Carta Griega XIX

 

         “Háblese de lo que se quiera los hombres piensan siempre en sí mismos”, afirma rotundo Schopenhauer. ¿Todos? ¿También Aristóteles cuando asegura que el sabio persigue la ausencia de dolor y no el placer”? ¿Él cuando ratifica que “el hombre más feliz es el que pasa su vida sin grandes dolores en lo moral o en lo físico y no aquel que ha disfrutado las alegrías más vivas o los placeres más intensos”? ¿Tú cuando recorres la Escuela buscando fármacos para curar el alma? ¿Y yo cuando escribo estas cartas? La sinceridad hasta en abstracto resulta estimulante, ¿no crees? Aunque, debía formar parte de su carácter, si reconocía lo que todos piensan, pero niegan, quees natural y casi inevitable amar el dinero que, semejante a un Proteo infatigable, está dispuesto a cada instante a tomar la forma del objeto actual de nuestros deseos”, como ocultarse debía formar parte del carácter de Aristóteles si, como asegura Montaigne, “no reconoce la mayor parte de sus impulsos ordinarios, a causa de lo mucho que los ha recubierto y revestido para el uso de la escuela”. Tampoco se reconocería en Marx, que humaniza la sociedad como Homero las fuerzas naturales, aunque ni el Capital ni los Manuscritos económicos y filosóficos sean tan apasionantes como la Ilíada y la Odisea, ni la lucha de clases tan bella como la Gigantomaquia del Altar de Pérgamo. Juzga tú mismo:

    “Las luchas en el interior del Estado, la lucha entre democracia, aristocracia y monarquía, la lucha por el sufragio universal, etc., no son sino las formas ilusorias en que tienen lugar y se desarrollan las luchas efectivas que las diferentes clases mantienen entre sí”. En definitiva, dos realidades, dos mundos distintos: uno aparente e ilusorio, otro efectivo y real. Logomaquia podríamos llamar a tan conceptual espectáculo.

    Escucha ahora al poeta:
     
    “Chocaron entre sí con gran estruendo, la ancha tierra bramó,
y el elevado cielo hizo sonar sus trompas. Zeus lo oyó
sentado en el Olimpo, y su corazón se echó a reír
de gozo al ver a los dioses enfrentarse en una disputa”.

     ¿Mejor? Distinto, donde Marx ve formas ilusorias y luchas efectivas, Homero naturaleza y dioses. ¡Extraño sería que desde diferentes laboratorios percibieran la realidad de idéntica manera! Aunque, sila historia de la naturaleza y la historia de los hombresson como las dos caras de Jano, en el fondo estén hablando de lo mismo. ¿De qué? Del tiempo, ¿o hay algo más tangible y real que la decrepitud y la muerte? ¡Las Palabras! No hay como un buen argumento para que desaparezcan dudas, miedos e incertidumbres. Epicuro, por ejemplo, arguye quela muerte no es nada”, Marx que esla victoria de la especie sobre el individuo”, Sócrates quetemer la muerte es creer que uno sabe lo que no sabe”. ¡Cómo si la ignorancia fuera la solución no la causa del problema! Y no dudo que la razón alivie las enfermedades del alma, aunque probablemente confundieran su manera de ser con la naturaleza humana. “Place sabersuspira aliviado Montaigne- que, aunque hombres muy perfectos, son hombres al fin y al cabo” .     

    La admiración y el placer deben ser tan peculiares como el carácter, si lo que a unos sorprende y place, a otros, le es indiferente. Tampoco creo que la perfección sea una cualidad primaria, ningún adjetivo lo es. ¿O es que el bien, la justicia y la belleza son como los ríos, los mares y las montañas? La sinceridad, sin embargo, es un arma poderosa. Pues oír a Montaigne confesar: “Todos valemos tan poco tanto unos como otros”, a Schopenhauer: “Para el hombre nacido con un patrimonio, la riqueza aparece como algo indispensabley a Sócrates: “La sabiduría humana es digna de poco o de nada”, resulta sumamente placentero, la duda también. Ser consciente de nuestra ignorancia es tan estimulante como sublimes la terribilitá de Miguel Ángel, los contrapuntos de Bach y los claroscuros de Caravaggio. Ocultarse, sin embargo, resulta molesto porque la mentira, el engaño y la hipocresía son tan odiosos como la bobería, la opresión y el autoritarismo. Juzga tú mismo:

