Carta Griega II

     Nosotros los griegos”, bello título, muy bello. Dicen que la vista y el oído son más vivaces que el pensamiento. No siempre es así. Las palabras, cuando penetran en el alma, actúan con más fuerza, porque las melodías y las imágenes lo hacen desde el exterior, los pensamientos desde dentro. Unas notas pueden estremecer, una imagen entristecer o alegrar, pero sólo lo que se interioriza puede cambiar la conducta. Si, reflexionando, hicieras tuyos los consejos del dios que habita en Delfos: “Conócete a ti mismo, Nada en exceso”, o de los siete sabios: Tales (¿Cómo viviremos mejor? No cometiendo lo que reprendemos en los otros), Solón ( ¿De qué forma no harán los hombres injusticias? Aborreciéndolas los que no las padecen igual que los que las padecen”), Quilón (Reprime la ira), Pítaco (Ama la templanza), Biante (Toma la sabiduría por compañera desde la juventud hasta la vejez, pues ella es la más estable de las posesiones), Cleóbulo (Aprende a sufrir y a soportar con fortaleza los reveses de la fortuna), Periandrio (En la prosperidad, sé moderado; en la adversidad, prudente”), producirían el mismo efecto que el amor en Safo:

     “En verdad ha hecho desmayarse a mi corazón dentro del pecho: pues mi voz no me obedece, mi lengua queda rota, un suave fuego corre bajo mi piel, nada veo con mis ojos, me zumban los oídos, un temblor se apodera de mí y a punto de morir me veo

     Entonces no culparías a las palabras, sino a la vista y al oído, de la fría insensibilidad de los pensamientos. Aunque, en este momento, al contemplar tu recreación de la Escuela de Atenas esté de acuerdo con Aristóteles quepreferimos el conocimiento visible a todos los demás conocimientos”, porque sólo el arte es capaz de conectar tu alma con la suave corriente de la vida que la razón comprende, pero no alcanza.

     Te preguntas si habría sustituido a Platón y Aristóteles por Homero y Hesíodo, si los habría dibujado con caretas antigas deambulando como zombis por las ruinas de la Academia, o habría transformado la Escuela en un casino o una pista de baile. Sinceramente no creo que hubiese pintado a Platón y Aristóteles, ni tampoco a Homero y Hesíodo rodeado por Esquilo, SófoclesEurípides, Horacio, Catulo, Píndaro, Arquíloco, Anacreontes, ÍbicoSafo, Sócrates, Arquímedes y demás científicos y filósofos. Así que ni Bacon ni los hermanos Chapman ni tú hubieseis podido componer vuestras variaciones. ¿Por qué? Porque, aunque su importancia cultural es obvia, los espectadores no entenderían el mensaje. ¿Qué entonces? Una televisión y un móvil rodeados de manos agitando fajos de euros. Y no menosprecio tu regalo, que cuelga rodeado de libros, porque, de haber decorado mi biblioteca, llevaría por título,Nosotros los griegos”, no la Escuela de Atenas”.

     ¿Arte o filosofía? ¿Por qué elegir? Puede que el arte alcance lo más profundo, el núcleo animal del ser humano, pero no subestimes a la razón, cuando el logos se hace vida, funde los sones con el color, las cadencias con los claroscuros. ¿No es lo que pretendes con la cámara? Además, ¿en qué difieren un poema de un razonamiento si ambos son frutos del espíritu?

     Así que no te disculpes por haber dedicado tan poco tiempo a la filosofía, de no haber pasado del escalón de Epicuro” como dices. ¿Qué piensas que hacías cuando reflexionabas sobre tu vida? ¿Es que la decisión no ha sido fruto del logos? ¿O has olvidado que no hay que pretender filosofar sino filosofar realmente; pues tampoco necesitamos estar sano, sino estar sanos de verdad”? Y, como exhorta a Meneceo, que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso a filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es ni demasiado viejo ni demasiado joven. Quien afirma que aún no le ha llegado la hora o que ya le pasó la edad, es como si dijera que para la felicidad no le ha llegado aún el momento o que ya lo dejó atrás. ¿Quién filosofa realmente? El que transita por la vida guiado por la razón. ¿Qué tienen que ver los jóvenes, viejos, mujeres y niños con la filosofía? Que todos quieren ser felices. ¿Y la filosofía con la felicidad? Que la felicidad depende de la salud del cuerpo y del alma y, para estar sano de cuerpo y alma, hay de vivir juiciosa, bella y justamente. Y, ¿qué enseña la filosofía sino a vivir de tal modo? Reconozco que ningún ser humano debe ser calificado de divino, ni siquiera llamado maestro, pero también que el placer es el bien supremo y que, para ser feliz, hay que hacer lo que resulta placentero. No fue la ignorancia de la gente, como cree Cicerón, sino la experiencia lo que explica el éxito de su doctrina.

