Carta Griega X

      “Soy un hombre nuevo”. Bello sentimiento, pero, si quieres mi opinión, dudo que un ser humano pueda dejar de ser el mismo. Me siento distinto, casi no me reconozco”. Si has cambiado es que antes no eras tú. Y si sólo es un sentimiento, con el tiempo, volverás a ser el que eras, ése al que apenas reconoces. ¿Niegas el progreso?”. ¡Progreso! Extraña palabra.

     “Polemón…de joven era tan intemperante y disoluto que acostumbraba a llevar consigo dinero para la satisfacción inmediata de sus deseos…Una vez, de acuerdo con otros jóvenes, irrumpió borracho y coronado…en la escuela de Jenócrates. Pero éste sin inmutarse siguió su charla. Versaba sobre la templanza. Entonces, el jovenzuelo, que lo escuchaba, se sintió captado poco a poco y llegó a ser tan amante del esfuerzo que sobrepasó a todos los demás y le sucedió en la dirección de la escuela”.

     Sé que los jóvenes son volubles, y puede que se dejase llevar por los demás. Pero, ¿qué me dices de Crates? Era un hombre maduro cuando cambió de vida. ¡Y vaya cambio! Pasó de ser una persona rica a un filósofo mendigo”.

    “Al ver, en una tragedia, a Télefo que llevaba un pequeño hato y nada más…se sintió atraído a la filosofía cínica. Vendió su hacienda, logrando unos doscientos talentos, y los repartió entre sus conciudadanos. Y él se dedicó a filosofar…A menudo se le acercaban algunos de sus parientes con la intención de disuadirle y los ahuyentaba persiguiéndolos con el bastón

      Y, si aún no estás convencido, Hiparquía, su mujer, disipará tus dudas”.

  “Se enamoró de Crates, tanto por sus palabras como por su conducta…Incluso amenazó a sus padres con el suicidio, si no la entregaban a él. Crates…llamado por sus padres…se desnudó de toda su ropa ante ella y dijo: “Este es el novio, ésta tu hacienda, delibera ante esta situación. Porque no vas a ser mi compañera si no te haces con estos mismo hábitos”. La joven hizo la elección y, tomando el mismo hábito que él, marchaba en compañía de su esposo y se unía a él en público y asistía a los banquetes”.

     En su caso no hay amigos a los que culpar. Había sido educada para ocuparse del marido y de la casa. Ser mujer determinaba su vida, aun así cambió radical y voluntariamente”. ¿De verdad crees que se puede dejar de ser el que era para convertirse en alguien distinto? ¡Cambiaron! ¡Claro! Porque no se conocían a sí mismos. Incluso estaría de acuerdo en llamarlo progreso. No niego el cambio sino tu interpretación. Progresar no es convertirse en alguien distinto sino volver a ser el que era. Y, no tendrían que retornar, si no se hubiesen alejado de sí mismos. Si la sabiduría consiste en alcanzar ese estado de sosiego espiritual que llamamos felicidad, sólo los que se conocen, y viven acorde con su manera de ser, pueden ser llamados sabios y felices. Eso al menos piensa Sócrates: “¿No es también evidente que los hombres consiguen mucho bien mediante el conocimiento de sí mismos y mucho mal por el desconocimiento de sí? Pues los que se conocen a sí mismos saben qué cosas son buenas para ellos y disciernen sus propias capacidades y limitaciones…Y, en consecuencia, logran lo que es bueno y eluden lo que es malo”.  Los que no siguen el consejo del dios nunca lo serán, pues, al no conocerse, ignoran lo que les haría felices.

    Hiparquía es un ejemplo de que el progreso es posible”. Hiparquía es un ejemplo de que la felicidad depende de nosotros mismos, y de que la libertad forma parte del alma griega, es decir, de nuestras raíces. Había sido educada para ejercer las labores propias del telar y de la rueca, como le recuerda Telémaco a su madre Penélope. Ella, sin embargo, eligió vivir de otra maneraY no fue la única según Plinio: “También las mujeres pintaron: Timárete..Irene…Aristárete…Iea de Cícico…la grandeza de su arte fue tal que por sus precios se ponen por delante de los más célebres retratistas de su tiempo”. Por eso cuando el filósofo Teodoro preguntó despectivamente: “¿Esta es la que abandonó la lanzadera y el telar?”, respondió orgullosa: “Yo soy Teodoro. ¿Es que te parece que he tomado una decisión equivocada sobre mí misma, al dedicar el tiempo que iba a gastar en el telar en mi educación?”. ¿Qué contestó? Nada si realmente era un filósofo.

