Epístola XXII

     “La pereza y la cobardía son las causas de que una gran parte de los hombres permanezcan, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de la vida”, proclama en pleno siglo de las luces nuestro amigo Kant. Dos siglos después nuestro amigo Freud ratifica el diagnóstico: “El dominio de la masa por una minoría seguirá demostrándose siempre tan imprescindible como la imposición coercitiva de la labor cultural, pues las masas son perezosas e ignorantes”. ¿Yo? Que no existen seres humanos ni nombres abstractos sólo individuos y de éstos, sólo unos pocos me interesan.

     Esta mañana una de esas sectas cristianas ha ocupado la playa. Mientras los fieles levantaban jaimas, colocaban mesas y preparaban el ritual, potentes altavoces emitían machaconamente consignas religiosas: Cristo es nuestro guía, Cristo nos ama,Cristo es nuestro hermano. Cerca de la orilla los neófitos, vestidos con túnicas blancas, aguardaban entre amigos y familiares el momento en que recibirían el bautismo sumergiéndose en el mar.

     ¿Cuál es el problema? Que estamos en Europa no en el Tercer Mundo, a comienzos del siglo XXI no en la Edad Media. ¿Qué intento decir? Que la religión nunca desaparecerá del planeta Tierra. Muda su aspecto, pero no la esencia. Todos los intentos por eliminarla han fracasado. Desengáñate. Ninguna revolución sepultará a Cristo, Yavé y Alá. Si crees que mediante la educación o transformando la sociedad desparecerá, te equivocas. Acierta nuestro amigo Epicuro, se equivocan nuestros amigos Marx, Comte y Nietzsche. Y no niego que refleje la miseria social sino que eliminándola desaparezca. En los países que han transformado la base económica ha resurgido con más fuerza. La transformación revolucionaria de la base material no debilita, potencia la ideología religiosa. Eso al menos enseña la voz de la experiencia. ¿La razón? Que “todo lo racional es real” como pontifica nuestro amigo Hegel, sin preguntarse si es o debería de serlo.

     Las religiones brotan del fondo oscuro de la existencia humana, donde la luz de la razón no llega. Y, seguirán echando raíces, mientras no asumamos el dolor, las enfermedades, el envejecimiento, ni reivindiquemos las pasiones y los instintos, la vida y aún así nos sintamos felices. Extraña manera de burlarse de la especie humana, avivando la candela que nos va consumiendo. Mientras procreamos, bebemos y comemos olvidamos nuestro destino. Pero el engaño sólo dura lo imprescindible. Las religiones se asientan sobre el sufrimiento y la muerte, es decir, en la naturaleza humana. Y, como dice nuestro amigo Montaigne: “No enseño, relato”. Yo no interpreto, describo. El oficio de actor le iba mejor a nuestro amigo Nietzsche: “En el fondo de las cosas, y pese a toda la mudanza de las apariencias, la vida es indestructiblemente poderosa y placentera”.

         Cuídate

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *