Carta Romana I

    

     No sé si, algún día, la sabiduría se adquirirá por ósmosis, como ironiza Sócrates en El Banquete: “Estaría bien que la sabiduría fuera de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío”. Pero sí sé que esas porciones de saber, los consejos, “son, como concluye Aristón, enteramente inútiles” porque aconsejar a quien sabe es superfluo, y a quien no sabe insuficiente”. Aun así, no te negaré lo que pides. Aconsejar es para mí tan placentero como para otros el poder, la jerarquía y la fuerza bruta. La edad, sin embargo, no garantiza la sabiduría. Un viejo puede ser tan ignorante como el joven más inexperto. Y, aunque no tienen experiencia de las acciones de la vida y son dóciles a sus pasiones, como argumenta Aristóteles para excluir a los jóvenes de la política, la filosofía puede suplir la falta de experiencia y el sentido común está al alcance de cualquiera, a pesar de que admiramos en boca de otro lo que nuestro propio sentido nos dicta.

     También sé que el culto a las personas, a la autoridad, a la jerarquía, el miedo al fracaso y a responsabilizarse de sus actos son inherentes a la naturaleza humana, y que, para dirigir la vida, no hay mejor piloto que uno mismo. Los demás pueden ofrecer sus experiencias, incluso las acumuladas a lo largo de los siglos, pero de nada servirían, lo que no traspasa la piel, inevitablemente resbalará sobre ella, sólo lo que se interioriza puede cambiar el comportamiento de las personas. ¿Cómo? Comprendiendo que eres parte de la naturaleza, y que la conciencia es lo único que te diferencia del resto de los seres. Y, si después de observar el constante fluir del mar, de las estaciones y de escudriñarte a ti mismo, sigues necesitando ayuda, buscaremos en los escritos de los grandes hombres. No para “obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma”, sino para analizar y contrastar ideas, experiencias e intuiciones y, con los materiales encontrados, continuar la travesía.

     Confía en la razón, el corazón y tu instinto. Todos, aunque aseguren lo contrario, navegamos a ciegas. Y desconfía de los que proclaman que, imitándoles o siguiendo sus pasos, llegaremos a puerto sanos y salvos. Más peligro corren los fieles que los que se guían por sí mismos. La temeridad es el reverso de la fe ciega y, ambas, del dogmatismo; la prudencia y la valentía, de la inteligencia, también el placer. Y como sé que disfrutas con la sabiduría de Grecia y Roma y, a veces, la forma resulta tan agradable como el contenido, aprovecharemos las Epístolas de Séneca a Lucilio, los diálogos filosóficos de Cicerón  y la Moralia de Plutarco.

       Y si aducen en su defensa que Sócrates, los cínicos y Aristón “sostenían que sólo se debería filosofar sobre cuestiones éticas, porque éstas son posibles y útiles, mientras que los discursos acerca de la naturaleza, no son comprensibles y, aun cuando se entendieran, no tendrían ninguna utilidad”. Recuerda que la razón es lo único que define a la filosofía, lo demás depende de los intereses y gustos de cada uno. Así que reflexionaremos sobre la conducta humana, pero también sobre la mente y el cosmos, aunque parezcan incomprensibles e inútiles.

    ¿Olvidarme? ¿Cómo podría viviendo junto a él día y noche? Confiesa Sócrates tener dos amores, también yo, aunque no sabría decir cuál de los dos aviva con más fuerza mis pensamientos: el mar o la filosofía.

          Cuídate