Carta griega XXIV

 

     “Difícilmente creeré –insiste Montaigne– que hayan dado por moneda de ley sus Átomos, Ideas, Números, Modo de producción y Voluntad de Poder. Yo no estaría tan seguro. La inteligencia y la necedad no son como el bien y el mal, los protones y los electrones, el amor y el odio, la burguesía y el proletariado, sino como las homeomerías, o los cuatro elementos, que “en todo hay parte de todo”, pero en distintas proporciones. No hay que ser el divino Homero para saber que “no es posible reunir todo a la vez:

     Pues la divinidad ha otorgado a uno las hazañas bélicas
a otro la danza, a otro la cítara y el canto
y a otro Zeus, de ancha voz, le infunde juicio y cordura”.

     Ni tan libre como Montaigne para dudar que “la sabiduría sea la madre de toda virtud y la ignorancia madre de todos los vicios”. Porque sabemos por experiencia que “no por ser más sabios son menos ineptos”. ¿O crees que es lo mismo saber y comprender, inteligencia y capacidad crítica, phronesis y sofía? “Hipócrates era geómetra, pero parecía en otras cuestiones estúpido e insensato”, asegura Aristóteles. Un matemático francés, corrobora Schopenhauer, después de leer la Medea de Eurípides, encogiéndose de hombros preguntó: Y todo esto, ¿qué prueba?. ¡Qué no son tan ignorantes como pensamos! “Estimulado por el dios me puse a reflexionar hasta que comprendí que era más sabios porque ni sé, ni creo saber nada”, respondió Sócrates en su defensa. ¡La docta ignorancia! Curiosa manera de volver al punto de partida.

     Muy necio, sin embargo, hay que ser para enfrentarse al viejo Cronos. Pues si, más que descubrir, imaginamos. Nada, ni la Biblia, el Corán, el Capital, Santa Sofía, el Vaticano ni ninguna creación del espíritu y de las manos pueden ser eternas; ni siquiera el devenir por mucho que vociferen Heráclito, Marx y Hegel si, como aseguran físicos, teólogos y matemáticos, el universo tuvo un comienzo, lo llamen singularidad o creación ex nihilo. Me pregunto si no serán el Big Bang y el Big Crash la versión científica del homo mensura, el homo mensura la versión filosófica del refrán: “Todo es según el color del cristal con que se mire” y el refrán una descripción de nuestra idiosincracia. Porque si, en lugar de ser “como las hojas, que unas tira a tierra el viento y otras el bosque hace brotar cuando florece”, fuéramos, como los Olímpicos, inmortales ¿pensaríamos que el universo es perecedero o que es eterno?

     Kant cree que “no se puede afirmar que el mundo sea finito o infinito ni respecto al tiempo ni respecto al espacio”, Montaigne y Cicerón “que la verdad y la mentira tienen el mismo aspecto”, yo, como Sófocles, que “no hay que mantener un solo punto de vista” para elegir uno u otro según el estado de ánimo. Porque el cambio cíclico del día y la noche, la primavera, el verano, el otoño y el invierno, el orto y el ocaso son placenteros incluso el eterno retorno si el dolor no fuera consustancial a la naturaleza pero no la “perpetua transformación” como la Voluntad de poder y el río de Heráclito. La seguridad, aunque azarosa, es más dulce que la incertidumbre. Al menos eso opinan Aristipo: “Es evidente que todos los males imprevistos nos parecen más graves”,

Eurípides:

 “Meditaba en mi interior las desgracias que sobrevendrían
para que si me llegaba alguna calamidad enviada al azar
al cogerme desprevenido no me desgarrara ”,

Terencio:

 “Debemos meditar cómo soportar las tribulaciones
para que ninguna de ellas resulte nueva a nuestro espíritu”,

y yo en mis cartas, porque si el mar, el cielo y el viento no me dijeran si debo o no amarrar el bote, recoger las cañas y proteger cercas y ventanas, ¿para qué iba a subir todas las mañanas a lo más alto del faro? Anticiparse es agradable, aunque, también lo es, cuando desprevenido corro a asegurar amarras y contraventanas. Contemplar, desde el faro, el mar encaramarse sobre las rocas, mientras el Helesponto agita las Arginusas y el Escamandro se esparce por la llanura de Troya de la mano de Jenofonte y Homero, es tan placentero como dormitar a mediodía, a la sombra del faro, adormecido por el suave balanceo de las gaviotas.

