Carta Romana III

    

       Recrimina Séneca a Lucilio no haber captado la esencia de la amistad: Si consideras amigo a uno en quien no confías en la misma medida que en ti mismo, no has valorado con justeza la esencia de la verdadera amistad”. Montaigne, deudor de griegos y romanos (“no he tenido trato con libro alguno sólido, no siendo Plutarco y Séneca”), asiente: Lo que llamamos ordinariamente amistad no es más que conocimiento y familiaridad….en la amistad de que yo hablo, las almas se mezclan y confunden la una con la otra”. Aristóteles, decepcionado quizá porque Platón había elegido a su sobrino Espeusipo para dirigir la Academia, concluye que “el amigo es otro yo”, o sea que no hay ninguno.

   ¿Nosotros? Ni lo uno ni lo otro, simples comensales, como Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes y Sócrates en el Simposio de Agatón. Pero no seremos cuatro sino cinco. El señor de la Montaña, a pesar de no haber sido invitado -tampoco lo fueron Aristodemo ni Alcibiades-, quiere dar su opinión porque nada sabe hacer mejor que ser amigo”. Debe ser un gremio muy concurrido porque Sócrates, Séneca, Epicuro y toda la retahíla de filósofos afirman lo mismo. Claro que podían dedicarse a tan altruista y espiritual profesión porque, de satisfacer sus necesidades materiales, ya se ocupaban sus numerosos siervos y esclavos, aunque Platón, en su testamento, sólo mencione cinco: Ártemis, Ticón, Bictas, Apolónidas y Dionisio; Epicuro cuatro: Mys, Nicias, Licón y Fedrión; Séneca dos: Felición y Harpaste; Sócrates ninguno: ¡De cuántas cosas no tengo necesidad! -exclamaba cuando paseaba por el mercado y Montaigne, de modo general, para ilustrar mejor sus vicios y virtudes: “A mis servidores he de llamarlos por el nombre de sus cargos o países, ya que se me van de la cabeza sus apellidos, sin recordar otra cosa sino que tiene tres sílabas, que son de sonido desagradable, que empiezan o terminan por tal o cual letra”.

     Y no dudo que sean admirables y que, al leer tan elevados pensamientos: “Si la sabiduría se me otorgase bajo la condición de mantenerla oculta y no divulgarla la rechazaría: sin compañía no es grata la posesión de bien alguno”, te sientas orgulloso, incluso reconciliado con la especie humana, aunque el destinatario de sus epístolas parezca un Olímpico, no un simple mortal como Lucilio. Quizás olvidara que el hombre -como escribe Montaigne- no es nada”. Lo que no le impidió acompañar a Tales, Anaximadro, Anaxímenes, Anaxágoras, Alcmeón, Pitágoras, Parménides, Empédocles, Protágoras, Demócrito, Platón, Jenofontes, Sócrates, Espeusipo, Aristóteles, Heráclito Póntico, Teofrasto, Estratón, Zenón, Diógenes, Jenófanes, Aristón, Cleante, Crisipo, Diágoras y Teodoro para ver hasta dónde habían llegado”. Y, al finalizar la aventura, exclamar teatralmente: “¿Quién fiará, pues, en la filosofía? ¡Oh, qué olla podrida de pensamientos filosóficos!”.

