Epístola XXXII

 

     He permanecido toda la tarde frente a la ventana viendo como avanzaban, por el oeste, negros nubarrones acompañados de relámpagos y truenos. ¿Y sabes? No hacía falta que nuestros amigos Anaximandro, Giordano Bruno o Hawking trataran de convencernos de que habitamos en un minúsculo planeta que gira alrededor de un agujero negro junto a millones de estrellas, ni nuestro amigo Darwin que procedemos de los primates, basta con contemplar una tormenta para comprender lo insignificantes que somos. ¿Por qué entonces ese orgullo, esa superioridad de la que tanto alardeamos? Quizás porque unos dicen poseer la Verdad y los demás lo creen. Conclusión: los humanos somos semidioses, por tanto superiores, o como afirma nuestro atormentado amigo Pascal: “El hombre es una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña pensante. No es menester que el universo entero se arme para aplastarla: un vapor, una gota de agua, es suficiente para matarlo. Pero aun cuando el universo lo aplaste, el hombre sería todavía más noble que el que mata, porque sabe que muere…el universo no sabe nada. Toda nuestra dignidad consiste, por lo tanto, en el pensamiento. El amor es ciego, aunque sea a las “cañas pensantes”. Exaltar al enemigo para engrandecerse no deja de ser una manera de reconocer su propia debilidad. Yo, sin embargo, que llevo toda la tarde observando, las colosales estructuras de tonos grisáceos que forman las nubes, avanzar desde el horizonte, iluminadas por la intensa luz de los relámpagos, prefiero los versos de nuestro amigo Lucrecio:

     “Suave, mari magno turbantibus aequora ventis,
e terra mágnum alterius spectare laborem;
non quia vexari quemquam iocunda voluptas,
sed quibus ipse malis careas quia cerniere suave est”

     Es decir: “Es dulce, cuando sobre el vasto mar los vientos revuelven las olas contemplar desde tierra el penoso trabajo de otro; no porque ver a uno sufrir nos dé placer y contento, sino porque es dulce considerar de qué males te eximes”. ¿Qué males? El engaño y el falso orgullo, ¿acaso no significan lo mismo? ¿Quién me ha liberado? Nuestro amigo Sexto Empírico. ¿De qué? De los falsos ídolos, de los embaucadores que seducen con una mano para sujetarte con la otra, de todos los resentidos. ¿Cómo? Leyendo sus “Esbozos pirrónicos”. Hacía tiempo que no me sentía tan libre. Mentalmente libre. ¿Orgullo? No, gozo porque no hay más libertad que la de la mente ni lugar en el que seamos más libre que en los amplios espacios del escepticismo. Y, sin embargo, pocos se aventuran por tan hermosos parajes, aunque muchos lo contemplen desde lejos y sólo algunos los hayan visitado. ¿Quiénes? Nuestros amigos Montaigne, Pirrón y Sexto, quizás alguno más. ¿Por qué tan pocos? Porque pocos se atreven a mirar a su alrededor sin engaños y pocos se sienten orgullosos de ser hombres. ¿Cuántos se atreverían a reconocer que estamos solos, que tú y la conciencia son productos del azar y además apreciarlo? ¿Cuántos estarían dispuestos a vivir en soledad y aceptar las consecuencias? Desengáñate la felicidad, la ataraxia, la paz interior, la tranquilidad de espíritu no está al alcance de todos. Sólo cambiando tu actitud mental puedes sentirte libre porque, como dice nuestro amigo Sexto: “El objetivo del escéptico es la serenidad de espíritu en las cosas que dependen de la opinión de uno y el control del sufrimiento en lo que se padece por necesidad”.