     “El dineroescribe hegelianamente Marx- transforma mis deseos imaginarios, traduciendo su existencia pensada, imaginada y querida en una existencia sensible y real, su representación en vida, su ser imaginario en el ser real”. “El sabioasegura estoicamente Séneca- no ama las riquezas, pero las prefiere, no las admite en su espíritu sino en su casa”. ¿No podían haber dicho simplemente que no hay nada tan maravilloso como el dinero, que gracias al dinero somos felices o afirmado, como Hipias, “que, para todo hombre y en todas partes, lo más bello es ser rico”? Disimular debe formar parte del carácter porque Montaigne, rico y sabio como él, confiesa sin tapujos queodia tanto la mentira como la pobrezay Schopenhauer, que, además de rico y sabio, conocía profundamente a Hegel, declara abiertamente queel dinero es bueno en absoluto”, aunque le molestara su embrollada dialéctica: “La verdad es el movimiento de ella en sí misma”. “No es difícil comprenderañade sarcásticoque quien deja escapar cosas semejantes es un desvergonzado charlatán que quiere engañar a los tontos”. ¿Por qué? Porque la Verdadese sol invisible que alumbra a la humanidad, ese faro que dirige a la especie desde su origen, esa meta hacia la que nos conduce el progresono es, como el río de Heráclito, sino estática e inmutable como las Ideas de Platón. ¿O crees que la Verdad es graduable como el dolor, el placer, lo verosímil y lo opinable?

      No creo, sin embargo, que dejarse engañar sea una característica exclusiva de su época, aunque Montaigne opine lo contrario: “He visto contemporáneamente prodigiosa facilidad en los pueblos en materia de dejarse engañar y creer lo que a sus jefes les ha placido”, porque  cualquiera podría afirmar lo mismo de la suya. Tampoco creo que forme parte de la naturaleza humana, porque no nos engañan por ingenuos sino por codiciosos. “Demospropone Platón- tanto al justo como al injusto el poder de hacer lo que cada uno de ellos quiera y, a continuación, sigámoslos. Entonces sorprenderemos al justo tomando el mismo camino que el injusto, movido por la codicia”. ¡Extraño sería que siendo la naturaleza humana la misma no actuasen de idéntica manera! La ingenuidad y la codicia son caras de la misma monedala libertad, la igualdad, la fraternidad también, incluso la solidaridad y la justicia ocultan “la crueldad, ambición y desenfreno de muchosqueadvierte Séneca- “les falta, para igualar en osadía a los perversos, el favor de la fortuna”. ¿De muchos? ¿Es que los demás no harían lo mismo? Desengáñate, la maldad forma parte de la naturaleza, la bondad del carácter. ¿Quién lo dice? Yo, y lo corrobora Adimanto: “Allí donde cada uno se cree capaz de cometer injusticias, las comete”.

       No deberíamos, sin embargo, “decir toda la verdad que se sientesi no queremosoíradvierte el sabio Quilón- cosas molestas”. Puesla angosta puerta de la verdad”, que Schopenhauer se ufana de haber cruzado, la atravesaron, antes y después de él, millones de seres. Y no hablo del sistema sino de la conducta. Porque si los seres humanos todo lo vuelven inmediata y en línea recta hacia su persona”, cuando proclama que la vida es dolor y aburrimiento, Marx que el capitalismo es un valle de lágrimas y Aristóteles que la felicidad consiste en la actividad contemplativa, no están hablando del mundo, la revolución y el sabio sino de sí mismos. ¡Muy ciego hay que estar para no ver, en “la república de sabios”, el fondo animal común a todos los seres! Ni haber escrito el “Mundo como voluntad”, “El Capital” y la “Ética a Nicómaco” para saber que, si hacer lo contrario de lo que se dice es connatural a la naturaleza humana, cuando alaban la castidad, el comunismo y el alma, están pensando en la comida, la bebida y el sexo. Dicho intempestivamente: “¿Dónde termina el animal y empieza el hombre?”. “Queriendo concientemente lo que el animal quiere ciegamente”, responde Nietzsche. Y, ser conscientes, no nos hace mejores ni superiores ni siquiera distintos, la conciencia no modifica ni añade nada, es sólo es una perspectiva más como la sabiduría, la ignorancia, la incredulidad y el dogmatismo.

     La franqueza debe ser una cualidad sublime si genera tan fértiles y sustanciosos pensamientos, aunque la igualdad de caracteres provoque  sensaciones y sentimientos que la razón no sabe explicar: “Si me preguntan por qué amé a mi amigoescribe Montaigne- contestaré del único modo que ello puede explicarse: porque era él, porque era yo”. También para Aristóteles la unión espiritual es la esencia de la verdadera amistad, aunque no sean los demás sinocada uno el mejor amigo de sí mismo”. “Se censura a los que se aman a sí mismos, y se les llama egoístas, como si se tratara de algo vergonzoso. Pero los hechos –arguye– no están en armonía con estos razonamientos: los sentimientos amorosos proceden de uno mismo y se extienden después a los demás”.

        No sé si la sinceridad y el egoísmo forman parte de su carácter, son consustanciales a la especie, o inseparables como la vida y la muerte, el placer y el dolor, la saciedad y el hambre. Pero si, cuanto escribimos y hablamos, lo referimos a nosotros mismos, personalizando dogmas, concepciones y teorías sabremos cómo son, cómo piensan, santos, líderes, filósofos, científicos y nosotros mismos. Y entonces comprenderemos que llamamos Razón a nuestras convicciones y creencias, Verdad a nuestras hábitos y costumbres. ¿O crees que de haber sido Marx budista o hindú, en lugar de judío, habría imaginado la historia como progreso? ¿O, de haber nacido en Grecia o Roma, habría culpado a la sociedad de la bondad y maldad de los hombres, o ensalzado a las masas en lugar de a los individuos? Muy arraigados tenían que estar en su alma los dogmas del Antiguo y del Nuevo Testamento, para llamar, al Proletariado, la clase elegida y, al paraíso terrenal, Comunismo.

       Calicles que no creía en los dioses ni en el progreso ni en ninguna trascendencia afirma con desparpajo: “Los más poderosos, no son los zapateros ni los cocineros, sino los de buen juicio para el gobierno de la ciudad y  los más decididos, puesto que son capaces de llevar a cabo lo que piensan y que no se desaniman por debilidad de espíritu”. “Justo es –concluyeque ellos tengan más que los otros, los gobernantes más que los gobernados”. No sé si es justo que los poderosos tengan más que los zapateros y los cocineros, o ético que el poderoso Aquiles lamente la codicia de Agamenón porque, de haber sido Marx el vate, habría puesto la queja en boca de los mirmidones:

         “Nunca tengo un botín igual al tuyo, sin embargo, la mayor parte
    de la impetuosa batalla son mis manos las que la soportan.
    Más si llega el reparto, tu botín es mucho mayor,
    y yo, con un lote menudo, me voy a la nave, agotado de combatir”.

         Pero sabemos, por la experiencia y por la historia, que la verdad y la razón son atributos de los fuertes no de los débiles, de los individuos no de las masas, de los vencedores no de los vencidos. ¿O crees que los perseguidos en Alemania e Italia eran miembros del partido nazi y los miles de muertos por inanición en Rusia, China y Camboya del partido comunista? No ha habidoni habrá utopía y revolución en los que detentan el poder no posean más que los que sólo tienen su fuerza de trabajo. Sean ricos o pobres, hombres o mujeres, obreros o capitalistas, los gobernantes siempre poseerán más que los gobernados. Dicho filosóficamente: cuando Platón, Marx, Nietzsche, y demás sabios, describen el mundo tal como essin juzgarlo, ni proyectar sus convicciones y prejuicios-, sus pronósticos y predicciones se cumplen, cuando fantasean parecen necios e ignorantes. No deberíamos, sin embargo, divinizar el saber porque si la educación pudiera cambiar la naturaleza humana, bastaría con memorizar a Herodoto y Tucídides, tan concienzuda y devotamente como la Biblia y el Capital, para que la humanidad dejara de caminar en círculo. Pero, como ni la sabiduría ni la experiencia son innatas, siempre estamosy estaremosen el mismo punto, aunque la ignorancia y la brevedad de la vida hagan creer que avanzamos.

         No iba descaminado Platón al imaginarnos divididos, aunque no sea en dos mitades sino en tres capas concéntricas: un núcleo estadístico o esencia, común a la especie; una manera de ser que gradúa el núcleo, individualizando a los seres; y un lenguaje técnico que idealiza el modo de ser, haciendo afirmaciones generales aparentemente desligadas del individuo. O sea que vivimos dos vidas: la ordinaria, sometida al azar y la necesidad, y la del espíritu en la que reina la imaginación, es decir, la libertad. Quizá haya llegado el momento de asumir que la Verdadcomo la belleza, la justicia y Dioses una creación nuestra, que no hay soluciones colectivas porque sin individuos el reino del espíritu desaparecería, ni definitivas, porque, si el Comunismo, el Superhombre, el Reino de los Cielos fueran la Verdad, el tiempo se detendría. Sólo en un marco espacial y temporalmente infinito pueden convivir nuestras imaginaciones. ¿O crees que, en esos paraísos, Séneca habría podido afirmar: “La verdad está a disposición de todos, nadie todavía la ha acaparado”, Jenófanes: “Lo cierto no lo supo ningún hombre, ni habrá nadie que lo sepa”, Sexto: “La Verdad es una cosa inexistente y lo verdadero una sin fundamento” y nosotros escucharlos?”.

        “Hemos nacido para buscar la verdad, reconoce Montaigne, pero poseerla corresponde a otro poder mayor”. Yo que no creo haber nacido para buscar nada, porque nuestras fantasías no forman parte de la naturaleza sino del carácter, que me basta con vivir, que ni siquiera distingo entre vida y existencia, en fin que vivo para que mi manera de ser florezca y se expanda escribiendo, leyendo, paseando, meditando, soñando, imaginando, fantaseando, aguardaré en la retaguardia, y si algún rastreador regresa con la Verdad en sus manos, me protegeré de su petrificante mirada paladeando las más bellas y audaces creaciones del espíritu: las sentidas partitas de Juan Sebastián Bach, las coloristas visiones del Greco, los excitantes versos de Homero, los refrescantes agones de Platón, los apabullantes tropos de Sexto, las vivificantes canciones de Safo y la sublime belleza de la Capilla Sixtina y los mármoles griegos. Y, al atardecer, en el momento en que despunten las estrellas, rendiré pleitesía al sol, la luna, el mar y el viento.
    
      ¿Describir el encuentro? Mejor sentirlo, porque no es el mar, las imágenes y la marcha Amargura lo que te conmueve, cuando el Perdón procesiona por el Campo del Sur a la luz de la luna, el Nazareno se encuentra con la Virgen a las puertas de la iglesia o palpas la calma nocturna en la superficie del agua, sino lo que sueñas, imaginas y sientes. ¿El Sol? Al borde del horizonte. ¿La Luna? Elevándose sobre su cabeza. ¿Las Oriónidas? A sus pies. ¿La bahía? Alargando campanarios, luces y estrellas como los flameantes Apóstoles, en Pentecostés, alrededor de la Virgen y María Magdalena, o la serpenteante vista de Toledo encaramado sobre el Tajo: las mismas sombras, las mismas luces, los mismos tonos grises, verdes y amarillos que impregnan las manos y los ojos del Greco. ¿El tiempo? Breve. Instantes después la luna brillaba solitaria en lo más alto del cielo.  

        Esta vez la cita será tuya porque nuestros pensamientos son como las fases de la luna: llena si te identificas, nueva si resultan extraños, cuarto creciente o menguante según la manera de ser se aproxime o se aleje de ellos. ¿Cómo saberlo? Leyéndola detenidamente, como si se tratara del acertijo propuesto por la Esfinge: “Es preferible la pobreza en una democracia a la llamada felicidad que otorga un gobernante autoritario, como lo es la libertad a la esclavitud”. Y si sientes que la libertad y la democracia forman parte de tus raíces es tan tuya como de Demócrito. Pero si prefieres la felicidad del pesebre, pan y circo o te peguntas para qué sirve ser libre, sigue buscando porque tan placentera es la búsqueda como el hallazgo.

       Probemos de nuevo, pero léela despacio, degustando mentalmente cada palabra, quizá la Carta a Meneceo y las Cartas a Lucilio sean tan tuyas como de Epicuro y Séneca, porque, de ser yo, habría elegido los Ensayos. “Falsos e hipócritas son quienes todo lo hacen con palabras, pero nada de hecho”Si notas que la falsedad y la hipocresía te repelen tanto como la bobería y el autoritarismo, la cita es tan tuya como de Demócrito. Pero si te atraen más las palabras que los hechos, los dogmas más que las conductas, reflexiona, medita e intenta conocerte y, si no es posible, observa, pregunta a los viejos o consulta las hemerotecas, no para cambiar de opinión, o imitarle, sino para evitar los excesos, porque la conducta humana es tan impredecible como incierta la trayectoria de los átomos. La incertidumbre rige desde los pensamientos hasta las galaxias.

           Cuídate