     Es evidente que la Escuela empieza a dar sus frutos. Antes observabas, ahora luchas cuerpo a cuerpo. Pero no se trata de constatar el cambio, sino de dilucidar si, de repente, te has convertido en tan buen estratega, o siempre lo fuiste porque, como asegura Plutarco, los progresos son de la instrucción, pero los principios de la naturaleza”. Razón o azar, ése es el dilema.

     ¿Sócrates una excepción? Cuentan que, en una reunión, el fisonomista Zopiro se convirtió en el hazmerreír de los demás al afirmar que Sócrates era estúpido o imbécil, porque tenía la garganta cóncava, porque todos sus órganos eran robustos y cerrados; añadió también que era aficionado a las mujeres”. Estúpido o imbécil, lo dudo, aficionado a las mujeres, tampoco, libidinoso seguramente: “¡Ay!, entonces por eso me pica este hombro tanto como si tuviera comezón desde hace cinco días y en el corazón debo de tener otra picadura, comentó cuando Cármides le echó en cara que aconsejara alejarse de los mancebos hermosos, mientras él tonteaba con Critóbulo. Su amado Alcibíades, que le conocía mejor, aclaró: Está revestido por fuera, como un sileno esculpido, mas por dentro, una vez abierto, ¿de cuántas templanzas creéis que está cubierto?”. Sócrates, devoto de Apolo y amigo de la verdad, viendo que se burlaban del fisonomista confesó que esos vicios le eran connaturales, pero los había erradicado con ayuda de la razón”. Pensaba que era vicioso porque no se conocía. Pero, cuando siguió el consejo del dios, dejó de serlo. En el control de sus propias pasiones y apetitos fue el hombre más riguroso”, recuerda Jenofonte. ¿A que se debió su confusión? ¡A la biología, amigo mío, a la biología! La razón es una delgada capa, los instintos, un conglomerado de estratos denso y rocoso que ni las costumbres ni las leyes pueden doblegar. Es fácil, si eres arrastrado por su corriente, confundir su poder con la manera de ser. Algunos, con el paso del tiempo, según se robustece la personalidad, sienten que tienen voluntad propia y piensan que han cambiado. Aunque, en realidad, es ahora cuando son ellos mismos. Cambiar no es convertirse en alguien distinto sino tomar conciencia de cómo realmente eres. Comprenderlo no es prerrogativa de la edad sino de la reflexión. Así que abstengámonos de hacer juicios y contentémonos con simples convicciones. Ya que la verdad, como las almas que vagan por el Hades, es sólo un simulacro, una ilusión.

      Espero saborear pronto sus frutos. Sí, frutos, ¿acaso no es la felicidad, como afirma Aristóteles, “lo mejor, lo más hermoso y lo más agradable?”. ¡La felicidad! Demasiadas cosas esperamos obtener de una palabra. Quizás deberíamos repartir esa riqueza como en el templo de Delos: “Lo más hermosos es lo más justo; lo mejor, la salud; pero lo más agradable es lograr lo que uno ama”. Pues, no es razonable, que una se lleve todo, y las demás nada. Las palabras, como las Sirenas, encandilan a los hombres. Quizá deberíamos atarnos de pies y manos, porque se trata de ser feliz, no de especular cómo serlo. Mientras tanto gocemos del don más maravilloso que, según el divino Platón, hemos recibido de los dioses: Ningún bien mayor le ha venido ni le vendrá nunca al género humano que la filosofía”. Aunque su discípulo macedonio discrepe: Lo mejor de las cosas humanas y el más divino de los bienes es la felicidad. Yo, que libo de todas las flores, creo que filosofía y felicidad son como las caras de Jano.

     Y si fuera algo negativo. ¿Negativo? Sí, negativo como canta tu poeta: “Felices aquellos cuya vida no ha probado la desgracia”, y afirma el sabio Metrodoro: “El bien es justamente esto, evitar el mal. Nos pasamos la vida buscando los bienes que nos harán felices. Pero si el bien, como el placer y el dolor, admitiera grados, no sólo seríamos felices gozando de los bienes, sino también evitando lo que nos perjudica física y espiritualmente. La gradación sería tan vasta como individuos: unos serían felices gozando de salud, otros haciendo lo que más le gusta y otros no padeciendo enfermedades graves, incluso muriendo antes que sus hijos. Habría entonces dos clases felicidad”. ¿Dos? ¡Tantas como individuos! ¿O crees que es, como la verdad, una y excluyente?

