Epístola XII

     Dice nuestro amigo Aristóteles que “la virtud es un término medio”. Pero  “no toda acción ni toda pasión admiten el término medio, pues hay algunas cuyo solo nombre implica la idea de perversidad, por ejemplo, la malignidad, la desvergüenza, la envidia; y entre las acciones, el adulterio, el robo y el homicidio. Pues todas estas cosas y otras semejantes se llaman así por ser malas en sí mismas, no por sus excesos ni por sus defectos. Por tanto, no es posible nunca acertar con ellas, sino que siempre se yerra”. Y crees que la mentira y el engaño entrarían en la categoría de acciones que no admiten graduación. Aparentar que por solidaridad has venido a este remoto rincón de África, que intentas paliar con tu trabajo la miseria en la que malviven millones de seres del Tercer Mundo cuando en realidad buscas tu propio interés, rentabilizar estos meses en tu propio beneficio es una conducta inmoral, por tanto recriminable. Y añades: Tu teoría de la roca madre justifica esa clase de conducta.

     Leyendo tu carta he recordado la advertencia de nuestro amigo Descartes: “Y me complace aprovechar la coyuntura para hacer un ruego a los hombres del mañana, y es que no crean nunca que las cosas que se les digan proceden de mí mientras no hayan sido expresamente divulgadas por mí mismo”. Seguramente no me he explicado con claridad o, como dice nuestro amigo Séneca, no es posible juzgar desde la distancia las acciones concretas. Intentaré aclarar mi posición.

     Muchos están convencidos, como nuestro amigo Platón, que vivimos entre sombras en el interior de una caverna, y que si queremos conocer la auténtica realidad tenemos que salir fuera. Tales tentativas están condenadas al fracaso porque no se puede salir de donde no se está. El mundo no es una caverna. Pero supongamos que lo fuese, como pretende nuestro amigo en su bello relato, ¿por qué esa obsesión por salir? ¿Por qué creemos que es mejor lo que nadie ha visto que lo que contemplamos a diario? ¿Será por resentimiento contra la vida como opina nuestro amigo Nietzsche?

     No trato de justificar ninguna conducta, sólo que te observes a ti mismo, y a los demás, desde otra perspectiva. Pero eso sí, dentro de la caverna (¿no es un sinsentido querer salir  sin conocerla por dentro? ¿y si descubrieras que su interior es tan hermoso que no desearas salir fuera?), porque como afirma nuestro amigo: “No hay nada que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar, medir, comparar, condenar el todo…¡Pero no hay nada fuera del todo!”. Sueña o delira el que dice haber visto el Bien, la Verdad o la Belleza retozando en hermosos prados. ¿Por qué negar que unos puedan ver lo que no está al alcance de todos? Cuando cualquier opción es posible es estéril discutir si es verdad o mentira. Pero recuerda que, como Hércules en la encrucijada, tendrás que elegir uno de los caminos.

     Nos quejamos de la irracionalidad de la conducta humana, y entristecemos cuando se hace añicos el mundo bueno, verdadero y bello creado por la razón, pero, ¿y si no fuera culpable? ¿Y si esos fantásticos mundos fueran creaciones de la mente? ¿Apreciaríamos más la caverna en la que vivimos? ¿Y si lo intentáramos? ¿Ahora?, ahora.

     Advierte nuestro amigo el emperador Marco Aurelio que “haber investigado la vida humana durante cuarenta años que durante diez mil da lo mismo. Pues ¿qué más verás?”. ¿Por qué no aceptas el reto y compruebas, por ti mismo, si tu corta experiencia coincide con la vivida por los hombres durante dos mil quinientos años? ¿De qué serviría? Para poner a prueba tus creencias. Recorramos el camino. Veamos que nos ofrece esa nueva senda. Ya habrá tiempo para desandarlo. Supón que coinciden. ¿Y? Que no se puede desdeñar la experiencia acumulada por la humanidad porque no encaja con la razón o con tus prejuicios. Y si la disfunción no se debiera a la imperfección humana sino a que son ficciones, ¿afirmarías que el ave Fénix o las quimeras existen, pero que hasta ahora nadie los ha visto, o que nadie los ha visto porque son productos de la fantasía humana? ¿Y si sucediera igual con las utopías? Nunca se han podido llevar a la práctica y, cuando lo han hecho, los seres humanos han salido escaldados porque son fantasías como Pera o la Tierra de Nunca Jamás. ¿Por qué no reconocer que la desigualdad, la discriminación, el abuso de poder son características humanas, y los intentos por construir una sociedad igualitaria, que no discrimine y sea más justa, siempre fracasarán? ¿Y si, al analizar esas utopías, comprobáramos que la desigualdad o la injusticia sólo han cambiado de mano, que todo sigue igual: la misma injusticia, la misma desigualdad, el mismo sufrimiento…?

     ¿Estás proponiendo que nos crucemos de brazos? Sólo que sepas que las conductas contraria a la naturaleza humana están condenadas al fracaso, pero si eres feliz intentándolo, hazlo. ¿Y si el hombre cambiara internamente? Sería una revolución genética no social. Quizás los continuos fracasos se deban a un error de perspectiva y, para transformar la sociedad, haya que modificar los genes. Mientras tanto medita esta sentencia de nuestro amigo el emperador Marco Aurelio: “Todo es los mismo; habitual por la experiencia, efímero por el tiempo y ruin por su materia. Todo ahora acontece como en tiempo de aquellos a quienes ya  sepultamos”.

     El verano llega a su fin. Durante toda la noche ha sonado la sirena de la niebla. Cuando me levanté no se veía el mar. A mediodía el sol brillaba como cualquier día de verano. He buceado alrededor del faro buscando vestigios de los navíos que antaño surcaron estas aguas. Nada hallé, pero gocé del silencio y la belleza del fondo marino. Después de comer releí los versos de nuestro amigo Homero: “Gozoso despegó las velas el divinal Odiseo y, sentándose, comenzó a regir hábilmente la balsa con el timón, sin que el sueño cayese en sus párpados, mientras contemplaba las Pléyades, el Bootes, que se pone muy tarde, y la Osa,  llamada el Carro por sobrenombre, el cual gira siempre en el mismo lugar, acecha a Orión y es la única que no se baña en el Océano, pues habíale ordenado Calipso, la divina entre las diosas, que tuviera la Osa a la mano izquierda durante la travesía”.

     No sé si fue un sueño, o la neblina que se encaramaba por el horizonte, pero me pareció ver la balsa de Odiseo que empujado por la suave brisa se alejaba hacia el país de los Feacios. Mañana volveré a intentarlo, quizás encuentre alguna moneda o estatuilla arrojadas al mar por los marineros que visitaban el templo de Melkart.

     Cuídate

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