Epístola XVII

     Después de varios intentos fallidos, conseguí burlar el ardiente sol africano. Cerré puertas, ventanas y contraventanas hasta dejar la habitación a oscuras. Luego imaginé tu islote envuelto en la grisácea luz del otoño. Y, ¡milagro!, sentí la brisa del mar en la cara. “¡Nada más asombroso que el hombre!” como diría nuestro amigo Sófocles”. Nunca he dudado de que las habilidades de los seres humanos sean “superior a lo que se puede uno imaginar”. Y que, si la memoria no me falla característica en la que también sobresale nuestra especie aunque nuestro poeta no la mencione-, “Nada de lo porvenir le encuentra falto de recursos. Sólo del Hades no tendrá escapatoria”. Gracias por obligarme a releer sus versos. Tocar, coger, ojear libros es un vicio que padezco desde niño. Sobre la mesa están Cicerón, Luciano y Séneca, en los estantes, el resto de los amigos.

     El otoño sigue indeciso. Las temperaturas son suaves y los días más cortos, pero las nubes apenas resisten hasta el mediodía. “¿En qué ocupas el tiempo cuando llueve o hace frío?”. Las estaciones no alteran mi rutina. Ni la lluvia ni el frío duran tanto como la sequedad y el calor en tu querida África. Leo, dibujo, observo el mar, el viento, las gaviotas, cuido la huerta, dormito, contesto a tus cartas, revivo imágenes, conversaciones o dejo que la imaginación me lleve a donde se le antoje. “Vivir descansadamente y a gusto”, como diría nuestro amigo Montaigne.

     Cuando quieras saber lo que hago yo o cualquier humano, obsérvate a ti mismo porque todos hacen, piensan y sienten de idéntica manera. Sin olvidar que somos insaciables cuando algo nos resulta placentero. Tú eres, por tanto, el culpable, no mis cartas. Si lo que deseas son novedades, siento decepcionarte: en mi islote manda la rutina, aunque no exenta de aventura, porque las actividades siendo las mismas, al variar el estado de ánimo parecen distintas.

     Esta mañana llené de libros el canasto con el que recogía los huevos de Asclepia, me senté junto a la puerta del faro –confieso que padezco el vicio de nuestro amigo Juliano: “Unos aman los caballos, otros los pájaros y otros las fieras; yo, desde niño, estoy poseído por un terrible deseo de poseer libros”- y me puse, como Lucilio, a “hojear, ora este libro, ora aquél”, aunque nuestro amigo Séneca nos recrimine porque, en su opinión, “muchedumbre de libros disipa el espíritu. Y ¿sabes qué encontré? La Máximas de Epicuro y la Odisea que habían pertenecido a Santiago, y que Regla, su mujer, me entregó cuando nos encontramos en el cementerio. Por cierto que hace unos días un primo suyo, que había salido a pescar, me trajo carne de membrillo hecha por ella. Al marcharse me preguntó si quería acompañarle. Y acepté. Fue un día fructífero no sólo por la pesca, capturé una dorada y una corvina, sino porque me contó detalles de la vida de Santiago que ignoraba, aunque tuve  la impresión de que le estaba traicionando, ya que él nunca hablaba de su familia. Quizá la pasión por Nausica le impidió apreciar su total entrega y su perseverancia. Ella le esperó convencida de que la hippie acabaría cansándose. Y, continuó a su lado, cuando le culparon de su muerte. Debía de estar muy enamorada sabiendo que nunca podría sustituirla. No los leía, los acariciaba comentó.

     Nausica cumplía a rajatabla el precepto de nuestro amigo Séneca: “No pudiendo leer todo lo que tienes, basta que tengas lo que puedes leer”. Rememorar sería más exacto porque, según contaba Santiago, se pasaba horas y horas sentada sobre las rocas. Decía que leyendo, a pesar de que no tenía ningún libro en las manos. Un día, cansada de que preguntara qué estaba haciendo, contestó: “Leyendo”. Y le regaló los libros.

     Reconozco que el razonamiento es impecable. Si leyéramos siempre el mismo libro, con uno sería suficiente. Pero, cuando los tengo en mis manos, ignoro a la razón y acumulo todos los que puedo. ¿Por qué me atraen tanto? “La lectura de todos los buenos libros como dice nuestro amigo Descartes- es como una conversación con los hombres más selectos de los pasados siglos, que fueron sus autores, y hasta una conversación estudiada en la que no descubren más que sus mejores pensamientos”. Sobretodo si no están presentes, las personas suelen ser decepcionantes.

     Me gusta que precisen si era de noche o de día, llovía o hacía frío, si estaban sanos o convalecientespasear por las mismas calles, visitar las mismas ciudades y admirar los mismos paisajes, si es posible a la misma hora y en la misma estación en que ellos lo hicieron. ¿Para qué? Para comprender mejor sus sentimientos porque, como afirma nuestro amigo Cicerón mientras caminaba hacia la Academia por la vía Sacra, “es un hecho que la contemplación de los lugares por ellos frecuentados no hace pensar en los hombres ilustres con viveza y atención. ¿Es que no son suficientemente evocadoras las palabras? Claro, pero también las más insignificantes, no sólo los elevados pensamientos.