   Los discípulos de Arístipo opinan que la felicidad es completamente imposible”, Hegesias porque el cuerpo está repleto de padecimientos y el alma sufre con él y se ve agitada, mientras que la suerte nos niega muchas cosas que prometía la esperanza”. En definitiva, que el plato no está al alcance de todo el mundo, porque el ingrediente fundamental (el sufrimiento) abunda, pero el condimento (la suerte) escasea. Los Cirenaicos más sutiles: “Opinan que el fin y la felicidad difieren. Pues el fin es el placer particular y la felicidad consiste en la combinación de los placeres particulares”. Y esta suma que constituye la felicidad, como sabemos por experiencia, es dificilísima de conseguir. ¿Desde cuando las sutilezas importan más que los hechos? Gocemos de cada instante, ya reflexionaremos después mientras resulte placentero, así no diferirán el placer y la felicidad ni las palabras de los hechos. Tampoco haría falta saber aritmética, si, siguiendo el ejemplo de Sócrates -“comía estrictamente el alimento suficiente para hacer de la comida un placer”-, estableciéramos, como límite de los placeres particulares, no sufrir. “Así de fácil”. Sí, así de fácil. “El límite, ¿quién lo pondría?”. Cada uno, ¿quién si no? ¿Acaso es otro el que come por ti? “¿Cómo lo sabremos?”. Siguiendo el consejo de Apolo. También podrías arriesgarte, pero entonces esa difícil suma no dependería de tu voluntad sino de la suerte, y dejarías tu felicidad en manos de los dados. Pero, si el riesgo te resulta placentero y no perjudicas a nadie, lánzalos. Diógenes afirmaba no preferir nada a la libertad”. Y Sócrates que el carecer totalmente de necesidades es algo divino; el poseer lo menos posible está a continuación de lo divino”. Si crees que esa felicidad es demasiado espiritual, sigue el consejo de Arístipo: goza de cada instante, pero inteligentemente y con prudencia, como aconsejan Tiresias y Creonte.

     Tiresias: ¡Ay! ¿Acaso sabe alguien, ha considerado…

     Creonte: ¿Qué cosa?

     Tiresias:…que la mejor de las posesiones es la prudencia?

     Creonte: Tanto como, en mi opinión,  el no razonar es el mayor perjuicio.

     ¿Por qué? Porque, si no reflexionas o ignoras la experiencia, es probable que sufras. Pero si el riesgo te atrae, no te detengas, se trata de tu felicidad, no de escribir un libro de ética, que la llamen fin, felicidad, placer particular, ¿qué importa mientras te sientas a gusto? Sólo es seguro el presente, todo lo demás es incierto.

     Lamenta los poetas que Zeus, la Naturaleza o Dios no nos hayan concedido la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo. También Aristóteles: “Cada uno debería haber nacido con un poder, como lo es el de la visión, para juzgar rectamente y elegir el bien verdadero”. Quizá no hayan sido tan tacaños como piensan. Y, aunque lo fueran, de qué sirve quejarse. Nada ni nadie cambiará el sino del ser humano: creer que avanza cuando en realidad está siempre en el mismo sitio. Principio de Zenón, ¿recuerdas? Aquiles no alcanza la tortuga porque, en realidad, no se mueve, está quieto. Cuando comprendamos que somos un producto del azar, que lo único seguro es que naces y mueres, que la búsqueda de sentido, metas, finalidades, progresos, son ficciones necesarias para la supervivencia, dejaremos de lamentarnos, de buscar culpables, de moralizar la realidad.

     Confiesa Sócrates que nunca se arrepintió de no hacer lo que sabía que no debía: Se trata de una voz que comenzó a mostrárseme en mi infancia, la cual, siempre que se deja oír, trata de apartarme de aquello que quiero hacer y nunca me incita a ello”. Afirma Hegesias que el sabio…no aventaja tanto en la elección de los bienes como en la evitación de los males, al establecerse como fin el no vivir penosa ni tristemente”. Si evitamos la bebida, el alimento, la conducta y la actitud que nos perjudica o nos produce desasosiego, ¿qué nos impide llamar sabio no sólo al que conoce lo que es bueno sino también al que evita lo malo? Los virtuosos son felices, no sabios, porque saber lo que conviene es cuestión de suerte. Evitar lo que nos perjudica, sin embargo, está en nuestras manos, porque todos sabemos, por experiencia, reflexión, analogía, intuición, innatamente o siguiendo el consejo del dios, lo que no nos conviene. Sólo estos deben ser llamados virtuosos y sabios porque, siguiendo esa sencilla norma, consiguen ese bienestar que pomposamente llamamos felicidad. Aunque al sabio Metrodoro tampoco le importe: “No tenemos que conseguir que premien nuestra sabiduría, sino comer y beber sin daño para el vientre y con agrado”.