     No sé si su escéptica pregunta fue inducida por la variedad y disparidad de teorías filosóficas, o cuchicheada por Sexto Empírico. Pero, si hubiese leído con atención las Vidas de Diógenes, sabría, como Epicuro, que “el fruto más importante de la filosofía es la libertad”. Y, aunque su estilo sea descuidado y menos elegante que el de Séneca, sus Máximas son más cercanas y asequibles, en definitiva, más acordes con la naturaleza humana (con la animal habría matizado sarcásticamente Cicerón, ¡cómo si poseyéramos varias!), y sus cartas repletas de profundos pensamientos: “De cuantos bienes proporciona la sabiduría para la felicidad de toda una vida, el más importante es la amistad”. Lo sé. Pero si, como confiesa Ferécides, más que conocer inventamos, la sabiduría será ficción, incluso engaño o dolo y, compartirla o no, moralmente indiferente, porque la nada ni beneficia ni perjudica. Y si el peso de la belleza desequilibra la balanza, quizás habría que reescribir la historia de la filosofía valorando los filósofos por el estilo, no por lo que dicen. “No, si algo la equilibrara”, ¿qué?, la intención, que no es ni forma ni contenido, sino algo intermedio como la filosofía y los Ensayos de Montaigne. “Podría ocurrir que no placiesen a las almas vulgares y comunes ni tampoco a las excelentes y singulares. Aquéllas no los entenderían, y éstos los entenderían demasiado. En cuyo caso, podrían quedarse en la región intermedia”.

     Ingenioso, pero no creas que el combate ha concluido. Aunque la filosofía y los Ensayos estén en el fiel de la balanza, aquélla se inclina más a la sabiduría que a la ignorancia, y éstos a las almas excelentes más que a las vulgares. Pero no es ese ligero clinamen sino la ignorancia la que desequilibra la balanza. Pues si, después de siglos de estudios e investigaciones, lo único cierto es que no sabemos nada, o sea que la ignorancia es el estado natural del  ser humano, ¿cómo sabremos con certeza lo que nos conviene o perjudica?, ¿cómo distinguiremos con claridad lo verdadero de lo falso? En definitiva, que nadie puede asegurar que el sumo bien sea la virtud o el conocimiento en lugar de la salud, el vino o el sexo. De algo, sin embargo, puedes estar seguro. Si la bella Calipso me prometiera salud eterna, aceptaría gustoso, aunque no pudiera abandonar la isla ni escribir cartas. Y si el sesudo Aristóteles argumenta que la salud, el vino y el sexo no pueden ser el bien supremo, porque estar sano o el placer son medio no fines en sí mismo. Replicaría que deseo estar sano como fin, como medio y desde cualquier punto de vista que lo considere, porque, a mi edad, ni las bellas palabras ni los sutiles argumentos pueden competir con la experiencia y los hechos. Y, que critique sus propuestas, no significa que no admire la valentía intelectual, libertad e inteligencia de esos grandes hombres.

     “Esto lo digo no para muchos sino para ti, pues somos un público bastante grande el uno para el otro”. Comenta Séneca que nada puede añadir a tan bella máxima de Epicuro. Podría, sin embargo, haber mencionado qué sintió al leerla, si pensó en sí mismo, en Lucilio o en ambos, si su credo no le prohibiese exteriorizar sus sentimientos. Ignorar si lo hace por propia voluntad, u obligado por sus creencias, es un lastre del que no pueden desprenderse los que militan en una escuela. Sin embargo, los que siguiendo el consejo de Pitágoras nos limitamos a observar, opinamos libremente, sin preocuparnos de las contradicciones ni las incoherencias, ni siquiera de lo que hemos escrito unas líneas más abajo y, menos aún, si nos escoramos hacia Zenón, Pirrón, Epicuro, Platón o Aristóteles. Y si algún guardián de la Verdad y el Progreso nos echa en cara las coincidencias, nos felicitaremos de que individuos tan renombrados piensen lo mismo, porque lo que hay en la memoria es propiedad de todos. Y no creas que dudo de la sinceridad de sus afirmaciones, aunque esa espiritual entrega se deba más a la manera de ser que a la profesión de filósofo, pues somos felices haciendo lo que más nos gusta: ellos cazar amigos, nosotros escribir cartas.

