Carta Griega V

     “¿Por qué la filosofía griega?” Porque sabe a miel del Himeto, a vino de Falero, a salitre, a Grecia, y huele a libertad, a individuos libres, a razón. No es una respuesta. Ah, ¿no? ¿Y si el logos fuera, con permiso de Platón, la undécima Musa? Además decir filosofía griega es pura tautología. Filosofía y griega son sinónimos. Tu pregunta, como la efigie de Jano, incluye la respuesta.

     Herido por el destino busco refugio en la filosofía. ¿Habías visto alguna vez tanta rabia, desesperación e impotencia en tan pocas palabras? ¡La esperanza contra el destino! Desigual combate, ¿no crees? Es cierto que nos movemos con soltura entre palabras y sueños, incluso nos vanagloriamos de nuestra habilidad, pero ante la muerte de una hija es imposible el autoengaño. Nos sucede, como a Alejandro, que, al ver la sangre y sentir dolor, comprendió que no podía ser un dios: “Esto que corre, amigos, es sangre y no icor sutil como el que fluye de los felices dioses. No es prudente, sin embargo, cantar victoria antes del combate, con los seres humanos nunca se sabe. La incertidumbre, como la muerte, forma parte de la vida. “¿Luchar conociendo el desenlace?” No lo creo. La ingenuidad no es una característica de la especie humana, aunque sí la estupidez con la que puede confundirse. Busca alivio porque el dolor, además del supremo mal”, como predica tu jardinero, es áspero, amargo, contrario a la naturaleza y difícil de soportar y tolerar. Cualquier persona herida habría recurrido a la filosofía, a los amigos o a cualquier cosa que le aliviara. ¿Lo ves? Habéis dicho filosofía, no filosofía griega. “¿Quiénes?” Cicerón y tú. Es simple economía del lenguaje. ¿En un abogado? La economía no era precisamente una de sus cualidades y menos con el corazón herido.

     La filosofía, como la libertad y la igualdad, es un invento griego (Es cierto que le debemos la filosofía y todas las artes liberales). Por tanto, filosofía y filosofía griega son sinónimos, en consecuencia, la más cercana al origen, por tanto, la que mejor ve, de bella miradacon palabras del poeta, la lógica, no lo olvides, también es creación del espíritu griego, aunque tu jardinero la considere inútil (¿Debía cultivar estas artes y abandonar el arte de vivir?). Esta vez, al menos, obedeceremos al logos que ordena remontarse a la causa antes de preguntar por el efecto. ¿Y cuál es esa causa que hemos de investigar primero? También en la pregunta está incluida la respuesta: Grecia es la causa. La pregunta correcta, el arjé para expresarnos como un griego, sería: ¿Por qué Grecia? Porque somos griegos. ¿Por qué no fenicios o egipcios?. Compruébalo tu mismo: si caminaras hacia atrás, hacia el pasado, ¿adónde llegarías? Al comienzo del tiempo”. Te pregunto a ti, no al tiempo. ¿Quieres saber hasta dónde llegaría?. Sí. Al origen del hombre. Demasiado lejos todavía. ¿Adónde entonces?. A Grecia, porque, aunque podrías seguir el viaje hasta el origen del hombre o del tiempo, no contemplarías tierra amiga sino extraña y peligrosa.

     Los romanos tenían clara la diferencia entre griegos y bárbaros, conscientes de que decir Roma era decir Grecia, no egipcios o árabes.Nosotros, por el contrario, que hemos recibido, como es bien sabido, la cultura de Grecia, leemos y aprendemos de memoria estos pasajes desde niños y consideramos una instrucción y enseñanzas semejantes propia de hombres libres”, o prefieres algo más personal: “Soléis decir que no comprendemos de que placer habla Epicuro. ¿Acaso no entiendo yo lo que significa hedoné, en griego, y, en latín, voluptas? ¿Cuál de las dos lenguas es la que ignoro?”. Palabras, sólo palabras. Hechos quiero hechos. De acuerdo. Cuenta Cicerón que Escévola, siendo pretor, saludó a Albucio en Atenas diciendo:

     Griego has querido ser tú, Albucio, que te llamen
antes que romano…por eso yo, pretor en Atenas,
al acercarte a mí te saludo en griego: chaîre, te digo, Tito
y los lictores y el escuadrón todo y la escoltas
te dicen: chaîre, Tito…

