Epístola XIV

     En tu querida África está a punto de comenzar la estación seca. Aquí el viento del sur anuncia la llegada del otoño. En los próximos meses la luz, el calor y el polvo se adueñarán de la sabana. Entonces tumbado tras la mosquitera como según nuestro amigo Herodoto hacían en Egipto hace miles de años meditarás la propuesta de nuestro amigo Nietzsche. Pero, mientras los frutos de ese reposo llegan, envías como primicias tus temores. Me gustaría ser como esos aventureros que se internan por caminos desconocidos en busca de tierras nunca vistas;  a veces, sin embargo, atenazado por el miedo, busco refugio en los paisajes familiares. ¿Qué vi? Una corriente informe y caótica. ¿Qué sentí? Pánico.

   No tengas miedo. Sólo son ficciones, invenciones humanas que, pueden ser sorprendentes, absurdas o inverosímiles, nunca mortíferas ni peligrosas, si se tienen como tales. Tranquilízate, ¿no sientes que estás sobre la tierra? ¿SiObserva las estrellas. ¿Nunca trazaste figuras de hombres y animales? ¿Y en la nubes? ¿No descubrías cabezas de cocodrilos, rebaños de ovejas o caballos con alas? Contempla la corriente con ojos de niño. ¿Qué ves? “Una riqueza de fascinante de tipos, la exuberancia propia de un pródigo juego y mudanza de formas. ¿Qué más? “Un fragmento de fatum, una ley más, una necesidad más para todo lo que viene y será”. ¿Sientes pena, dolor o culpabilidad? Sólo el fluir de la corriente, la inocencia del devenir. ¿Cómo vivirás? Libre, sin falsas limitaciones. ¿De verdad quieres saber cuántos individuos han recalado en ese mundo de espíritus libres? Algunos, aunque ninguno se ha expresado con tanta pasión como nuestro amigo Lucrecio. Compruébalo por ti mismo siguiendo la cadencia de sus versos:

     O miseras hominum mentis, o pectora caeca!
Qualibus in tenebris vitae quantisque periclis
degitur hoc aevit quodcumquest! Nonne videre
nil aluid sibi naturam latrare, nisi utqui
corpore seinctus dolor absit, mente fruatur
iucundo sensu cura semota metuque?

     Dinamita, ¿no te parece? Y no es el único al que las palabras de Epicuro excitaban hasta el orgasmoCuando el  viento de levante arrastraba hasta el faro el repique de las campanas, Nausica bailaba desnuda. “¡Jadea con fuerzas! ¡Que se entere esa araña que estamos follandogritaba enardecida-. Están envenenando sus mentes, ¿es que no se dan cuenta? Predican que es bueno el dinero, poseer más que los demás, consumir y hacer la guerra; pecado desnudarse o follar. ¡Hipócritas! Lo que la naturaleza reclama no puede ser malo.

     No sé de qué país procedía, tampoco su nombre. Santiago la llamaba Nausica; los demás, la hippie. Llegó, como muchos jóvenes en los años setenta, huyendo de una sociedad que divinizaba el dinero. Se dirigía a Marruecos, pero decidió quedarse. Recorría las playas recogiendo cristales de colores, corchos, piedras, trozos de roca, redes para sus esculturas. Desechos de Poseidón”los llamaba. No le interesaba la política, así que nunca tuvo problemas con la dictadura. Ni con la gente porque no solía permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. Todo cambió cuando conoció a Santiago. También cambió nuestro amigo Catulo cuando conoció a Clodia: “Llorad, ¡oh, Venus y Cupidos!, y vosotros, cuantos hombres hay sensibles al amor. El pájaro de mi niña ha muerto; el pájaro, objeto de las delicias de mi niña, a quien ella amaba más que a sus propios ojos, pues era como la miel y la conocía tan bien como una hija a su madre y no se apartaba de su regazo, sino que dando saltos de un lado para otro, sólo a su dueña piaba siempre. Ahora avanza por aquel camino cubierto de tinieblas, de donde dicen que no vuelve nadie. Pero os maldigo, malditas tinieblas del Orco, que todo lo bello devoráis. Tan bonito pájaro me habéis robado. ¡Oh maldito crimen! ¡Oh gorrioncillo, digno de lástima! Ahora, por tu causa, los ojitos de mi niña enrojecen hinchados de llanto.

     Y nuestro amigo Salomón cuando conoció a su amada: “¡Qué hermosa eres, qué encantadora, qué amada, hija deliciosa! Esbelto es tu talle como la palmera, y son tus pechos sus racimos. Yo me dije: Voy a subir a la palmera, a tomar sus racimos, sean tus pechos racimos para mí. El perfume de tu aliento es como el de las manzanas. Tu palabra es vino generoso a mi paladar, que se desliza suavemente entre labios y dientes”.

     Aunque el deseo sexual sea el demiurgo de las obras más bellas, el faro y el mar embrujaron a Nausica.

       Cuídate

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