Epístola XX

     He conocido a tu amigo el forense. Estaba de paso. Fue al ambulatorio y tus compañeros le informaron que seguíamos en contacto. Ya le advertí que se había equivocado de profesión. Tenía que haber sido misionero en vez de médicocomentó riendo cuando supo que habías marchado a África.

     No sabía que hubiese hecho la autopsia. Lo único que sé sobre la muerte de Nausica es lo que contó la mujer de Santiago. Que una buceadora, que se sumergía a diario, se ahogase no parece lógico, pero tampoco imposible. Quizás al saber que tenía cáncer decidiera acabar con su vida. Santiago nunca comentó nada. Ignoro si se suicidó o no. Pero, si lo hizo, fue una bonita manera de morir, además de mostrar que hasta el último momento fue libre. Sólo los que eligen la manera de morir son realmente libres. Férrea ha de ser la cadena que ata la mente para dejar en manos de curas, médicos o familiares una decisión que sólo al individuo compete. Como proclama nuestro amigo Nietzsche la humanidad no se ha enterado que Dios ha muerto: “Cuando Zarathustra estuvo solo, vino a decirle a su corazón: “¿Será posible? Ese santo varón, metido ahí en su bosque. ¡no ha oído que Dios ha muerto! Y habría que unir nuestras voces a la suya: “¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir, les gritó: ¡Nosotros le hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos ¡No hubo en el mundo acto más grandioso y las generaciones futuras pertenecerán, por virtud de esta acción, a una historia más elevada de lo que fue hasta el presente toda la historia”. ¿Una historia más elevada? ¡Dios no ha muerto! ¡Ha resucitado! ¡Progreso! ¡Razón! ¡Viejas hembras engañadoras! ¡Hasta los individuos más inteligentes se comportan como necios cuando vaticinan!

     ¿Es que no comprenden que estamos y estaremos siempre exactamente en el mismo sitio; que, por mucho que lancen la razón a las oscuras aguas del mañana, jamás capturarán nada, y que los peces que juran haber visto son sólo el reflejo de la luz en el agua? Nada ni nadie puede escapar del presente a pesar de los espejismos, de las ilusiones, del permanente engaño como nos recuerda nuestro amigo Hegel: “El individuo es hijo de su pueblo, de su mundo, y por mucho que quiera estirarse jamás podrá salirse verdaderamente de su tiempo, como no puede salirse de su piel”. Y el que lo niegue, miente. Dios no es Luis XVI ni el zar Alejandro. Ha muerto. Y nada ni nadie puede sustituirle. Cuentan que la pitonisa de Delfos inhalaba unos vapores para poder pronunciar los augurios. Veinte siglos después nuestro amigo Marx proclama: “En la sociedad comunista…la sociedad regula la producción general, de modo que posibilita hacer hoy esto, mañana lo otro, por la mañana cazar, pescar a mediodía, guardar el ganado por la tarde, criticar después de comer, según mis deseos, sin verme obligado a ser bien cazador, bien pescador, bien pastor, o bien crítico”. La adicción al futuro no tiene cura.

     En el pueblo todos la censuraban. Es el sino de los que viven y mueren libres. Sé que la mayoría reprueba el suicidio, y no ve con buenos ojos a los  suicidas. “¿Yo tengo que aguardar la crueldad de una enfermedad o de un hombre, pudiendo escapar de entre los tormentos y apartar por mí mismo los estorbos?”, se pregunta nuestro amigo Séneca. No, la libertad no se detiene ante la muerte. Se es libre o esclavo. No hay término medio. Tan respetable es la opción de Santiago como la de Nausica porque son los individuos, no la sociedad, los que deciden cuándo, cómo y en qué momento merece o no la pena seguir viviendo porque “la buena cosa no es vivir sino vivir bien” como afirma nuestro amigo Séneca. Y no discuto si es mejor una conducta u otra. No es cuestión de preferencias sino del derecho a decidir por sí mismo. Al menos eso piensa nuestro amigo Marco Aurelio: “No sólo esto debe tomarse en cuenta, que día a día se va gastando la vida y nos queda una parte menor de ella, sino que se debe reflexionar también que, si una persona prolonga su existencia, no está claro si su inteligencia será igualmente capaz en adelante para la comprensión de las cosas…Porque, en el caso de que dicha persona empiece a desvariar, la respiración, la nutrición, la imaginación, los instintos y todas las demás funciones semejantes no le faltarán; pero la facultad de disponer de sí mismo…de detenerse a reflexionar sobre si ya ha llegado el momento de abandonar esta vida y cuantas necesidades de características semejantes precisan un ejercicio exhaustivo de la razón, se extingue antes. Conviene, pues, apresurarse no sólo porque a cada instante estamos más cerca de la muerte, sino también porque cesa con anterioridad la comprensión de las cosas y la capacidad de acomodarnos a ellas. También piensa los mismo, aunque sin tanta sutilezas, nuestro amigo Nietzsche: “No está en nuestra mano el impedir haber nacido: pero este error –pues a veces es un error- podemos enmendarlo”.

       Cuídate

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