Epístola III

     Según nuestro amigo Epicuro “los deseos, unos son naturales y necesarios, otros naturales y no necesarios, otros ni naturales ni necesarios, sino que provienen de una opinión vana. No sé de qué tipo son los tuyos pero, como añade que “si los conocemos bien, sabremos relacionar cada elección o cada negativa con la salud del cuerpo o la tranquilidad del alma, ya que éste es el objetivo de una vida feliz”, te complaceré en todo lo que pides, empezando por el final, por el parte meteorológico que encarecidamente solicitas en cada carta (Bastarán una líneas, mi imaginación hará el resto).

     Si de algo puedo hablar, después de vivir diez años en este islote, es del color del mar o de la fuerza del viento. (Por las noches es cuando más echo de menos la brisa del mar). Esta vez no es culpa de la distancia. Desde hace días el viento de levante, huyendo de tu querida África, zarandea el mar sin descanso. Las olas, como si mi islote y yo fuéramos obstáculos a superar, golpean puertas y ventanas. Se diría que una estampida de ñus, cebras y antílopes se aproximara. El calor es tan intenso que sólo salgo si, en su alocada carrera, dañan la valla del huerto, o para asegurar las amarras del bote. Paso los días leyendo, dibujando y escribiendo cartas (si recibes varias, ya sabes quien es el culpable). Cuando se calma, me tumbo sobre las rocas consciente de que miles de ojos, en Atenas, Roma, Babilonia o Alejandría, antes que los míos han escudriñado el cielo impulsados por idéntico anhelo: sentirse parte del cosmos. A pesar de la distancia y de que, desde tu querida África, no ves el mismo cielo, siento los latidos de todos los seres, que ahora y en otros tiempos, se extasiaban al contemplar las estrellas. ¿Qué pienso? ¿También quieres conocer mis pensamientos? Que la belleza, no el  bien, es la invención más sublime de la mente humana.

     He dibujado varios bocetos de la Venus Dyadomene, el cuadro de Apeles que tanto entusiasmó cuando fue expuesto en Roma por deseo de Augusto. Y, ¿sabes qué? Disfruté más con los textos de Filóstrato y Plinio que dibujando. Al ser la belleza un producto humano, cuanto más ponemos, más bello nos parece lo que vemos, leemos y pensamos. No me extraña que nuestro amigo Platón afirme que “el cosmos es lo más bello de todo lo que ha sido producido”.

     Llevo un rato observando las luces de la ciudad y, me preguntaba, si es el contraste entre la luz y la oscuridad o ser una imitación del cielo, lo que las hacen tan placenteras. No he llegado a ninguna conclusión, bueno que “el placer es el principio y el fin de una vida feliz” como enseña nuestro amigo Epicuro. ¿Malo? Los placeres naturales sólo dañan a los que se privan de ellos. Nunca me acuesto sin apurar hasta la última gota. Por eso contemplo el mar antes de que los efluvios nocturnos se apoderen de mis pensamientos. Sólo así podré plasmar lo que siento, y colmar tus deseos.

   A pesar de que el viento irisaba su piel. Se ha pasado el día adormilado. A veces entreabría los ojos somnolientos, pero seguía durmiendo. Cuando ha oscurecido se ha desperezado y, una vez desentumecido el cuerpo, ha ronroneado entre las piernas. No, el levante no se ha ido, sigue agazapado., que meces su cuna, sabes que antes de regresar a las arenas del desierto remoloneará tres o cuatro días.

    Estoy traduciendo los “Versos Paganos” de Heleno, un poeta amigo del emperador Juliano. En realidad se llamaba Pablo, nombre con que sus padres, devotos cristianos, le bautizaron en recuerdo del converso. Pero, asfixiado por la represión y la crueldad de los galileos, se unió a la fugaz ofensiva de nuestro amigo el emperador en defensa de Zeus, AfroditaApolo. Su vida fue breve pero intensa, ya te iré contando algunos episodios. De sus poemas juzga tu mismo:

   Livia, pupila aventajada de Diana,
no ha esperado que anocheciera
para atravesar con su dulce venablo
el corazón herido de su víctima.
Embaucado por las abundantes lágrimas
de su histriónica criada,
llegué, sin respiración, a su dormitorio.
Al verme tan acalorado, sonriendo, me besó.
Yo, siguiendo ancestrales dictados,
abracé su cuerpo, cayendo en la celada.

     ¡Es una burda imitación de nuestros amigos Marcial y Catulo! No seas tan duro. ¿Quién, que no sea Horacio, Ovidio o Virgilio, resistiría ser comparado con tales genios? Al menos exhalan frescura, no son una simple copia, una reconstrucción muerta. Se palpa el deseo de vivir, de respirar en un mundo invadido por humaredas cada vez más espesas. No salvaron a los humanos dioses griegos pero quedaron sus versos, su orgullo de ser hombres libres.

     Para que también tú ahuyentes las tinieblas religiosas, medita estas palabras de nuestro amigo Nietzsche: “En el fondo de las cosas, y pese a toda mudanza de las apariencias, la vida es indestructiblemente poderosa y placentera”. ¿No huele a paganismo?

     Cuídate

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