     “Nací entre las once y las doce del último día de febrero de 1533. Hace quince días que cumplí los treinta y nueve años, y deberé vivir, a mi entender, al menos otros tantos”. Exactamente veinte más, murió el trece de septiembre de 1592 mientras oía misa. ¿Dónde? En el castillo de Montaigne. ¿Sus padres? Ricos comerciantes ennoblecidos. Curriculum: estudió leyes, consejero, miembro del parlamento y alcalde. A los treinta y nueve años decidió dedicarse a cuidar de sí mismo y de sus propiedades. De las personas que predican -sea desde un púlpito, una tribuna, un periódico, un partido, un libro, un sindicato, un parlamento o alrededor de una mesa, es decir, que no viven callada y anónimamente (como enseña nuestro dogmático, pero admirado, Epicuro)– no sólo es necesario, sino imprescindible saber a qué clase social pertenecen, en qué barrio de la ciudad viven, dónde comen, beben y compran la ropa, qué medio de transporte utilizan, cómo y con quienes viajaban, cuánto dinero ganan….o sea conocer detalladamente sus vidas, porque si sólo te interesas por lo que hablan, escriben y piensan, ¿cómo medirás el grado de mentira e hipocresía? Sólo comparando lo que dicen y hacen evitaríamos cometer, una y otra vez, el mismo error que los atenienses en el siglo VII a.C.: “Si sufrís desgracias -advierte Solón- no achaquéis a los dioses la causa de éstas….porque atendéis a la lengua y la palabra fatua del hombre y no observáis los hechos”. Misón, según la Pitia el más sabio de los siete, opinaba lo mismo: “No deduzcamos de las palabras los hechos, sino de los hechos las palabras”. Sabio consejo, pero, si quieres saber el grado de mentira e hipocresía, tendrás que colocar sus biografías en el otro platillo de la balanza. ¿Cómo? A los vivos observándolos, a los muertos consultando a Tucidides, Tácito, Suetonio y Diógenes y, si son desconocidos, generalizando. Pero sé cauto, la memoria depende del gusto y, que perdure, del azar. Hechas las presentaciones, sigamos.

     Afirma Empédocles que lo semejante atrae a lo semejante, Heráclito que los contrarios se complementan. Yo, que huyo de dogmas y verdades a más velocidad aún que de la hipocresía y la mentira -que las disfracen de ciencia o religión es indiferente, pues, aunque las científicas, parezcan más convincentes, para la razón crítica y libre, o sea para los individuos, las consecuencias son las mismas, ya que no hay Dios más cruel, estéril y autoritario que una Razón Autocrática, refugio de viciosos y sanguinarios, ansiosos por controlar, mental y físicamente, el mayor número de cabezas- confieso sin tapujos que utilizaré sus opiniones, y las de cualquiera, cómo y cuando me convengan, porque no pretendo servir de modelo ni de ser guía de nadie (¡Dios me libre!), sino entretenerme. Pero si alguien cree que puede serle útil. ¡Adelante! Ya se encargará el tiempo de poner las cosas en su sitio y, si no lo hace, ¡que le aproveche!

     ¿Por cuál optaré? En esta ocasión por Heráclito, así que atribuiré la atracción de Séneca por Epicuro, Montaigne por Séneca, y la mía por ambos, al poder de los contrarios, dejando las semejanzas para otra carta. Y, aunque no esté en mis manos cambiar los resultados -ni siquiera en las de Dios, como recuerda Agatón en la Ética a Nicómaco-, sí está hacer el camino más largo, o tardar más tiempo en recorrerlo. Espero que la tardanza merezca la pena si, como dicen, la búsqueda es más placentera que el resultado porque, por naturaleza, soy sumamente crédulo. Y, aunque no sea una cualidad alabada – ni siquiera en los jóvenes-, con la credulidad sucede, como con la riqueza, que su bondad o maldad depende del uso. La que es innata, unida a la prudencia, es una credulidad despierta, porque la permanente admiración potencia la belleza al límite del conocimiento, y, más allá, si goza de una imaginación poderosa; la credulidad, nacida de la ignorancia, es una credulidad dormida que anula la libertad, o sea a los individuos. Así, cuando navego por las agitadas Epístolas de Séneca, y los jocosos Ensayos de Montaigne, recorro sin cuestionar hechos, comentarios y  opiniones. Pero, cuando diviso una idea, echo el ancla y, hasta donde lo permiten mis pulmones, escruto su trasfondo. Entonces, haya sido escasa, nula o abundante la captura, me siento feliz, a gusto, aunque sea el modo de ser, no mis reflexiones, la experiencia y las costumbres, el que hace que doble la cerviz, me encoja de hombros, o me revuelva.

