el dolor tanto antes como en el momento de morir, no contribuir a preservar la inhumana concepción de la vida y la muerte que inculca las creencias religiosas. Porque, no es el hecho de morir lo que nos aterra, sino el sufrimiento que conlleva, así como la idea de desaparecer, la incertidumbre sobre si hay o no vida después de la muerte, o si son reales las historias con que nos atemorizaban desde niños, como confiesa Céfalo a nuestro amigo Sócrates. ¡Pensar que preferimos fantasear sobre un más allá poblado de volátiles seres producto de la fantasía humana en vez de aceptar la respuesta más obvia: que no ocurrirá nada porque no hay nada! No sé por qué se empeñan en afirmar que la complejidad es la característica de la verdad (¡Tan difícil es vivir sin dioses!).

     No he olvidado mi promesa. Dejaré las reflexiones sobre la muerte para otra ocasión. Quieres saber qué pensé de ti: que siendo tan joven te aburrirías en compañía de alguien que empieza a envejecer. Las generaciones están condenadas a no entenderse. Pero, como mostrabas un sincero interés por la experiencia de alguien que ha vivido más que tú, sabías escuchar y reflexionabas antes de intervenir, comprendí que no padecías los defectos de la mayoría de las personas. Y no te ocurriría como a nuestro amigo Ovidio: “Si estos consejos que yo te doy me los hubiesen dado a mí antes, probablemente estaría ahora en la ciudad en que debiera estar”. Aunque yo, que no soy tan optimista, dudo que los consejos puedan cambiar el comportamiento. Ningún ser humano sacará, ni hoy ni nunca, provecho de la experiencia ajena. Estaremos siempre en el punto cero. Aquiles nunca alcanzará a la tortuga. Es ley inexorable de la naturaleza humana. Principio de Zenón podríamos denominarlo.

     Nuestro amigo el poeta sabía que los que se mezclaban en tales asuntos terminaban desterrados, encarcelados o condenados, pero pensamos que, aun jugando con fuego, no nos quemaremos. Debería quejarse de sí mismo, no de los demás, o de nadie como aconseja nuestro amigo Epicteto: “Es propio de un ignorante echar la culpa a los otros de sus desgracias; en cambio acusarse sólo a sí mismo, es propio de un hombre que empieza a instruirse; y no acusar ni a los demás ni a sí mismo, es lo que hace al hombre instruido”. Los dioses olímpicos no eran trascendentes. No prometían ningún paraíso en el cielo. La religión pagana seleccionaba, reforzaba, corregía, no distorsionaba la realidad como recuerda nuestro amigo Nietzsche.

     Si no te ha gustado la sentencia, al menos estarás de acuerdo que nos acordamos de los consejos cuando sufrimos en nuestras propias carnes los augurios, es decir, cuando no hay remedio. Quizás el Principio de Zenón te ayude a comprender por qué, a pesar de que han pasado más de veinte siglos, los seres humanos ignoran el consejo de nuestro amigo el poeta Lucrecio: “Escuchad la voz de la naturaleza: ¿Qué os exige, sino un cuerpo exento de dolor y una mente alegre, libre de terrores e inquietudes?”, o musitan idénticos prejuicios: la felicidad no puede ser tan barata.

     Cuídate

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