     ¿La metáfora? “¿No será la moral el pomarium de la libertad?”. Si quieres mi opinión: pocas son bellas, la mayoría audaces. Como Plutarco, prefiero la claridad a la erudición:  De la misma manera que, para el cultivo de la tierra, es necesario, primero, que la tierra sea buena y, luego, un labrador entendido y, después, buenas semillas, del mismo modo la naturaleza se parece a la tierra, el maestro al labrador y los preceptos y consejos de la razón a la semilla y, por encima de todo, la belleza, aunque no rechazo el saber, como Metrodoro, que aplaudía a los que ignoraban si Héctor era o no troyano. Habría que recordar a esos iluminados, en primer lugar, que es propio de dogmáticos indicar lo que tienen o no tienen que conocer los demás, sobre todo, si no les afecta, quizá teman que si juzgan por sí mismos, discrepen. Y, en segundo lugar, que no es un problema de vanidad o gusto sino de libertad. No se trata de que sea o no importante para la felicidad saber quién mató a Aquiles o los nombres de los hijo de Príamo sino si, en el Jardín, podía haber nacido Homero. Defendamos, pues, una sociedad abierta en la que convivan parcos y rudos jardineros, con sofisticados y elitistas banquetes, en la que Homero pueda narrar la guerra entre griegos y troyanos, y Heráclito, Epicuro y Zenón criticarlo, insultarlo, incluso expulsarlo como propone el divino Platón: “Si uno de estos hombres, hábiles en el arte de imitarlo todo y de adoptar mil formas diferentes, viniese a nuestra ciudad para obligarnos a admitir su arte y sus obras…le diríamos que nuestro Estado no puede poseer un hombre de su condición y que no nos era posible admitir personas semejantes“, pero no censurarlo: Borremos de sus obras todos los versos que siguen“.

     Resulta curioso, aunque connatural al animal humano, aprovechar la libertad para eliminarla. ¿Sabes cuál es el problema de los dogmáticos? La mentalidad religiosa, maniquea sobre la que se sustenta la biología humana. Sí, es un problema de liderazgo, de territorialidad. Se trata de marcar el territorio, de controlar el terreno de caza, de quién ejerce el poder en la manada. No te dejes engañar con hermosas palabras sobre la felicidad, o sobre la bella Edad de Oro en el que los hombre comían y procreaban en una eterna primavera. ¿Prohibirlo?, ¿por qué? ¿Entonces? Defender la libertad de palabra y pensamiento, de poder escoger por sí mismo sin que nadie imponga su criterio. “Y si es perjudicial”. ¿Quién lo dice? ¿Acaso lo que a uno disgusta o perjudica ha de disgustar o perjudicar al resto? Y, aún siéndolo, ¿por qué no puedo elegirlo? Ningún ser humano ni divino puede arrogarse el derecho a impedir que los demás elijan libremente entre la Academia, el Liceo, el Pórtico, el Jardín, los cínicos y los escépticos.

     Esta mañana el mar parecía inquieto, como si gatease por el fondo, y la superficie de color turbio e indefinido a pesar del azul del cielo. Se avecina una tormenta, me dije. Mis sospechas se confirmaron al observar una ligera neblina y oscuros nubarrones por el horizonte. Alarmado aseguré las amarras, atranqué las contraventanas y coloqué las provisiones sobre la mesa, para picotear: Homero y Eurípides; como plato: Vidas y opiniones de los filósofos ilustres de Diógenes Laercio y la Descripción de Grecia de Pausanias; de postre: alguna cantata de Bach y láminas del Quatrocento. Permanecí vigilante toda la mañana. Pero cuando el sol se asentó, dándome por vencido, abandoné mi puesto. Al atardecer seguía la calma. Agamenón necesitó un caballo, al cielo le bastaron unos nubarrones. Pero que no cante victoria, los día son más cortos y las sombras más largas.

     ¿La propina? De tu jardinero. ¿Por qué? Porque me gustan las olas que van contracorriente. A veces, alrededor del islote, cuando los viento soplan sin rumbo las olas siguen extrañas direcciones. Y, aunque la armonía es siempre bella y placentera, a veces, también lo es lo irregular y desordenado. ¿Acusarle? Al contrario alabo su osadía. Juzga tú mismo: “Que el futuro es impredecible, pero incluso si fuera predecible, habría que considerar que no es nada para nosotros”. Nadie pone en duda su inteligencia, pero reconocerás que la naturaleza no le concedió el don de expresarse con belleza. Podría haber dicho: “Si vives con moderación, el futuro no debe preocuparte o Nadie conoce ni conocerá el futuro, pero aunque pudiera, ¡qué más da si no puede cambiarlo!”. Sé lo que estás pensando: importa lo que dice. Es bastante obvio, ¿no? Si vives pensando en el futuro dejarás escapar lo único que existe, el presente, desperdiciado lo único de que dispones, tiempo, y la vida podría recriminarte que no mueres, porque siempre estuviste muerto. Además, ¿por qué saber que algún día moriremos ha de impedirnos disfrutar del presente? Lo que no está en tus manos, no debe afectarte. Pues nada de lo que es necesario es terrible para los hombres”. ¿Quién lo dice? Eurípides, ¿quién si no?

     Cuídate

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