     Es curioso que Séneca, a pesar del Pórtico, se arrime sin miedo a Epicuro, su mayor enemigo, y que lo reivindique como un bien universal, a pesar de las reticencias de Montaigne: “Las razones primordiales y universales son de trabajosa búsqueda”. Muy libre tenía que ser para que su fiel y dependiente Lucilio le recrimine que se aproxime tanto: “Epicuro lo ha dicho, ¿qué tienes tú que ver con un extraño?”. A mí, sin embargo, su argumento me parece convincente: “Pero, ¿qué motivos tienes para considerarlas propias de Epicuro y no del dominio público?”. Quizá tema que su virtuoso hedonismo le haga cambiar de escuela, que su terrenal visión contamine su alma, o le suceda como a Ícaro, aunque, lo más probable, es que, como todos los acólitos, tema lo que desconoce, no se fíe de sus capacidades, o contemple el mundo con mentalidad infantil, es decir, escindido en amigos y enemigos, pues, como señala su diligente maestro, aún no ha alcanzado la sabiduría. Dicho en otras palabras: en algunos detalles aún piensa por sí mismo.

     Claro que, si fueran simples voceros, no serían comensales, porque mi daimon, mi genio, mi modo de ser, me lo impediría. No por motivos ideológicos, problemas de conciencia, o temor a caer en sus redes, -Séneca es demasiado espiritual, Lucilio demasiado dependiente y Epicuro demasiado seguro de sí mismo-, sino porque de los fieles, como de un pozo seco, es imposible sacar agua. Y, aunque algo hubiere, ni tengo tiempo ni ganas de cavar tan hondo. Lo único que exijo, para sentarse a mi mesa, es que sean críticos, libres, o sea individuos. Sus creencias y convicciones -sean las que sean-, no son un problema sino un estímulo porque, lo que más me encandila de los seres humanos, es la capacidad creativa, las espectaculares y atrevidas creaciones de su mente, y la belleza de sus construcciones, o quizá me suceda como a “los que tienen conciencia de su ignorancia que -según Aristóteles- admiran a los que dicen algo grande y está por encima de ellos”. Aunque no debería tratar con tanto desdén a los ignorantes porque, a pesar de lo que diga el macedonio, los que tienen conciencia están más cerca de la sabiduría que de la ignorancia.

     Montaigne, sabedor de que el placer es un poderoso torrente, lo defiende resaltando que su estilo, sencillo y claro, muestra la sencillez y claridad de ideas. Aporta, como dato, que escribió trescientos libros sin ninguna cita, en contraste con Crisipo que copiaba libros enteros. ¿Nosotros? En medio, aunque no a la misma distancia: Montaigne cerca del primero, yo del segundo. Sin embargo, no es por Epicuro y Sexto por los que siente debilidad, sino por Séneca y Plutarco. ¿Por qué? Quizás la atracción y lucha de los contrarios, si es ley cósmica como asegura Heráclito, sirva para explicarlo. A una persona, tan contradictoria e insegura como Séneca, el lenguaje transparente de Epicuro, y la bondad de su carácter, debían deslumbrarle, incluso producir una sana envidia. Siendo tan reflexivo, no tardaría en comprender la relación entre carácter, ética y lenguaje. Y, libre como era, debió pensar que si sus cartas no podían ser sencillas y claras, lo serían las citas: “Tu discurso lo hará más impresionante un jergón y los harapos, pues no sólo pronunciarás verdades, sino que las demostrarás”. Y, ante las quejas de Lucilio: “Me preguntas por qué recuerdo tan bellas sentencias de Epicuro más bien que de los nuestros”, responde: “¿Qué importa quién la haya pronunciado? La pronunció en interés de todos”, y sabiamente añade: “Continuaré en mi empeño de inculcarte a Epicuro, a fin de que esos que juran con la fórmula del maestro y consideran no lo que se dice, sino quien la dice, sepan que las mejores cosas son patrimonio común”.

