Epístola XXVI

     Hay costumbres indiferentes, incluso divertidas, como esa tribu cuyas mujeres eligen cada noche el hombre con el que desean acostarse, otras degradantes como la esclavitud, la ablación del clítoris o la discriminación que sufren mujeres y pobres en todas las culturas. Afirmar que debemos respetarlas porque las nuestras también les parecerán reprobables, no es un argumento convincente. ¿Por qué? Bastaría con tomarse a sí mismo como criterio. O aplicar el imperativo categórico como propone nuestro amigo Kant: “¿Me daría yo por satisfecho si mi costumbre –considerar a la mujer inferior al hombre, prohibirle estudiar o actuar por sí misma– debiese valer como ley universal tanto para mí como para los demás? Y bien pronto me convenzo de que, si bien puedo estar de acuerdo con algún tipo de discriminación, no puedo querer que sea ley universal”.

    Preguntas si no resulta sospechoso que ese imperativo excluya nuestras propias costumbres, como si, en nuestra cultura, no se produjeran comportamientos injustos o discriminatorios. Y citas a nuestro amigo Epicuro: “Apreciamos nuestras costumbres, tanto si son útiles y envidiadas por los demás hombres, como si no. Hay que apreciar igualmente las de nuestro prójimo”. Pero añade: “Si se trata de personas honestas”.

     No propongo tomar nuestras costumbres como criterio para juzgar a las demás, pues como dice nuestro amigo Montaigne: “En verdad no tenemos otra medida de la verdad y la razón sino las opiniones y costumbres del país en que vivimos y donde siempre creemos que existe la religión perfecta, la política perfecta y el perfecto y cumplido manejo de todas las cosas. Afirmo, sin embargo, que en los pueblos que corren por sus venas sangre grecorromana, las injusticias o la discriminación pueden ser erradicadas. Todas las personas, hombres, mujeres y niños, son legalmente libres e iguales, como nos recuerda nuestro amigo Pericles: “Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad”. Sé que las leyes no siempre se cumplen, pero eso no significa que la igualdad no sea posible, y en esa esperanza radica su bondad y su éxito.

     ¿Sabes cuál es la palabra que mejor define a la cultura occidental? Logos., el logos, la razón es el regalo más preciado de la cultura griega, el que más ha beneficiado a la humanidad. Has leído bien a la humanidad. La razón es un valor universal porque lo que dicta que es bueno para uno, también lo es para todos. Y si ha mejorado la vida de los hombres y mujeres de Europa, también mejorará la de los hombres y mujeres del resto del planeta. Sigamos el consejo de nuestro amigo Montaigne: “Podemos, pues, llamar bárbaros a aquellos pueblos respecto a la razón, pero no respecto a nosotros, que los superamos en todas suerte de barbarie, y luchemos contra las costumbres propias y ajenas con el logos como arma. No permitamos, después de siglos de lucha por la libertad e igualdad de los seres humanos, conductas que atenten contra nuestras raíces, bajo el falaz argumento de que tienen derecho a vivir de acuerdo con sus costumbres. No, si son contrarias a la razón, o a la ley. No olvides la máxima de nuestro amigo Heráclito: “El pueblo debe luchar por la ley como por sus murallas”. Advirtamos a los que se apostan a las puertas de Europa que, en  las tierras que están a punto de pisar, ni Alá ni Yahvé ni Buda ni Jesucristo están por encima de la ley. Ella es la única soberana como confiesa el lacedemonio Demarato a Jerjes, rey de los persas, según cuenta nuestro amigo Heródoto: “Pese a ser libres, no son libres del todo, ya que rige sus destinos un supremo dueño, la ley, a la que temen mucho más, incluso, de lo que tus súbditos te temen a ti.

     La historia no avanza en línea recta. La hidra religiosa resurge de nuevo: el logos vuelve a estar amenazado. Impedir que las personas piensen y actúen por sí mismas, convertirlas en meros instrumentos en manos de los representantes de Dios en la Tierra, llámense sacerdotes, ulemas, gurús o rabinos, es el objetivo de todas las religiones. Si no defendemos la libertad de pensamiento y la autonomía de los individuos acabaremos esclavizados. Sólo sumergiéndonos en la filosofía de Epicuro, Protágoras, Platón y Aristóteles; recitando a Homero, Catulo, Safo y Ovidio; bebiendo del fresco manantial de la cultura grecolatina seremos libres. En nombre de Cristo cerraron en el siglo VI las escuelas filosóficas en Atenas. Y en nombre de Alá quieren cerrarlas en el siglo XXI.

     La vida y la obra de Heleno, sus “Versos paganos”, son el ejemplo de que lo que ocurrió una vez puede volver a suceder. Fue bautizado con el nombre de Pablo en recuerdo del renegado apóstol, artífice del triunfo de una religión aberrante, no por afirmar que Dios se hizo carne o la resurrección de los muertos, sino por su intransigencia y enfermiza obsesión por ser la única verdadera, como les recrimina nuestro amigo Juliano: “Habéis hecho una franja bordada de males”,  “todo lo habéis llenado de sepulcros y tumbas”.

     Nació en el seno de una comunidad cristiana próxima a Cartago. Y sufrió, en su propia carne, la represión que le impulsaría a colaborar con nuestro amigo Juliano en su intento de restaurar el paganismo. Sabía que, si triunfaban los galileos, desaparecerían poetas, escultores, pintores, dramaturgos, filósofos de Grecia y Roma como finalmente sucedió, aunque la pérdida no fue definitiva porque, como nos recuerda nuestro amigo Heráclito: “Apesar de que todas las cosas están sometidas al devenir de acuerdo a esta razón, parece como si los hombres no tuvieran de ello ninguna experiencia”.

     Con la temprana muerte de nuestro amigo el emperadorse sospecha que a manos de un soldado cristiano, desaparecen las noticias sobre su vida. Se ignora si Heleno fue asesinado por algún fanático, o se suicidó como aconseja nuestro amigo Séneca: “El sabio no vivirá tanto como pueda, sino tanto como deba…si le acontecen cosas molestas que enturbian su tranquilidad, es él quien sale de la vida sin dudar”.

     Cuídate

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