Epístola IV

     Dices que la muerte es incomprensible (¿Conoces algún filósofo que dé una explicación mínimamente lógica? ¡Claro! Nuestro amigo Epicuro: “La muerte no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte no está presente, entonces nosotros no somos”. Pero no creo que te satisfaga porque no preguntas, niegas, como recrimina nuestro amigo Kant a sus detractores: “Aquellos que ya han resuelto de antemano lo que deba aprobarse o desaprobarse, no quieren explicación alguna susceptible de contrariar a sus intenciones particulares”. Y no te lo reprocho. A mí tampoco me convence. No soy uno de sus adeptos). Que, a diario, ves morir a niños, jóvenes, adultos y ancianos (La mayoría de la muertes podrían evitarse con prevención y un poco de dinero. Pero la situación no cambiará mientras los gobernantes de los países del Tercer Mundo no necesiten sus votos para conservar privilegios y prebendas), y todavía no has encontrado ninguna con sentido.

     Te has preguntado por qué deberían tenerlo. Si no será un rasgo de soberbia y de estupidez, en el peor de los casos, creer que el mundo debe regirse por nuestra lógica (lo cual, por otra parte, no sería deseable, si consultas las estadísticas comprobarás que mueren a destiempo más personas por causas culturales que naturales, como nos recuerda nuestro amigo Dicearco: Cuánto mayor número de gente ha destruido el ímpetu de los hombres con guerras y sediciones civiles, que los que han perecido por todas las demás plagas y calamidades”). No, el mundo no es lógico sencillamente porque se trata de tu lógica, de nuestra lógica, y nada más. Igual sucede con la verdad, el bien y la belleza. El mundo no es una creación nuestra, sólo nuestro juicio lo es. Eso al menos piensa nuestro amigo Nietzsche: “La ingenuidad hiperbólica del hombre sigue siendo, pues, considerarse a sí mismo como el sentido y la medida del valor de las cosas”. Quizás deberíamos empezar por las premisas, y no permitir que, mi manía por contestar las cartas por el final, se imponga también al razonamiento.

     ¿Por qué “el mundo aparece como falto de valor”? Esta es su explicación: cuando el ser humano toma conciencia de “que no se llega a nada con el devenir, y que, bajo todos los  devenires no gobierna ninguna gran unidad en la que el individuo pueda sumergirse…queda como subterfugio considerar todo el mundo del devenir como engaño e inventar un mundo situado más allá de éste y considerarlo verdadero. Pero tan pronto como el hombre llega a darse cuenta de que la construcción de tal mundo se debe sólo a necesidades psicológicas…se admite la realidad del devenir como única realidad…pero no se soporta ese mundo, aunque no se le quiere negar”.

     Espero que la cita, aunque larga, haya merecido la pena y, en premio a tu paciencia, te confiaré algo que nunca hasta ahora había contado. Te habrás preguntado qué hace una persona sola en una islote rocoso alejado casi un kilómetro de la costa. También yo caí del caballo, aunque no camino de Damasco sino en mi casa mientras almorzaba. Me gustaba comer viendo las noticias, para comprobar si las imágenes coincidían con lo que había imaginado al leerlas en el periódico, cuando apareció Severo Ochoa junto a la tumba de su esposa. Habló sin tapujos, con una sinceridad que iluminó mi conciencia. Dijo lo que todos pensamos pero callamos. Ignorando las mentiras que nos impiden afirmar: nunca más, jamás volvería a ver a su mujer, aunque pasaran siglos y milenios nunca volverían a verse. No había esperanza. El reencuentro jamás se produciría. Observé su rostro, no había hastío ni dolor sólo serenidad, indiferencia y sabiduría.

     Entonces recordé el pie de foto de la contraportada del periódico: “Sé que nunca más volveré a verla”. Esa frase que había oído cientos de veces sin que despertara en mí el más mínimo interés. Esa tarde produjo un efecto desconocido. Todos los más allá son fantasías que inventamos para no admitir que moriremos y desapareceremos para siempre. Que no volveremos a recuperar la conciencia. Nunca más. Jamás volveremos a existir. No “volveré con ese mismo sol, con esta tierra, con ese águila, con esta serpiente” como enseña nuestro amigo el maestro del eterno retorno. Al desaparecer los más allá, sentí que la vida recuperaba el brillo que falsas creencias habían oscurecido. Recordé un anuncio que había leído días atrás. Vendí mis pertenencias. Y vine a este faro para gozar, día a día, minuto a minutode la existencia.

     Dice nuestro filósofo “que el pesimismo no es un problema sino un síntoma”. ¿Cuál es entonces el problema? “Que tendremos que pagar el haber sido cristianos durante dos milenios”. Cambiemos de mentalidad ya que no podemos modificar el pasado. ¿Cómo? Recuperando la cultura grecorromana, si deshaces el camino durante unos segundos siguiendo el consejo de nuestro amigo Marcial: “No es, créeme, del sabio decir “viviré”. Demasiado tardía es la vida de mañana. Vive hoy” y, si te obsesiona la idea de pecado, sustituyendo el sexto mandamiento por los versos de nuestro amigo Ovidio: “Pero a mí, tóqueme en suerte languidecer en el movimiento de Venus; cuando muera, apáguese mi vida en medio del acto amoroso; y que alguien llorando diga en mi funeral: “Esta muerte ha sido acorde con tu vida”, comprenderás que nuestras raíces son griegas, el tallo de Cristo, y las flores, de ambos.

     ¿Quieres algo más profundo para “meditar y practicar” como aconseja nuestro amigo Epicuro? Quizás te sirvan estos luminosos destellos de nuestro amigo Nietzsche: “No hay a nuestros ojos adversarios más radicales que los teólogos, los cuales, con el concepto de “orden moral del mundo, continúan infectando la inocencia del devenir por medio del “castigo” y la “culpa”. El cristianismo es una metafísica del verdugo”.

    En honor a nuestros amigos griegos terminaré con el mismo tema con el que empezamos: la muerte. Pero de nuevo apropiándome de los aforismos de nuestro apátrida amigo“Morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte, elegida libremente, la muerte realizada a tiempo, con lucidez y alegría, entre hijos y testigos; de modo que aún resulte posible una despedida real, a la que asista todavía aquel que se despide, así como una tasación real de lo conseguido y querido, una suma de la vida- todo ello en antítesis a la lamentable y horrible comedia que el cristianismo ha hecho de la hora de la muerte, y quien dice cristianismo dice todos nosotros.

    Esta mañana he gozado del momento más placentero: el instante que anuncia el amanecer. Por el este, despuntaba la aurora; por el oeste, adquiría tonos azulados. Podía contemplar los primeros rayos del sol y la luz de las últimas estrellas. Pero más me impresionó la quietud de la naturaleza. No era un silencio mudo, formaba parte del paisaje como el mar, el cielo y las luces de la ciudad que aún permanecerían encendidas unos minutos. Esta es la “quietud del alma” que me hace feliz.

         Cuídate

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