     ¿Imaginas el efecto que debió de producir, en las toscas mentes de los romanos, el doble discurso sobre la justicia de nuestro amigo el escéptico Cleantes? ¿Imaginas el estupor al escuchar un día que la justicia es la virtud suprema base del orden social y, al día siguiente, proclamar que, gracias a que Roma no la tuvo en cuenta, se convirtió en la ciudad más poderosa? Pocos están dispuestos a contemplar la realidad desnuda -¡Es tan agradable vivir engañado!, ronronean los privilegiados y la masa al unísono y, menos aún, madrugar como el joven ateniense Hipócrates para escuchar los razonamientos dobles de un espíritu libre. ¿No sabes quién es? Nuestro amigo Protágoras: “Alboreaba ya la pasada noche, cuando Hipócrates, hijo de Apollodoros empezó a aporrear la puerta de mi casa con su bastón; y no habían hecho más que abrirle, cuando se precipitó dentro gritando a voz en cuello: ¡Sócrates!, ¿te has despertado ya, o duermes todavía? Yo reconocí al punto su voz y le dije: “¿Eres tú, Hipócrates?. ¿Qué desgracia vienes a anunciarme?”. “¿Desgracia? ¡Al contrario, algo magnífico!”. “Venga entonces bienvenida tu noticia. Pero ¿de qué se trata?”.“Pues que está aquí, adivina, ¡Protágoras!”. Quizá el hombre que nuestro amigo Diógenes buscaba en vano, y no debía ser el único si, como cuenta nuestro amigo Platón, provocaba tal entusiasmo en la juventud de Atenas: “Completaban aquel coro de admiradores algunos jóvenes de aquí. Por cierto que mucho me admiraron las graciosas evoluciones de tal coro, que maniobraba con la mayor habilidad y precisión, con objeto de no colocarse jamás delante de Protágoras para no estorbarle el paso. Es decir, que cada vez que daba media vuelta con los que le acompañaban en primera línea, los otros a una, entreabrían sus filas a derecha e izquierda, y dando una graciosa media vuelta se colocaban a sus espaldas; resultaba admirable en verdad. Hermosa coreografía, ¿no te parece? ¿Sorprendido? No lo estarías si escucharas sus palabras: “El hombre es la medida de todas las cosas de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son”. Comprendes ahora por qué veintiséis siglos después sigue provocando idéntico entusiasmo.

     ¿Entonces, como afirma nuestro amigo Dostoyevski: “Si Dios no existe todo está permitido”? No opina lo mismo nuestro amigo Protágoras: “Sobre lo justo y lo injusto, lo santo y lo no santo, estoy dispuesto a sostener con toda firmeza que, por naturaleza, no hay nada que lo sea esencialmente sino que es el parecer de la colectividad el que se hace verdadero cuando se formula y todo el tiempo que dura ese parecer. Ni nuestros amigos: Pródico (Los antiguos consideraron como dioses el sol y la luna, los ríos, las fuentes y en general todas aquellas cosas que son útiles para nuestra vida), Hipias (la ley, tirana de los hombres, imponen muchas cosas contra naturaleza), Gorgias (La palabra es un gran soberano que con un cuerpo pequeñísimo y totalmente invisible realiza acciones divinas), Licofrón (No hay diferencias entre nobles y plebeyos), Trasímaco (La justicia no es otra cosa que lo que es útil al más fuerte), Antifontes (Un hombre practicará la justicia con gran utilidad..si hace caso de las leyes cuando hay testigos, pero si se halla solo y sin testigos ha de cumplir los dictámenes de la naturaleza) y Critias (Una vez el hombre ha nacido ya no tiene nada seguro, excepto que ha nacido para morir y que durante su vida no puede escapar a la fatalidad).

     No temas no te dejaré con la miel en los labios. Así, tu mente, pondrá abarcar tanto espacio como tu mirada, cuando atraviesas la sabana curando enfermos. El dolor no distingue de piel, de edad ni de sexo. Por eso cualquier fármaco será bien recibido sin que importe quien lo haya fabricado. Sé que algunos rechazan la medicación porque consideran que forma parte del colonialismo cultural europeo, y prefieren andar entre brujos y magias. Tampoco el sufrimiento mental entiende de credos ni de culturas. Si las palabras eliminan el dolor ¡qué importa el idioma en que han sido escritas! Lo que sana el cuerpo y la mente de un hombre sanará los de cualquier otro. Y si alguien afirma que la libertad es una cuestión cultural no un problema humano, es que nunca se ha sentido libre.

     Démosles la voz a nuestros amigos, para que puedas caminar por la sabana tan libre como por las calles de cualquier rincón de Europa. “En algún apartado rincón del universo, que centellea desperdigado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más mentiroso de la “historia universal”; pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Después de respirar la naturaleza unas pocas de veces, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Profundo, pero claro, ¿no te parece? ¿Quién opinaba así? Nuestro amigo el eremita de Sils Marie.

        Cuídate

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