     Su amigo Pomponio era llamado Ático por su amor a Grecia: Nuestro amigo Pomponio…de tal modo se ha establecido en Atenas que casi ya es ateniense, y no me sorprendería que acabe llevando el sobrenombre de Ático. Si aún no estás convencido, Horacio te sacará de dudas: Graecia capta ferum victoria cepit. Estaría de moda. Está bien, ¿un juicio sería suficiente?. ¿Un juicio?”. Sí, como el de Paris, pero no tendrás que elegir a la más bella (Al contemplar a Helena, ascendiendo a la torre…se decían unos a otros…no es extraño que troyanos y aqueos por una mujer tal estén padeciendo duraderos dolores, tremendo es su parecido con los inmortales diosas al mirarla), sino a las más preciada entre las tres: justicia, libertad e igualdad. Reflexiona, no conviene precipitarse, aunque no vaya a declararse una guerra. Para mí tú no eres culpable de nada; los causantes son los dioses, que trajeron esta guerra, fuente de lágrimas, contra los aqueos”, le dice Príamo a Helena. Por cierto, el logos, es otro invento griego, o de algunos griegos, según Nietzsche.

     “Justicia, ¡hermosa palabra! Pero sin libertad se marchitaría. La igualdad también es bella, pero sin libertad no seríamos personas sino cosas. ¿Puedo añadir otra? Todas las que quieras, el Olimpo está repleto de diosas. ¡Fraternidad! Ésa elegiría porque es sinónimo de igualdad, justicia y libertad. Hermoso vínculo si fuera posible. Pero no se trata de lo que puede ser, sino de lo que es. ¿Podrías vivir entre justos e iguales sin ser libre? La respuesta te indicará si eres griego o  no. No, rotundamente no. ¿Qué hubiese respondido un griego?¿Respondido? ¡Hecho! ¿Quién? “Zenón, discípulo de Parménides”:

     “Después de haber citado por cómplices en la conjura a los amigos del tirano…habló de esta manera: “Estoy admirado de vuestra cobardía, pues por miedo de lo que yo padezco sois esclavos de un tirano”, y que luego, cortándose la lengua con los dientes, se la escupió a aquél encima. Incitados con esto los ciudadanos, quitaron la vida al tirano”.

     No todos hubiesen dicho o hecho lo mismo. Libertad, ¿para qué? Habría gritado más de uno. Para oír música, leer poesía o ir al teatro. Todos los pueblos bailan y cantan, pero, pocos o ninguno, son libres. ¿Crees que Eurípides y Aristófanes hubiesen podido escribir sus tragedias y comedias en Egipto? “La masa quiere diversión, si no pueden reír de una cosa, reirán de otra. El caso es reír. Está bien, la masa quiere pan y circo, pero, ¿y Eurípides, Sófocles, Fidias y Diógenes? ¿También querrán pan y circo o, como Cicerón, que se presenten todas las opciones para que cada uno elija la que más le apetezca”? Edípico dilema: a un lado, la masa feliz, pero esclava; al otro, algunos, pocos, a veces ninguno sin cuya energía e inventiva la vida humana en nada diferiría del resto de los animales. ¿Cómo lo resolveremos? Salomónicamente, cortando el nudo gordiano: dar a manos llenas pan y circo para que sobrevivan los espíritus libres. La filosofía confirma nuestro abogado huye expresamente de la multitud, que la ve con desconfianza y desagrado.

     Dirijámonos, por tanto, a los individuos porque, como reconoce tu jardinero, nunca he pretendido agradar a las masas, pues lo que a ellas les gusta yo no lo conozco, y lo que yo sé está muy lejos de su sensibilidad o, más sutilmente, nuestro amigo Séneca “conviene no distinguirse por fuera, pero sí por dentro. Pero para poder ser distinto tiene que existir la posibilidad. Y tal posibilidad se llama libertad. Es decir, individuos libres de pensar, crear, imaginar, discutir y hablar. Nosotros, afirma orgulloso, decimos todo lo que golpea nuestra mente por su probabilidad y por esa razón somos los únicos libres. Pero, para ellos, la sociedad era superior al individuo como Platón escribió a Arquitas: recuerda que no ha nacido para él solo, sino para la patria y para los suyos. ¿También para Diógenes? “Yo, oh Platón, exclamó el Perro-, veo la mesa y el vaso, pero no la mesalidad ni la vasiedad. Yo, amigo, no veo la sociedad ni tampoco la libertad, veo a individuos libres: Sócrates, Platón, Aristóteles, Diógenes, Zenón y Epicuro.

