Epístola XXXIII

     Es de noche. Los puntiagudos cuernos de la luna anuncian agua. A su lado, se recuesta Venus, la estrella matutina que anunció a nuestro amigo Ovidio que debía partir hacia la patria de Medea en el Ponto Euxino: “Mientras hablo y lloramos todos, había aparecido brillando en lo alto del cielo Lucífero, estrella funesta para mí”.

     Durante todo el día, nubes grises y redondeadas han cubierto el cielo como rocaille modelada por un imaginativo artesano. El mar blancuzco parecía estirado, denso como el mercurio que se acurruca en el fondo de una cuba. La quietud era absoluta. Nada se movía ni los barquitos que divisaba desde el faro. Era el único ser vivo o, quizás, sólo fueran mis pensamientos.

     “Humana ante oculos foede cum vita iaceret
in terris, opresa gravi sub religione
horribilis super aspectu mortalibus instans,
quae caput a caeli regionibus ostendebat
primum Graius homo mortalis tollere contra
est oculos ausus primusque obsistere contra”

No te preocupes del mensaje, sólo del ritmo de sus palabras y de su belleza.

     Cuando la vida humana yacía a la vista de todos
torpemente postrada en tierra, abrumada por le peso de la religión
cuya cabeza asomaba en las regiones celestes
amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales
un griego osó el primero elevar hacia ella
sus perecederos ojos y rebelarse contra ella

No temas, la magia volverá cuando te sumerjas de nuevo en sus versos:

     “Ergo vivida uis anima pervicit et extra
processit longe flammantia moenia mundi
atque omne immensum peragravit mente animoque
unde refert nobis victor quid posit oriri
quid nequeat, finites potestas denique cuique
quanam sit ratione atque alte terminus haerens”

(Su vigoroso espíritu triunfó y avanzó lejos
más allá del llameante recinto del mundo
y recorrió el Todo infinito con su mente y su ánimo.
De allí, nos trae, botín de su victoria,
el conocimiento de lo que puede nacer
y de lo que no puede, las leyes, en fin,
que a cada cosa delimitan su poder
y sus mojones profundamente hincados).

Y concluye:

     “Quare religio pedibus subiecta vicissim
obteritur, nos exaequat victoria caelo”

     (Con lo que la religión, a su vez sometida,
yace a nuestros pies; a nosotros la victoria
nos exalta hasta el cielo).

     Hermoso, ¿verdad? Sin la cultura griega la hidra religiosa nos habría encadenado para siempre. Quiero que lo sepas y que todos oigan mis alabanzas. Si no sabes escribir versos, sigue el ejemplo del alelado emperador Claudio, que ordenó borrar el rostro de Alejandro pintado por nuestro amigo Apeles para colocar el de Augusto, y sustituye, en los versos de nuestro amigo Lucrecio, el nombre de Epicuro por cultura grecorromana, grecolatina, romana o griega. Seguro que no necesitas cambiar ni una coma. No hace falta ponerse tan serio, los griegos también reían. Lee “El diálogo de los muertos” de nuestro amigo Luciano, y reirás a carcajadas.

     Continuo indeciso. Al dibujar la Afrodita Anadyomene de nuestro amigo Apeles, no he podido evitar reproducir la Venus de Cnido de nuestro amigo Praxíteles flotando sobre las olas: una joven desnuda de cuerpo delicado saliendo del agua con un fino peplo en una mano. Pero, después de concentrarme, he hecho dos bocetos: en uno, la diosa, que acaba de salir de entre las olas, exprime sus largos cabellos mientras las gotas de agua caen sobre la arena; en el otro, la diosa se recoge el cabello mojado iluminando su cuerpo desnudo la luz de la luna. Aunque me he puesto varias veces en lugar de nuestro amigo Apeles, no me he decidido por ninguno.

     Cuídate

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