     Esos detalles aparentemente irrelevantes son guiños lanzados al océano del tiempo con la esperanza de que, en algún momento o en algún lugar, algún lector revivirá sus temores o sus vivencias más íntimas. Como nuestro amigo Séneca cuando menciona los incómodos paseos en litera (“Me apeo de la litera tan cansado como si hubiese hecho a pie todo el camino que he realizado sentado”), las casas señoriales camino de Nápoles (“Siguiendo mi costumbre, me puse a mirar en derredor para ver si encontraría alguna cosa que pudiese prestarme ayuda, y mis ojo se posaron en la villa que por algún tiempo había sido de Vatia”), el temor a las tormentas (“Me arrollé el manto, a guisa de los aficionados a los baños de agua fría y me lancé al agua”), los golpes de los masajistas (“Siento el chasquido de la mano sobre las espaldas, que causa un sonido diferente según golpee plana o ahuecada”), los gritos de los que se depilan (“Imagina el depilador que a menudo alza una voz aguda y estridente para hacerse notar más, y que charla sin cesar, excepto cuando depila unas axilas, pues entonces, en lugar de él, es otro quien chilla”), las canciones del que se está duchado (“El cantante que encuentra que su voz mejora en el baño”), el ruido de los que se zambullen en el agua de la piscina (“Añade aquellos que se lanzan a la piscina con gran alboroto de agua”) y la visita a Pompeya pocos años antes de que fuera engullida por el Vesubio (“He aquí cómo, de manera casi increíble, la Campania, y sobretodo Nápoles y la vista de tu Pompeya, me han renovado la añoranza de ti: te tengo por entero delante de los ojos”).

     O muestro amigo Montaigne cuando habla de sí mismo (“Las angustias ajenas me angustian materialmente”, “Hacia los siete u ocho años yo me apartaba de todo otro placer para leer”, “No incurro yo en el error común de juzgar al prójimo por lo que soy”, “Al revés de lo corriente, antes acepto entre nosotros la diferencia que la semejanza”, “Cuando reprendo a mi criado, lo hago con vigor y con imprecaciones verdaderas y no fingidas, pero pasado el arrebato vuelvo luego la hoja y hago por él cuanto él necesite”, “No debemos de comprometernos nada más que con nosotros mismos”, “Sólo gusto de los libros placenteros y fáciles, que me halagan o de los que me consuelan y me dan reglas para mi vida y mi muerte”, “Vivo al día y me contento con tener lo preciso para atender a las necesidades presentes y ordinarias, pues que las extraordinarias no sabrían cubrirlas todas las previsiones del mundo”, “Cualquier olor se me adhiere de manera maravillosa, porque tengo una piel muy sensible a ellos”) o expone sus opiniones (“Porque entre la gente común reina más necedad y facilidad, y por tanto más inclinación a dejarse manejar por palabras gratas al oído, sin conocer y ponderar la verdad de las cosas por fuerza de razón”, “No me he obligado a hacer algo bueno, ni siquiera atenerme a mí mismo, sino que varío cuando me place, entregándome a mis dudas e incertidumbres y a mi soberana maestra que es la ignorancia”, “Quien pueda debe tener mujer, hijos y bienes, pero sin aficionarse tanto a ellos que su felicidad de ellos sólo dependa. Siempre conviene tener una estancia, secreta y propia, en la que establezcamos nuestra verdadera libertad y nuestra principal soledad y retiro”) tienes la sensación oír a un viejo amigo.

     O nuestro amigo Ovidio, que recuerda con tanto dolor el día que abandonó su querida Roma (“Cuando me viene al recuerdo la funesta imagen de aquella noche, en la que transcurrieron mis últimos momentos en Roma, cuando recuerdo la noche en la que abandoné a tantos seres queridos, todavía ahora se me escurren las lágrimas de los ojos”), exiliado por orden de emperador Augusto (“La ira del Príncipe ofendido me ordena dirigirme a Tomos, situado en la ribera del Mar Euxino) en los confines del mundo conocido (“Más allá nada hay sino un frío inhabitable”), que te sientes tan triste e impotente como él (“Ni ando mejor del espíritu que del cuerpo, sino que ambos se hallan enfermos por igual y padezco un doble sufrimiento”) y más sabiendo que nunca volvería (“Mezcla mis huesos con hojas y con polvo de amomo y entiérralos a las puertas de Roma”).

     No creas, como nuestro amigo Descartes, que los buenos libros sólo descubren los mejores pensamientos. También hablan de espectáculos, modas y deportes. Incluso hacen arriesgados vaticinios como nuestro amigo Montaigne: “Fuera del fragor que causa, y al que todos ahora estamos acostumbrados, paréceme la pistola un útil de poco efecto, y creo que algún día abandonaremos su uso.

     ¿Has pensado alguna vez que, a pesar de los millones de seres que han muerto a lo largo de los siglo, la Tierra, sin embargo, no aumenta de tamaño? ¿No? Yo sí, creía incluso que, la imagen de la Tierra como insaciable devoradora de seres humanos, se me había ocurrido a mí, hasta que me topé con esta meditación de nuestro amigo Marco Aurelio: “¿Y cómo la tierra es capaz de contener los cuerpos de los que vienen enterrándose desde tantísimo tiempo?…Y conviene considerar no sólo la multitud de cuerpos que así se entierran, sino también la de los animales que cotidianamente comemos e incluso el resto de seres vivos”. ¿Sabes que he aprendido en los buenos libros? Que no hay problemas nuevos ni soluciones definitivas y que, como afirma nuestro amigo Cicerón, “el mundo está lleno de necios”.

     Cuídate

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