Epístola XV

     Ha muerto Asclepia. Esta mañana descubrí su cuerpo flotando entre las algas. Debió perder el equilibrio cuando picoteaba el verdín de las rocas. El mar también mata, aunque menos que la codicia y la ignorancia de los furtivos.

     ¿Cómo empezó la saga? Por casualidad como casi todo. Santiago, al comprobar que no distinguía los pimientos de los calabacines, me preguntó qué pensaba hacer con la huerta y los animales. El perro le hará compañía y la gallina le servirá de despensacomentó tratando de convencerme. Yo, que le hubiese dicho que sí, aunque se hubiera tratado de una manada de elefantes, prometí cuidar de Metrodoro y de Asclepia. Mis buenas intenciones no debieron de parecerle suficiente. Así que se ofreció para quitar los matojos, regar el huerto y dar de comer a los animales. Yo acepté encantado.

     Charlando de lechugas y tomates nos hicimos amigos. Quizás, a los que juzgan por las apariencias les resulte difícil de entender. No a los que, como yo, piensan que la amistad es un sentimiento profundo. Los sentimientos, pasiones y deseos no son tan diferentes como creen.

     Reconozco que, cuando la religión y política deformaban mi mente, tal amistad hubiese sido imposible. Ahora tanta admiración me producen los versos de Homero, las cantatas de Juan Sebastián Bach y los desnudos de Miguel Ángel como una flor, el atardecer y  el cielo estrellado. Cuando la jerarquía desaparece sólo quedan buenas o malas personas. Y la bondad no se mide por el tipo de preocupaciones.

    Según iban muriendo traía otra. Si las hubiese numerado sabría al instante cuando desembarqué en este islote. Pero reconoce que hubiese sonado ridículo. Podría pensarse que nombraba a un rey o a un papa. Cuando supe que habían pertenecido a Nausica comprendí por qué los había bautizado con esos nombres. Santiago sabía que Metrodoro era el amigo más querido de Epicuro. Pero no que Sócrates, antes de morir, se descubrió el rostro para recordarle a Critón que le debía un gallo a Asclepio: “Oh Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda, y no la paséis por alto. El día que trajo la gallina pensé que era el almuerzo. Cuando vio que cogía el cuchillo para cortarle el cuello gritó: ¡Cabrón! Si la tocas te capo. Y puedes estar seguro de que lo hubiera hechocomentó Santiago riendo.

     Dices que es inmoral matar animales por dinero. Y, cuando viste a los furtivos esposados junto a los cadáveres mutilados, odiaste a los seres humanosComprendo que maten para comer, pero no para comerciar con las garras, las aletas, los colmillos y los cuernos. La codicia no tiene límites. Seguramente no sean los furtivos los únicos ni los principales responsables de esas muertes. Puede que vuestra presencia formara parte del entramado. No conozco su cultura, pero si los motivos que guían la conducta humana. No creo que erremos mucho si analizamos la nuestra.

     Empecemos por el dinero, quizá nos ayude a comprender por qué tratamos con tanta crueldad a otros seres. Nuestro amigo Juvenal, observando a sus coetáneos, afirma: “Entre nosotros la majestad de las riquezas es la más venerada, por más que, ¡oh funesta moneda! no habita en modo alguno un templo ni erigimos jamás altares al dinero”. Y nuestro amigo Petronio pregunta: “¿De qué sirven las leyes donde sólo reina el dinero?. La lista de cofrades es tan larga como seres humanos han existido. ¿Pensabas que era un vicio exclusivo del hombre blanco? ¿Que negros, amarillos, chinos e indios no están infectado por el mismo virus? ¿Has olvidado que debajo del color de piel, la edad y el sexo se oculta un ser humano? ¿Quieres que lo describa? Escucha a nuestro amigo Maquiavelo: “Porque de los hombres en general se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores y disimulados, que huyen de los peligros y están ansiosos de ganancias; mientras les haces bien te son enteramente adictos, te ofrecen su sangre, su caudal, su vida y sus hijos, cuando la necesidad está cerca; pero cuando la necesidad desaparece, se rebelan”, o a nuestro amigo Hobbes un siglo más tarde: “¿Cuál es la opinión que este hombre tiene de su prójimo cuando cabalga armado? ¿Cuando atranca la puerta? ¿Qué opinión tiene de sus criados y de sus hijos cuando cierra con candado los arcones?”. Si observas a los hombres, las mujeres y los niños de cualquier país, raza y época comprobarás que todos los seres humanos se comportan de idéntica manera.

