Carta Romana X

    

     Escribe Montaigne que, si hubiese empezado antes sus ensayos, sabría lo que pasaba por su cabeza en cualquier momento de su vida. Yo creo que es indiferente, no por el eterno retorno, los ciclos de la vida, la conflagración universal, y demás asertos estoicos, ni porque, al ser la naturaleza una y la misma para todos, observando atentamente el presente, conoceríamos el pasado y el futuro, sino porque -aunque todas las cosas, objetos, cuerpos, pensamientos estén continuamente cambiando, y lo que sientes, piensas, sufres, padeces, sueñas, fantaseas varíe según estés sano o enfermo, contento o enfadado, sediento o hambriento- la esencia, el yo, el carácter siempre es el mismo. Las ideas más firmes y generales que tengo nacieron conmigo y me son naturales y propias, y las manías, gustos, inclinaciones, comportamientos, deseos, ¿o acaso Proteo dejaba de ser dios cuando se transmutaba en foca, león, cangrejo, ostión, almeja y alga?

    Así que da igual que empezara a los veinte, cuarenta o sesenta. Pues, conociéndose tan profundamente como dice, es fácil saber, si no cómo actuó, sí cómo debía haberlo hecho, incluso después de muerto, porque no es la filosofía ni la razón sino su manera de ser la que guía los pasos. Y, si Séneca afirma lo contrario, es porque nos sentimos más seguros visualizando nuestras conocimientos, creencias, virtudes, actividades y movimientos. Los romanos, según Varrón, invocaban a más de treinta mil dioses. “¿Qué necesidad había de encomendar a la diosa Opis las criaturas que nacían, al dios Vaticano las que lloraban, a la diosa Cunina las que estaban en la cuna, a la diosa Rumina las que mamaban, al dios Estalino las que se tenían en pie?”, se pregunta San Agustín. Ninguna, si hay vida después de la muerte con un dios es suficiente. Pero, para los que aman la luz y sopesan lo que pierden, personificar cada instante es paladear la vida más profundamente.

    Tampoco fue la ignorancia, sino el exhaustivo conocimiento de sí mismo lo que hacía a Sócrates el mejor y más feliz de los hombre. Al menos eso confiesa al “bello Eutidemo”: Quienes se conocen a sí mismos saben lo que es adecuado para ellos y disciernen lo que pueden hacer y lo que no”, o sea son felices. Digan lo que digan estoicos, epicúreos, peripatéticos, escépticos, académicos, cristianos, socialistas, comunistas, solidarios y progresistas, la felicidad es personal e intransferible. Así que es inútil discutir si el sumo bien del hombre es Dios, la Revolución, la Salud, el Placer, la Paz o la Solidaridad y, menos aún, tratar de imponer nuestras opiniones. Pues no se trataba -advierte Séneca- de saber si Catón era un hombre libre sino de saber si vivía entre hombres libres. A no ser que la filosofía, la razón, la manera de ser y el consejo del dios sean, como la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y débil, diferentes advocaciones de la misma fuerza. Y, cuando hablan de justicia,  libertad, del pueblo, de un mundo mejor, estén hablando de sí mismos.

    Ni creo, a pesar de la bobería de unos, y el cientifismo de otros, que la relación conciencia-conducta sea de causa-efecto, porque si el conocimiento, apenas se sostiene a sí mismo, difícilmente podrá con la codicia, la envidia, el odio, la violencia y los celos. Así que, aunque escogiendo a los hombres, según razón, se establecería una forma política perfecta, yo, que no me fío de la razón, y menos aún en los hombres, preferiría que cada uno se ocupara de sí mismo. No porque de enseñar la verdad, y decir lo que debe hacer el mundo ya se encargan muchos (quizá demasiados), sino para que comprendan que recibimos las cosas según lo que somos, y lo que nos parece; y este parecer nuestro es incierto y controvertible. Y, porque de tan saludable práctica, se obtienen conocimientos tan beneficiosos como saber que no hay nada que no tenga muchos aspectos y colores; que hay pocas cosas sobre las que podamos emitir juicio sincero, porque hay pocas en las que no tengamos de un modo u otro particular interés; que oficios, cargos y demás se buscan más bien por provecho particular; que la obstinación y fogosidad de opiniones es la mayor prueba de necedad porque si yerra el sabio, cien hombres, naciones enteras y en error se vive siglos y siglos ¿qué seguridad tenemos que no se yerra también en el nuestro?, y si hasta la misma constancia sólo es una mutación menos viva que la inquietud, ¿por qué excluir opiniones, creencias, teorías, convicciones y pensamientos?

    En fin que la disparidad, la controversia y el enfrentamiento es más natural, rico y fértil que la aquiescencia, la fe y el pensamiento único; porque la libertad -recuerda Escipión- no consiste en tener un dueño justo, sino en no tener ninguno. Y, como amante de la razón, o del sentido común según se mire, añade: Si no conviene igualar las fortunas, si tampoco pueden ser iguales las inteligencias de todos sí que deben ser iguales los derechos. La misma igualdadadviertees injusta, si no distingue grados de dignidad. O sea que la homogeneidad, al no respetar las diferencias, es antinatural y, por tanto, injusta. Y si replicas que la justicia y la moral son convencionales. Respondo que las explicaciones lo son, pero no vivir en un torreón o en medio del mar, porque no tener expresa necesidad de nadie es lo más parecido a la ataraxia, al sumo bien, a la felicidad, aunque, a veces, nada hay tan precioso como una compañía grata y adecuada.

    Sorprende, sin embargo, que desee que desguacen sus escritos: Me gustaría -dice- que alguien me desplumara separando mis plumas de las ajenas, porque, estando tan empapado de Grecia y Roma, ni él podría quitárselas sin llevarse piel y carne. Y, aunque lo consiguiera, no necesito pesar, alambicar y digerir sus ensayos para saber que sus pertenencias apenas llegan al uno por ciento, el noventa a Cicerón, Séneca, Plutarco y el resto a Tácito, Virgilio, Lucrecio, Catulo, Lucano y Ovidio. Aun así lo haré. No porque tengan el alma repleta de lo que pintan, y me resulte placentero rebuscar entre griegos y romanos, pues podría decir lo mismo de sus ensayos, sino porque se expresaban sin autocensuras ni prohibiciones. Y la libertad, según Herodoto, produce efectos sorprendentes. Resulta evidente que la libertad es un preciado bien, si tenemos en cuenta que los atenienses, mientras estuvieron regidos por una tiranía, no aventajaban a ninguno de sus vecinos, en cambio, al desembarazarse de  sus tiranos, alcanzaron una clara superioridad.

    Dudo, sin embargo, que sea una norma general porque, aunque los pueblos educados en la libertad y hechos a mandarse a sí mismos encuentran monstruoso y antinatural toda otra política”, si no hay nada que la costumbre no haga o pueda hacer, la libertad dependerá de las circunstancias. Además, si fuera una segunda piel, habrían existido, y existirían, pueblos habituados a reflexionar, pensar y meditar. Pero la experiencia muestra que la libertad es una cualidad de los individuos, del carácter, no de los pueblos. Aunque, a veces, las convicciones e ideales estén tan enraizados en las conductas, y en las mentes, que es difícil saber si pertenecen a la naturaleza, a la costumbre o a la unión de ambas. Pero dejemos las especulaciones, y atengámonos a los hechos, sea por costumbre, naturaleza o cualquier otro motivo, si Platón, Epicuro, Ockam, Miguel Ángel, Darwin, Nietzsche y Einstein defendieron la primacía del alma, la materia, los individuos, los cuerpos desnudos, los animales, Dioniso y la expansión del universo, es porque la libertad forma parte de nuestras raíces.

    Espero que Cicerón, Séneca y Plutarco no sean tan antojadizos, aunque tampoco importaría, porque si todo hombre lleva la forma entera de la condición humana, los problemas serán los mismos, ¡y las respuestas!, porque los puntos de vista, aunque numerosos, no son infinitos. Y, más aún, si no hacemos más que glosarnos mutuamente. ¿Qué podríamos decir sobre la vida, por ejemplo, sino que es absurda, que, a pesar de los sinsabores, merece la pena, que sin Dios, la revolución y cualquier otra trascendencia carece de sentido y que es valiosa por sí misma? Y, si no hay más opciones, es inevitable coincidir con Séneca, Cicerón y él mismo; ellos con Carneades, Epicuro y Zenón, y éstos con Sócrates, Platón y Aristipo; y, siguiendo la dirección del tiempo, toparnos con el origen las especies, el Big Bang, el bosón Higgins, el vacío cuántico y todo lo que se les vaya ocurriendo a poetas, teólogos, filósofos y científicos, y sin salir del Jardín, como dice Lucrecio que viajaba Epicuro, porque, si dispusiésemos de habilidades más consistentes, no inventaríamos quimeras ni dioses. Pero teniendo en cuenta que, a esas cuatro opciones, hay que añadir todas las combinaciones y matices, que algunos asimilan, reflexionan, critican y las adornan a su gusto y que las expectativas nunca coinciden con los hechos. Lo más sensato es que cada uno se desplume a sí mismo.

     Pero, si insiste, felicítalo por el aderezo, la forma, el toque, porque, aunque los ingredientes –las raíces griegas, romanas y cristianas– sean comunes, no todos tienen la misma mano, ¿o crees que no preferiría llamar a ese felicísimo estado del espíritu gozo noble en lugar de “placentero”? ¿o compararme con una abeja que liba de todas las flores en vez de con un carroñero que se alimenta de despojos? Y si, por prejuicios ideológicos, niegan que la religión cristiana forma parte de sus raíces, es que ignoran que el cristianismo debe, a Roma, tanto como Roma a Grecia; y el comunismo debe, a creencias y dogmas cristianos, más de lo que ilustrados, ateos, progresistas sospechan, porque, no hay que haber estudiado en el seminario de Tubinga, ni ser hijo de un pastor protestante, para comprender que el comunismo huele a sotana y sacristía. Ni ser hijo de una acomodada familia judía para saber que los conversos, no reniegan, sustituyen una fe por otra ¿o no ves con qué facilidad transitan de uno a otro militantes, curas y seminaristas? Quizá piensen que, si nuestras polémicas son siempre verbales”, cambiando pobre de espíritu por obrero, alma por materia, bienaventurados por desheredados, la fe se convierta milagrosamente en ciencia. Pero la fe, como la mona, aunque se vista de seda mona se queda.    

    Ese día que temes como el último es el del nacimiento para la eternidad, Unirse a Dios es querer lo que él quiere y no querer lo que él no quiere, Todos los animales, vegetales y cuerpos inanimados ¿diremos que los engendra la naturaleza o que son engendrados por Dios?. ¿Quién lo dice? Séneca, Epícteto y Platón. Pero podría ser tú, yo o cualquiera, porque no estamos formados por números enteros, sino por fracciones, decimales y tantos por ciento. Y si -como dicen- somos una interacción de biología y cultura, cada persona (X) será igual a B + C, o sea X = B (c1 + c2 + c3) + C (G + R + J.C.), siendo B (la genética), C (lo aprendido), c1 +c2 +c3 (los tres cerebros: racional, emocional y reptiliano), G + R +J.C. (las tres raíces: Grecia, Roma y J.C. ). Asignando un cincuenta por ciento a cada parte, aunque yo le daría, al  modo de ser, más del noventa, Platón sería igual a B ( 35 + 10 + 5) + C (40 + 5 + 5); Séneca = B ( 25 + 20 + 5) + C  (15+ 30 + 10); San Pablo = B (5 + 30 + 15) + C  (15+ 15 + 20); Montaigne = B ( 20 + 20 +10) + C ( 20 + 20 + 10). ¿Yo? Más cerca de Platón que de San Pablo, y de Montaigne que de Séneca, y más aún de Pirrón y de Sexto.

 
     Cuídate