Epístola XVIII

     La memoria me ha vuelto a fallar. Y esta vez no era un nombre o un acontecimiento de mi vida. Además he tardado varios días en darme cuenta, tantos como los que necesité para dibujar el cuadro de Apeles de Colofón descrito por nuestro amigo Luciano de Samosata. Espero que la razón, la inteligencia, la memoria y los sentimientos no sean, como la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y débil, manifestaciones de una misma fuerza.

     Sé que consideras mi postura egoísta e incluso le has puesto un nombre: síndrome del avestruz. ¿Le habrías llamado igual si, en vez de marchar a África, hubieses permanecido conmigo? Elegir el nombre es de suma importancia, teniendo en cuenta que construimos el mundo con palabras. Quizás hedonista sea más adecuada, porque me limito a hacer lo que resulta más placentero. En eso consiste la felicidad, ¿no?

     Supongo que el placer impulsó a nuestro poeta Heleno a imitar a los clásicos (¿neoáticos?), sabiendo que era una causa perdida. Hablaremos de su vida en otra ocasión. Si algún día descubro que ya ha sido traducido, no me importará, como tampoco me ha importado recordar, después de terminar el boceto, que un artista del Renacimiento lo había pintado, porque el placer, que es lo que mueve la conducta humana, no habría disminuido. Ese es el motivo por el que nunca te he enviado ningún dibujo. Si felicidad y placer son lo mismo, lo que me agrade no tiene que producir idéntico efecto en los demás, ni aun tratándose de un amigo. A mí, al menos, lo que me resulta placentero son tus cartas. Por eso llevo toda la tarde sentado bajo la ventana. Y, cuando me canso, contemplo el mar mientras pongo orden en mis pensamientos.

     Cuenta nuestro amigo Luciano que Apeles de Colofón pintó un cuadro sobre la calumnia porque “él mismo había sido calumniado ante Tolomeo” (Tolomeo IV Filopator, hijo de Evérgetes). Y, a continuación lo describe: “A la derecha aparece sentado un hombre de orejas descomunales…extendiendo su mano a la Calumnia, mientras ésta, aún a lo lejos, se le aproxima; en torno a éste permanecen en pie dos mujeres, a mi parecer la Ignorancia y la Sospecha. Por el otro lado avanza la Calumnia, mujer de extraordinaria belleza…con una antorcha encendida en la izquierda y arrastrando con la diestra, de los cabellos, a un joven que alza sus manos al cielo e invoca a los dioses. La dirige un hombre pálido y feo…podría suponerse que es la Envidia. Le dan también escolta otras dos mujeres, que incitan, encubren y engalanan a la Calumnia…una era la Asechanza y la otra el Engaño. Tras ella seguí una mujer que se llamaba el Arrepentimiento. En efecto, volvíase hacia atrás llorando…dirigiendo miradas furtivas a la Verdad, que se aproximaba”.

     He seguido fielmente el relato. Así que basta con leer la descripción y cerrar los ojos. Había, sin embargo, un problema que resolver: el entorno. ¿Dónde situar la escena?, ¿en una plaza pública?, ¿en una habitación imaginaria? Como Apeles había sido calumniado ante el rey, decidí situarla en un palacio, en la sala del trono. Y, cuando me alejé para ver el resultado, tuve la sensación de haberlo visto antes. No tardé en comprender de que cuadro se trataba, ¿y tú?

     En el mismo museo florentino hay una alegoría del mismo pintor sobre unos sucesos que tuvieron lugar en aquella época, y que se han repetido una y otra vez a lo largo de la historia. La Verdad creo que se llama. Te lo describiré con una condición: que olvides el texto de Luciano. En medio de una sala sin ventanas ni puertasla escasa luz entra por una estrecha abertura que hay en el techo-, una joven desnuda que se adivina hermosa, aunque oculte el rostro detrás de una máscara, es conducida a un altar por el Fanatismo y la Intolerancia representados por dos jóvenes de ambos sexos con las cabezas vueltas, uno hacia una teofonía de ángeles, el otro, hacia un hombre inclinado sobre un libro. A la izquierda, una muchedumbre de hombres, mujeres y niño se arrodillan ante ella. ¿Sabes por qué lo recuerdo? Porque las paredes y el suelo estaban tapizados de cadáveres.

     No necesitaba leer la carta para saber cual sería la penitencia por ignorar que la Tierra aumenta cada año dos toneladas de materia y desde su formación habrá acumulado tres metros de espesor. Me refería a los muertos, no a las estrellas fugaces o al polvo cósmico, aún así he cumplido el castigo. Y prueba de ello es este hermoso aforismo: “Para el Dios todas las cosas son hermosas y buenas y justas; pero los hombres sostienen que algunas cosas son injustas y otras justas”. Gracias por sustituir los padrenuestros y los avemarías por nuestro amigo Heráclito.

     Cuídate

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