     Pero si crees que es inútil porque, ni seguidores ni fieles, se molestan en leer las obras de sus supuestos enemigos, ni se interesan por lo que piensan los que militan en otras escuelas. Y, en el caso de que se atrevieran, el nombre de Epicuro, Platón, Demócrito o Zenón cegaría sus mentes, impidiéndoles descubrir los tesoros que esconden su pensamientos. Recuerda que la sabiduría hay que buscarla allí donde se encuentre, y que la incesante y continua búsqueda es lo único que separa a los libres de los esclavos, a los inteligentes de los necios, a los críticos de los fieles.

     ¿Cómo romperemos las cadenas que atan el alma? Con las armas más poderosas: la reflexión, el sentido común y la experiencia. Sin embargo, nada ni nadie garantiza el éxito. Pues, aunque fuera más condescendiente con el cuerpo, los sentimientos y las pasiones, y lograra moderar el carácter, nunca dejaría de ser él mismo. Sus epístolas, por tanto, seguirían alejadas del sentido común y la experiencia, y su esfuerzo inútil y baldío. Así sería, al menos, si la verdad importara más que lo verosímil, las respuestas más que las preguntas y los dogmas más que las opiniones. Pero pocas verdades, respuestas y dogmas sobreviven a sus autores, la mayoría mueren prematuramente, y las que perduran, tarde o temprano, las sepultará el tiempo. La búsqueda, sin embargo, subsistirá mientras existan seres humanos.

     Los mismos argumentos utiliza Montaigne, pero no por los mismos motivos. Se ufana de escribir como habla porque, siguiendo la recomendación de su espiritual maestro: En primer lugar me examino a mí mismo, luego a este mundo, se toma a sí mismo como objeto de sus reflexiones: “Hace muchos años que yo sólo me tengo a mí por objeto de mis pensamientos, no estudiando otra cosa sino a mí mismo; y si estudio alguna otra es para relacionarla conmigo o aplicármela”. Entonces, ¿por qué se arrima tanto a una mente tan inquieta como Séneca, y tan segura de sí misma como Plutarco? Quizá pensara que su clarividencia e inseguridades quedarían a oscuras o, al menos, entre tinieblas. O siendo tan proteico necesitara puntos de referencia, una especie de hilo para salir del laberinto de sus dudas. O simplemente que a los demás se lo pareciera, porque tan empapado está de Grecia y Roma que es difícil saber en qué renglón habla él, o sus queridos y admirados griegos y romanos. Juzga tú mismo.

     Siguiendo los dictados de la filosofía, y de sus más atormentados espíritus -Sócrates y Séneca-, exhorta, una y otra vez, a guiarse por la razón. Pero, a continuación, guiñando un ojo a Sexto, matiza que llamamos razón a las leyes y costumbres de cada uno. Eso pensaban ellos, dirás. Pero, ¿y él? ¿Cuál es su verdadero pensamiento? Ambos. Si sólo habla de él y para sí mismo, ¿qué le impide escribir una cosa y al día siguiente matizarla, escribir otra distinta, o la contraria? Quizá en el torreón, a la luz de las estrellas se sintiera abducido por la seriedad de cristianos y estoicos, y, con la llegada del sol, seducido por la jovialidad de escépticos y epicúreos. ¿Por qué no dice claramente lo que piensa? Porque entonces no sería una amasijo de ideas cristianas, griegas y propias sino Séneca, Plutarco, Platón u otro cualquiera, o sea por el mismo motivo que tú se lo demandas.

     Es curioso, sin embargo, que detectara aristas, valles y precipicios en los seres humanos, y no en los pueblos. Es más, los imagina planos, en dos dimensiones, como manchas homogéneas flotando a través del tiempo, cuando hombres, mujeres, niños, ancianos, pueblos, razas, naciones, en fin cualquier individuo, y colectivo humano, tienen más dimensiones que la teoría de las cuerdas. Y, más curioso aún, que varios siglos después añoremos la pureza original de los pueblos indígenas, y nos sintamos responsables de tan bondadosa pérdida. Y, aunque culparse de todos los males de la vida, incluso de los causados por nuestros antepasados y ancestros a largo de la historia, sea una manera, como otra cualquiera, de buscar el placer, que es la mano que dirige, consciente e inconscientemente, nuestra conducta, cuando observo que ese espíritu masoquista se propaga a través de las generaciones, me pregunto, en contra de la opinión de todas las escuelas filosóficas, si no será el placer lo absoluto, es decir, que no tiene contrario. ¡Vamos que el dolor es placer camuflado!

     Comprendo que, en aras de la comodidad, simplifiquemos la realidad hasta desfigurarla. Incluso que, para contentar nuestro espíritu maniqueo, consideremos a los vencidos como un todo homogéneo para resaltar la crueldad, injusticias y maldades de los conquistadores. Pero no ignorar los hechos: los vencidos adolecen de idénticos vicios porque, también ellos, son seres humanos, por tanto, fueron y son vencedores. Españoles, ingleses, portugueses, franceses oprimían a los aztecas, quechuas, mayas….éstos a los indígenas que, a su vez, explotaban a otros más débiles, y así sucesivamente, en  una cadena de poder que iniciaron los primeros homínidos, y concluirá cuando un meteorito, una epidemia, o la propia naturaleza acabe con el último ser humano. Moraleja: si no hay pueblo, raza, época ni persona planos y homogéneos porque todos los objetos, seres y cosas están repletos de aristas y recovecos, no juzgues ningún eslabón sin antes recorrer la cadena. Y aunque, basta con mirar a tu alrededor, para saber que el férreo hilo que nos une sigue indemne. Si decides retornar a los orígenes, recuerda que será tu manera de ser, no lo que encuentres, la que haga que te asombres, escandalices, o provoque una sonrisa cómplice.

     Afirma Anaxágoras, y la mayoría de los filósofos griegos, que “las cosas que aparecen son un vislumbramiento de cosas no-patentes”, o sea que, observando las cosas, podemos averiguar – imaginar o fantasear diría yo- lo que hay debajo que, por estar oculto, obviamente no podemos ver ni veremos. Ingeniosa idea, ¿no te parece?, y muy útil, la creatividad es una de las cualidades humana más admirable. Y, aunque no necesito rebuscar en las profundidades, ni siquiera imaginar que existen -quizás porque no me disguste tanto lo que veo-, confieso que devoro explicaciones y teorías con tanta avidez y fruición como las obras de Leonardo, Goya y Freud. Por eso creo que, si colocáramos en una gigantesca balanza los caracteres de todos los hombres que han poblado la Tierra, comprobaríamos que, aunque la concepción estoica y sus remedos –cristianismo y marxismo-, sean creaciones de un individuo, su éxito es síntoma de que la fe, la autoridad, la seguridad, la jerarquía, son rasgos inherentes a la especie humana, consecuencia, en última instancia, del dominio de los caracteres rígidos e inestables que buscan, en sus cabezas, la estabilidad que la vida niega.

     No sé si el esfuerzo ha merecido la pena porque, aunque he dejado atrás a Crisipo -“Si uno quitara de los libros de Crisipo todo lo que proviene de citas ajenas, la hoja quedaría en blanco”-, no he alcanzado a Epicuro. Claro que no siendo autodidacta sino un mero transmisor de la cultura griega y, a veces, un simple copista de breves fragmentos, quizá debería volver a mi puesto, si “la virtud, como pretende Aristóteles, es un término medio término o al menos tiende al término medio”. Aunque, después de saber que “en una de sus obras citaba casi toda la Medea de Eurípides, no dudaría en seguir sus pasos si, en algún monasterio o a orillas del Nilo, un afortunado encontrara la Antíope, Hipsípila, Melanipa la sabia o el Hortensio.

     Cuídate