     Si, hace un par de meses, uno de esos videntes me hubiese asegurado que dejaría de fotografiar aldeas arrasadas y mujeres violadas, habría pensado que estaba chiflado. Ahora, sin embargo, me pregunto cómo pude aguantar tantos años. ¿Por qué no lo dejé? No lo séSiento escalofrío de pensar que podías haber sido una broma, un producto de su imaginación, o simplemente no haber contestado. Cuenta Cicerón, en “De finibus”, el escándalo que provocó Teofrasto al defender, en su libro “Calístenes”, el verso de Queremón: Es la fortuna la que gobierna la vida, no la sabiduría”. Y, después de recriminarle su incoherencia, comenta consternado: “Ningún filósofo ha expresado nunca una afirmación más descorazonadora”. Yo, sin embargo, la aplaudo. Pues, como advierte Epicteto, “si juzgas por libre y tuyo lo que está sujeto al poder ajeno, te verás confuso y expuesto a mil molestias porque hay ciertas cosas que dependen de nosotros mismos, como nuestros juicios, deseos y aversiones. Otras, que no dependen, como el cuerpo, las riquezas, la reputación, el poder”. Entonces, ¿estuvo en tus manos cambiar de trabajo? Siempre no, cuando tomaste conciencia. Sólo entonces se puede afirmar que no gobierna el azar. Pues, antes, la filosofía se llamaba sabiduría”, como recuerda Diógenes Laercio.

     Lamentas no poder filmar a Polignoto, Zeuxis, Parrasio y Apeles. Pero puedes, por las venas de Miguel Ángel, Mantenga y Leonardo fluye el alma de Grecia. Si después de contemplar la capilla Sixtina, el palacio ducal de Mantua y “Santa Ana, la Virgen y el niño” sigues añorándolos, no dudes en recorrer las pinacotecas de Roma y Atenas de la mano de Plinio, puedes estar seguro de que quedarás satisfecho. “Con cuatro colores únicamente pintaron aquellas obras inmortales Apeles, Etión, Melantio y Nicómaco, pintores celebérrimos, cada uno de cuyos cuadros se vendía por el precio de los tesoros de ciudades enteras”. No sufras por el pasado ni te arrepientas de lo que no eres culpable. Piensa que se busca cuando se necesita, antes ¿de que habría servido? El arte, que entonces carecía de poder curativo, ahora cicatrizará tus heridas, porque no todas la enfermedades tienen el mismo origen ni afectan de igual manera, tampoco los remedios ni los medicamentos: el cuerpo se cura ingiriéndolos, el alma ha de quererlo.

     ¿La mente un misterio? No más que la vida y la muerte. ¿Asombrosa? Yo diría que lo más asombroso del universo, más incluso que la ley moral y el cielo estrellado. Inescrutable, misteriosa, infinitapor muchos adjetivos que añadas, no conseguirías abarcarla. Forma parte de ti, pero no eres tú. Te pertenece, pero actúa como si tuviera vida propia, y te lo restriega cada instante, continuamente, de todas las maneras posibles, en los sueños, en las enfermedades, en la vida diaria, visualizando recuerdos a su antojo, mezclando experiencias placenteras y dolorosas sin control, como reprocha Cicerón a Epicuro: Cuando nos atormentan esas preocupaciones que consideramos malas no depende de nosotros disimularlas u olvidarlas: nos desagarran, nos torturan, nos aguijonean, nos queman, no nos dejan respirar. ¿Su capacidad creadora? Desconcertante. No me extraña que los seres humanos la hayan considerado divina, o pensaran que su posesión nos igualaba a los dioses. Buscar el origen de sus creaciones, o pretender atribuirla a alguien o algo en particular, es una pérdida de tiempo. Si, en esos momentos, somos como Dios, considera que las has creado de la nada o que, como Atenea, han brotado maduras de la cabeza.

     Admito que te entregué el material, pero tu fuiste el demiurgo que le dio forma. Tú mismo reconoces que no pasaste de Epicuro y, por la facilidad con que manejas sus máximas, quizá fuera culpa suya que no continuaras el recorrido. Deambulaste por la Escuela durante semanas, incluso consultaste sus biografías, sin que despertaran tu interés, salvo el jardinero, al que también atribuyes la paternidad de tu proyecto. Y, una mañana, sin saber por qué, surgió la idea: fue como una revelación, más que una revelación, ¡un milagro! No pienses que eres el único. La historia está llena de caídas de caballos. Y entonces viste claro lo que harías con tu vida. Dejarías de ser corresponsal de guerra para convertirte en documentalista. Y, ¿qué mejor manera de empezar que recorriendo la filosofía griega? Pero no para saber y entretener sino para curar el alma. Tú serías el enfermo y, en ti, ensayarías los fármacos. Sería como escribir un libro de autoayuda pero con imágenes, las más bellas imágenes. Recorrerías con la cámara el cuadro de Rafael dialogando con los filósofos sobre sus vidas, su lugar de nacimiento y sus propuestas curativas. Sería algo más que un documental sobre filosofía y arte. Sería un documental terapéutico. Una guía visual para curar las enfermedades del alma. Releyendo mis cartas decidiste darle voz a pintores, músicos, poetas y escritores. Una vuelta a nuestras raíces. Algo que quizás estemos necesitando. El tema de nuestro tiempo, diría Ortega. Y, como fruto, me envías: Nosotros los griegos“.

     Repasemos la lista para ver si falta alguno. Están, según Sexto Empírico, los llamados propiamente dogmáticos, que creen haber encontrado la verdad; como, por ejemplo, lo seguidores de Aristóteles y Epicuro, los estoicos y algunos otros, los académicos que declararon que no es posible e investigan, los escépticos”, algún antisistema como Diógenes, pero falta Pirrón. ¿Raro? No. Si, como asegura Nietzsche, sin la verdad no sobreviviríamos, dicho de otra manera, ¿de cuántas mentiras podríamos prescindir sin arriesgar la supervivencia de la especie? Además los Esbozos pirrónicos se publicaron en 1580, por tanto Rafael no tenía por qué saber que los sistemas filosóficos son tres: dogmáticos, académicos y escépticos. Para tu terapéutica interpretación, sin embargo, no se me ocurre ninguna excusa. En mi opinión deberías seguir el consejo de Cicerón “cada uno defienda lo que él piensa, porque las opiniones son libres. Yo me mantendré fiel a mi principio y, sin sentirme atado a las leyes de una sola escuela a la que deba dar necesariamente mi asentimiento, buscaré en cada problema la solución más probable”, incluso eliminar el principio, con la libertad basta.

     ¿Ayudarte? ¿Cómo? No entiendo nada de fotografía ni de cámaras. Acepto, sin embargo, tu invitación. Recorreremos juntos la cultura y la filosofía griega si, como dices, a pesar de pasar de los treinta, sigues tan confuso como antes.

     ¿Acompañarte? Hace años que no salgo de mi isla porque, como nos recuerda Marco Aurelio, haber investigado la vida humana durante cuarenta años que durante diez mil años da lo mismo. Pues ¿qué más verás?. Me comprometo, sin embargo, a recorrer contigo el camino,, con la cámara, yo siguiendo a Pausanias y a Diógenes Laercio.

     ¿Rutina? No hay rutina en la naturaleza sino en la mente del que mira. ¿El mar? Agazapado. ¿La superficie? Pulida, tanto que era difícil distinguir la copia de la imagen, y tan tirante que las quillas abrían surcos sin producir olas. ¿El cielo? Cuarteado de nubes algodonosas, tan densas, que el sol se colaba por los resquicios, dibujando franjas rosas sobre el gris que amenaza lluvia. La incertidumbre es placentera, ¿no crees? Al menos tratándose del tiempo. Es inútil predecir qué viento soplará, con qué intensidad, qué tono coloreará el cielo y el mar. En otoño, la naturaleza se pavonea mostrando su plumaje en un solo día, incluso en horas o en unos minutos. No he olvidado tu regalo.

     “Propio de ignorantes es el culpar a otros de las propias miserias. Aquel que a sí mismo se culpa de su infortunio comienza a entrar en el camino de la sabiduría; pero el que ni acusa a sí ni a los demás, es perfectamente sabio

     ¿Quién lo dice? Epicteto, el esclavo estoico.

        Cuídate

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