     “Con la verdad, señala Aristóteles, concuerdan todos los datos, pero con lo falso pronto discrepan”. ¿Concordar? ¡Pues busquemos esas coincidencias! Y llámalas como quieras: ciencia, opinión, creencia, incluso azar y fortuna. Porque, si la verdad fuera absoluta, los dogmas de hoy no podrían ser falsos mañana. Pero, si fuera inversamente proporcional al tiempo y directamente proporcional a la naturaleza humana, todos los datos coincidirían. Porque sabemos por experiencia que la primera generación apenas percibe discrepancias, pero que aumentan progresivamente con la segunda y tercera, aunque algunas creaciones, por ignorancia, perduren, muten y renazcan. Quizá no “comprendamos bien la diferencia entre lo que va contra el orden de la naturaleza y lo que contradice la común opinión de los hombres”, apunta Montaigne. No creo que se trate de un problema de comprensión imaginar que “el orden y conexión de las cosas y los pensamientos son el mismo” o “que todo lo racional es real” forma parte del instinto de supervivencia sino de referencia, creer que una providencia nos cuida, o existe un plan en la naturaleza, alivia la incertidumbre de la existencia. “Deus sive Natura”. ¡Curiosa manera de sentirnos seguros!

     Claro que he olvidado la cita, ¿cómo podría viviendo en medio del mar a ochocientos metros de la costa? No esperes, sin embargo, demasiado porque la belleza está en los ojos no en la luz, el viento y las mareas. Y, como no vemos las cosas como son sino como somos, y no somos sino tiempo recuerdos, experiencias, gustos, reflexiones y deseos, difícilmente las palabras provocarán las mismas sensaciones, los mismos sentimientos. Claro que siendo la naturaleza humana la misma para todos, aunque las maneras de ser sean dispares, algunos alelos serán idénticos ¿o no buscamos lo mismo? Pasión, armonía, equilibrio, comparaciones, metáforas, ritmo, en fin belleza porque nuestros sueños, preocupaciones y ficciones son tan caducos y perecederos como el cuerpo.

     Hace tiempo que renuncié, confiesa Cicerón a sus amigos en su villa de Túsculo, “a una lectura que no proporciona ningún deleite”, y yo ¿o crees que son las Ideas, la Plusvalía y el Superhombre los que me impulsan a ojear sus pensamientos? Aunque, cuando oigo cantar a Tomas:

     “A canela y clavo
me hueles tú a mí
el que no huele
a canela y clavo
no sabe distinguir”,

a la Perla:

   “Me voy a cortar aunque me duela
la raíz de mi querer
que este gitano camela
cositas que no puede ser”,

a Bach:

 “Ah, alma somnolienta, ¿aún descansas?
¡Anímate, pues!
El castigo podría sobrevenir de repente
y si no estás despierta
te envolverá el sueño eterno de la muerte”,

y a ti:

 “Emprendo el regreso agitado de islas.
Se eleva el mar tan oscuro y tan brioso
como el dolor que siento y no me deja”,

dudo, porque si las emociones dependieran de la expresión ¿cómo iban, unas frases incoherentes, un antiguo idioma y el quejío de la Perla y Tomás, a conmover sin pronunciar una sola palabra? Y si fuera el tono, como asegura Montaigne, todos los cantes y poemas provocarían las mismas sensaciones. Quizá no sean el contenido y la forma sino la manera de ser la que determine qué sonidos, palabras, imágenes y versos nos conmueven. ¿O crees, cuando escribo:

     No te alejes septiembre,
no alejes de mi mano
el sabor del otoño.

     Nunca olvidaré las calles
que nacen y mueren entre olas,
ni el velo de luz tenue
cubriendo la Candelaria,
galeón de rocas y palmeras,

ni cruzaré por callejuelas húmedas
buscando en el cielo de Cádiz
atardeceres de tonos homéricos,

ni vigilaré el despertar
de las estrellas y luces
de los pueblos de la bahía.

 Fondeados en la memoria
se balancean los anzuelos,
los agrios gemidos de las gaviotas,
y la carná entre olas.

     No me abandones septiembre,
abrázame con tu luz herida.

sé por qué me resulta más sugestivo septiembre que noviembre, diciembre o enero?

     Si fuéramos claros y distintos, sería la razón no la imaginación la esencia de la naturaleza humana. Pero sabemos por la experiencia de griegos, romanos, cristianos, marxistas, fascistas, leninistas, anarquistas, progresistas, solidarios, ecologistas y republicanos que el mundo verdadero, el mundo real, el único mundo posible es el que observamos, no el que nos gustaría, deseamos e imaginamos. ¿O no afirman Epicuro, Marx y demás educadores y profetas de la humanidad que los sentidos son infalibles? Y, si no aceptamos el mundo como es, no es por resentimiento, que también, sino porque nuestros sueños, fantasías e imaginaciones distorsionan lo que vemos y pensamos…..¡Los ideales! ¡Astuta manera de camuflar nuestras inclinaciones naturales! ¿O crees que si la justicia, la igualdad y la solidaridad moviesen la conducta en vez de la crueldad, el odio, la envidia y la codicia, los colonizados imitarían a los colonizadores, los maltratados a los maltratadores, los pobres a los ricos, los débiles a los poderosos, la razón a la fe, los comunistas a los fascistas? Si el mundo pudiera ser distinto, lo habría sido, porque “en un tiempo infinito, arguye Nietzsche, toda posible combinación debe ser realizada una vez, aún más, debe ser realizada infinito número de veces”. Y si, desde la aparición de los homínidos hasta nuestros días, el cambio no se ha producido, es que lo real no es lo racional sino lo percibido, ¿o no es la praxis el criterio de verdad?

     Llegó el momento que ansiabas, la hora de sentir las palabras y dejarse llevar: el descenso fue limpio, lento y preciso, el atardecer complicado, la luz a pesar del desorden las gaviotas no dejaban de revolotear y, en el último momento, un rayo atravesó el cielo delatando a la luna, a penas visible, en el cenit poco a poco fue concentrándose, recogiéndose en un punto, como en el regazo de la Virgen de la Adoración de los Pastores, aunque de haber nacido en Cádiz, Rembrandt no habría ennegrecido tanto el misterio. No es fácil imaginar el cielo de la bahía tan oscuro como una cueva. Pero ni los dioses pueden eludir el destino. Instantes después la noche, como el viejo Cronos, engulló el mar y el cielo, brotando a un lado las estrellas, al otro las luces del Carmen y la Alameda; en medio, el faro de las Puercas y los farolillos de los botes. Entonces levanté la cabeza buscando a Venus consciente de que las palabras luz, mar, día, noche, estrellas, cielo no provocarían en ti los mismos sentimientos si la manera de ser, como el verdadero amigo, no “formara un solo ser a partir de dos”. ¿O crees que “la verdadera y perfecta amistad” entre Lelio y Escipión, Àtico y Cicerón, Montaigne y la Böetie, hubiera sido posible si “sus caracteres y hábitos” no concordaran? Juzga tú mismo.

     “Siempre estuvimos juntos, no sólo en el ejércitos, sino también en los viajes y en las estancias en el campo. Me parece que he vivido feliz porque he vivido con Escipión”, confiesa Lelio.

     “No nos reservábamos nada que nos fuese propio, ni dejábamos que subsistiera nada que pudiera ser llamado suyo o mío. Éramos la mitad de todo”, confiesa Montaigne.

     “Hablo contigo como conmigo mismo” confiesa Cicerón, y yo, ¿o no es ser uno mismo la esencia de “la verdadera y perfecta amistad”?

     Cuídate

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