     ¿De qué libertad hablo? De la libertad de escribir, leer, viajar, reflexionar, elegir, ver, soñar, de hacer lo que desee y le resulte placentero porque no puede haber para el hombre nada mejor que disfrutar plenamente de los mayores placeres del alma y del cuerpo. Perosiendo el desconocimiento del bien y del mal lo que más aflige la vida de los hombres que, por esta ignorancia, se ven privados, muchas veces, de los mayores placeres y atormentados en el alma por muy crueles dolores, debemos acudir a la sabiduría para que, suprimiendo los temores y las pasiones y destruyendo toda especie de falsas creencias, nos sirva de segurísima guía hacia el placer…bajo su magisterio podemos vivir tranquilos”, es decir, felices. “¿Y los demás?”. El que sigue el consejo de Heráclito: Me escudriñé a mi mismo”, sabe que su libertad empieza y termina en sí mismo. No es suficiente garantía. No, no lo es. Juntar la libertad con los deseos es como meter un gato y una serpiente en el saco del condenado. Digo que el ser humano es libre, no que la libertad los haga mejores. ¿Entonces? Para eso están las leyes, para defendernos. ¿De quién? De los otros, ¿de quiénes si no? “Entonces tenían razón Platón y El hombre es ser social por naturaleza”. En absoluto, lo es por necesidad. Eso al menos afirma Protágoras:

     “Los hombres vivieron, en un principio dispersos, sin que existiera la sociedad, por eso fueron víctimas de las fieras. Al ser más débiles…trataron entonces de reunirse y de proveer a su conservación mediante la fundación de grupos sociales, pero, una vez reunidos, se dañaban…Temiendo Zeus que nuestra especie se aniquilara, envió a Hermes para que trajese a los hombres el sentido del respeto y de la justicia

     Necesitamos protegernos. Las leyes, como clama Heráclito, son nuestras murallas. Sin ellas ni Diógenes ni su tonel existirían. En pleno día, iba con su candil encendido diciendo: Busco a un hombre. ¿Por qué no buscó a Carnéades, Arcesilao, Antístenes, Crates, Hiparquia, Pirrón y Timón? Lo hubiese encontrado.

     Dices que las citas son más placenteras y, su efecto más intenso, leídas en mis cartas. Agradezco tan elogioso comentario. Pero he de reconocer, en honor de la verdad sí, has leído bien, la verdad y no trato de justificar o disculparme como Aristóteles: “Amicus Plato, sed magis amica veritas, que, en su honor, debería de haber confesado que las opiniones de Platón eran sólo opiniones, nada más, y discrepaba porque las suyas le parecían más convincentes, mejores o simplemente le gustaban más-, que la eficacia de las medicinas dependen más del enfermo que del médico. Pero si está en mis manos, o en las suyas aliviarte, no dudes que lo haré con gusto, aunque a la pregunta de Cicerón: “¿Quién de vosotros no sabe de memoria las kýriai dóxai de Epicuro…máximas breves importantísimas para vivir felizmente?”, habría respondido negativamente. Sigo los consejos que me son útiles, no por indicación suya sino mía: “Estos pensamientos, y otros similares, medítalos noche y día en tu interior (no necesito que me recomienden lo que hago desde niño) y en compañía de alguien como tú. ¿Alguien como yo? ¿Para qué? Ya me tengo a mí mismo. ¿O ignoras que cuando preguntaron a Antístenes qué beneficios había obtenido de la filosofía respondió: “La capacidad de dialogar conmigo mismo”?

     Es bellísima la visión del prójimo cuando el primer encuentro nos conduce a un acuerdo o, al menos, surge interés por lograrlo. Reconozco que los encuentros son bellos, y que, al leer tus cartas, me asaltan los mismos sentimientos que a Séneca la visión de Pompeya -“He aquí que la Campania y en particular la vista de Nápoles y de tu querida Pompeya han renovado de forma sorprendente la añoranza de ti: estás del todo presente ante mis ojos”-, no por el acuerdo o el interés, la belleza no precisa adornos, se basta a sí misma. Tampoco creo que sea necesario ni siquiera conveniente ser almas gemelas. ¿Qué entonces? Alguien con quien hablar, o a quien escuchar, pero nunca olvides que debemos ocuparnos de nuestra propia curación. Sí, tú, yo, todos, cada uno de la suya. ¿Por qué entonces meditamos juntos? Porque, en compañía, el camino es más agradable. ¿Por cuál seguiremos? Te toca a ti, es tu turno.

     ¿El tiempo? Parecía que la suerte estaba echada. No había duda quién sería el vencedor. El arcoiris, partiendo el cielo en dos mitades, marcaba su eximio territorio. Encandilado observaba el espectáculo. De repente, una densa humareda avanzó con rapidez por la superficie empujando, a su paso, el arcoiris que, como Afrodita, parecía surgir de entre la olas. En unos segundos la polvareda llegó hasta la orilla, cubrió el cielo y descargó toda la furia contenida. Sólo, cuando se alejó, pudo la luz y el sol, cegados por las nubes, recuperarse. ¡El cielo y el mar! No hay más bello espectáculo.

       Cuídate

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