     El Génesis explica así la infranqueable distancia entre el hombre y los demás seres: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella”. El mecanismo es simple pero eficaz: creamos un ser atribuyéndole algunas cualidades humanas en grado superlativo, y le llamamos Dios. “La religión es la escisión del hombre consigo mismo; considera a Dios como un ser que le es opuesto. Dios no es lo que es el hombre, el hombre no es lo que es Dios. Dios es el ser infinito, el hombre el ser finito; Dios es perfecto, el hombre imperfecto; Dios es eterno, el hombre temporal; Dios omnipotente, el hombre impotente; Dios es santo, el hombre pecaminoso. Dios y el hombre son extremos; Dios es lo absolutamente positivo, la suma de todas las realidades, el hombre es lo absolutamente negativo, la suma de todas las negaciones. La mente humana enfrentada a su propia creación. ¡Qué bello espectáculo! No encontrarás mejor argumento para desenmascarar a Dios que el de nuestro amigo Feuerbach. Si creyera que la sencillez es la principal característica de la verdad, no dudaría en considerarlo verdadero.

     A continuación, le nombramos creador de todo cuanto existe, incluido el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Algún defectillo tendría la idea. Lo importante es que funciona. Observando que físicamente los seres vivos son prácticamente iguales, decidimos que interiormente somos distintos, sin importar que esa peculiaridad no sea visible. Buscamos un nombre sonoro, por ejemplo, alma. Ya tenemos la justificación que necesitábamos para actuar sin complejoEscucha sino a nuestro amigo Descartes: “Después del error de los que niegan a Dios, el cual creo haber dejado suficientemente refutado, no hay nada que aleje tanto a los espíritus débiles del recto camino de la virtud como el imaginar que el alma de las bestias es de la misma naturaleza que la nuestra, y que, por consiguiente, nada tenemos que temer ni que esperar después de esta vida, exactamente como las moscas y la hormigas”. No sé si será una contrarrefutación de lo ya anteriormente refutado, un lapsus o un darwiniano ávant la léttre (“El hombre desciende de un tipo de organización inferior”) porque, si no es así, es el mejor argumento que se ha imaginado contra la existencia de Dios, nuestra más perdurable invención. Y concluye, quizá para que no se note tanto, “la nuestra es de una naturaleza enteramente diferente del cuerpo, y que, consecuentemente, no está sujeta a morir con él”.

     Pregunta nuestro amigo Sócrates si la gente creerá las mentiras que se le cuentan. Y Glaucón responde: “No…pero creo que se podrá conseguir de sus hijos y de todos los que después nazcan”, o sea de nosotros.

    Quiero terminar citando a nuestro amigo Rousseau, afortunadamente siempre hay alguien que va contracorriente: “Parece, en efecto, que si yo estoy obligado a no hacer daño alguno a mi semejante, menos consiste en su carácter de ser racional que en su condición de ser sensible; condición que, siendo común al bruto y al hombre, debe cuanto menos dar al uno el derecho de no ser maltratado inútilmente por el otro. Y yo pregunto: “¿Sabes de algún medio para hacerles creer esta fábula?”. Mientras aguardo la respuesta escucha los versos de nuestro amigo Walt Withman: “Creo que una hoja de hierba no es inferior a la jornada sideral de las estrellas, y que la hormiga es igualmente perfecta, y un grano de arena, y el huevo del abadejo. Y la rana arbórea es una obra maestra de la divinidad, y la zarza trepadora podría ornar los salones del cielo, y la más ínfima coyuntura de mi mano desafía a toda la maquinaria, y la vaca paciendo con la cabeza inclinada supera a todas las estatuas, y un ratón es un milagro suficiente para convencer a seis trillones de incrédulos”.

       Cuídate

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *