Carta Romana XVII

     “¿Qué fruto dieron a Aristóteles o a Varrón el conocimiento de tantas cosas? Pregunta Montaigne consciente de que la presunción es nuestro mal natural y original. Falsos bienes, muchos: dinero, fama, honores; auténticos, también: tranquilidad, paz, sosiego“¿Les libró de las incomodidades humanas?”. No creo, aunque tampoco me extrañaría. Pues si la filosofía salvó la vida a Séneca y a Montaigne de la melancolía, ¿por qué no pudo la lógica, las matemáticas y la religión librarles de las incomodidades humanas? ¡Cómo si el dolor fuera un problema lingüístico y no “áspero, contrario a la naturaleza, difícil de soportar, penoso y duro”!

     No sé si la sabiduría tiene o no poder curativo, pero si el dolor es contrario a la naturaleza -como afirma Cicerón-, será para todos y todas las escuelas, sin excepción, un mal, aunque su estatus dependa de la ideología, o sea de la manera de ser de cada uno: para Epicuro, el mayor de todos los males, para el estoico Zenón, ni bueno ni malo, aunque debe ser rechazado, para Montaigne y para mí, junto a la pobreza, el más temible de los males, para Cicerón ningún mal, ni todos los males, serían comparables con la deshonra, la ignominia y la bajeza, o sea que es un mal, pero los hay peores.

     Sorprende, sin embargo, que un orador tan hábil dude del poder de la palabra, e impropio de su inteligencia creer que lo que no era útil para él, tampoco lo era para los demás. Si su admirado Posidonio, cuando le dolían las articulaciones, exclamaba: “¡No consigues nada dolor! Por molesto que seas, nunca admitiré que eres un mal, y seguía conversando. Y el denostado maestro del placer, Epicuro, soportaba el dolor recordando los momentos placenteros. ¿Por qué no pudo el conocimiento hacer más sabrosa la salud y la voluptuosidad de Varrón y Aristóteles? Y, aunque no sacaran de la lógica alivio a su gota, algún efecto salutífero tendría si, imaginando argumentos y construyendo sutiles silogismos sobre Dios, la felicidad y el cosmos, eran felices. ¿O no lo era él escribiendo de día, incluso de noche, como confiesa a Ático? Porque no creo que fuera el deber ni la virtud lo que le impulsó a escribir en un solo año: Paradojas de los estoicos, Hortensio, Cuestiones académicas, De finibus, Disputaciones Tusculanas y Sobre la naturaleza de los dioses y, unos meses antes de su muerte: Catón, Lelio, De la gloria, De la adivinación, Del hado y De los deberes, o sea doce libros en menos de tres años.

     Montaigne, meditabundo, insiste: “¿Hubiera yo muerto con menos paciencia si no conociese a los tusculanos? No creo, tampoco yo, porque si saber y virtud fueran lo mismo, Cicerón no hubiese huido, transportado de manera indigna por sus esclavos de acá para allá, mientras intentaba escapar de la muerte y ocultarse de quienes, anticipándose no mucho a la naturaleza, iban a matarlo ni él hubiese cuestionado su paciencia. Es el sino de la razón, asentimos, pero raras veces convence. Con la muerte nos sucede, como a Odiseo, que, por mucho que intentamos abrazarla, se nos escapa. Con un fervoroso anhelo quise abrazar el alma de mi difunta madre. Tres veces lo intenté, y tres veces entre mis brazos se esfumó semejante a una sombra o un sueño.

    Comprendo que ordenando el universo nos sintamos omnipotentes, porque regular lo desconocido es como crearlo de la nada, y orgullosos de nuestras fantasías porque, al ignorar cómo es, podemos imaginarlo a nuestro antojo: uno, múltiple, redondo, ovalado, agujereado y homogéneo. Incluso creer que estamos por encima de los demás animales, y que hemos nacido para cosas más altas y espléndidas”, pero no racionalizar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte porque en el mejor de los mundos posibles las vicisitudes de la vida serían exactamente las mismas. Y, aunque los intentos de la razón por darles sentido sean encomiables, y sus bellas creaciones religiosas, artísticas, filosóficas y científicas hagan digerible la existencia. No debería alardear de tener el mundo en sus manos, ni nosotros aplaudir sus bravuconadas porque sabe muy bien que existimos por azar, y que, a pesar de proclamarse fiscalizadora general de cuanto hay fuera y dentro de la bóveda celeste, que lo abarca todo, que lo puede todo, y que sabe y conoce todo, el universo sigue y seguirá su curso después que hayamos muertos. Y nadie recordará que una vez existieron unos seres, en un minúsculo planeta, que creían ser el centro, aunque no supieran de qué y de dónde.

    Y no critico su orgullo, sino su necedad y simpleza, porque una cosa es disfrazarse de rey, y otra creer que lo somos, aunque su determinación y osadía sea digna de encomio. Que las teorías sobre el universo, la realidad, la sociedad y el bien supremo se contradicen, lo llama libertad y sigue especulando. Que sus fantasías son tan sutiles que no encuentra asideros, lo llama filosofía y sigue reflexionando. Que se eleva a tanta altura que no puede alcanzarlos lo llama fe, religión, incluso azar o fortuna. Que logra cuantificarlo lo llama ciencia y sigue inventando. Si algún día observáramos desde lo más alto del universo el rincón desde el que nos proclamamos amo y señor del cosmos, quizá seríamos menos soberbios. Y no critico su atrevimiento, porque si el león utiliza las garras, el elefante la fuerza y la agilidad los monos, ¿por qué no podemos utilizar la imaginación y la fantasía, eximios dones de los dioses, que ellos mismos otorgan y que nadie puede elegir a voluntad?

    Y no me refiero a Homero, aunque cite sus versos, sino al paisaje, a la charca, a la sabana, al baobab donde oculta sus presas, o sea el dolor, la muerte y el sufrimiento. Pero si no podemos cambiar el entorno, ¿a qué deus ex machina acudiremos? Al único que está a nuestro alcance: nuestros pensamientos. Reflexiona, medita, habla de la muerte, piensa en ella, porque tengo la impresión -comenta Cicerón- de que quienes meditan con anticipación, se hallan casi en la misma situación que, aquellos, a quienes el paso del tiempo les cura. En otras palabras, habitúate, y confía lo demás: que sea breve, indolora y oportuna, a la suerte. 

     Aún así, replica Séneca: Que la muerte en sí misma contiene algo terrible nadie lo duda porque, de lo contrario, no tendríamos que adiestrarnos para este trance. Cierto, aunque de los cinco motivos que apunta, tres: El amor a uno mismo, el deseo innato de perdurar y conservarse, la aversión al aniquilamiento parecen argumentos sólidos, incluso objetivos, si fuera posible desprendernos de nosotros mismos; el horror a lo desconocido y aprensión natural a la oscuridad no tanto, aunque hable en tercera persona, porque ¡hasta los sabios tienen problemas con la gramática! Sorprende, sin embargo, que critique su ideología porque los adeptos, como los amantes, no suelen percibir los defectos del amado. “¿Es que no sigo a mis predecesores? Lo hago pero me permito modificar y abandonar alguna doctrina: no soy esclavo suyo le doy mi asentimiento. ¡Ojalá la libertad estuviera por encima de dogmas y escuelas! Porque encontrar a un individuo que piense por sí mismo es sumamente placentero.

    Cicerón, sin embargo, que alardea de no estar vinculado a una escuela determinada, niega tajantemente que morir antes de tiempo sea una desgracia. Tengo la seguridad -dice poniéndose a sí mismo como ejemplo- de que, si me hubiera muerto antes, la muerte me habría arrancado de males, no de bienes. Muy emotivo, pero poco convincente. Pues, a pesar de las consolaciones y el paraíso, el denostado verso de Mecenas sigue tan fresco y pujante como hace veinte siglos: Todo está bien mientras siga con vida”, aunque Séneca lo califique de blando y afeminado. Cuenta Diógenes que cuando Antístenes se iniciaba en los misterios órficos, al decir el sacerdote que los iniciados en tales ritos participaban de muchas venturas en el Hades, replicó: ¿Por qué entonces no te mueres?”. Muy convencido no debía estar nuestro senador si, privado de los consuelos de la familia y de los honores del foro, no siguió tan sabio consejo.

     Pero, “¿cómo suprimiremos los prejuicios de toda la humanidad de los que está imbuida desde la infancia?”, pregunta impotente. ¿Suprimir? ¿Para qué? ¿Acaso no serían sustituidos por otros? Además si el consenso de todos los hombres convierte las creencias en ley, el miedo a la muerte no será un prejuicio, sino una ley de la naturaleza. Veo con indiferencia la muerte cuando la veo de manera universal y como fin de la vida. En bloque, la saboreo; al por menor, me amedranta confiesa Montaigne. Pues yo ni la saboreo ni la veo con indiferencia sino como final para todos, remedio para muchos, deseo para unos cuantos

       Cuídate