Carta Romana XXII

     Cree Montaigne, como el Eclesiastés, que el conocimiento humano es vanidad. El dogmático quizá, porque sustituir a Dios por la Verdad es tan estéril como la ignorancia; el útil no, porque ser consciente de nuestras limitaciones implica inteligencia, y la inteligencia, libertad, imaginación, duda e incertidumbre. Quizá sea el conocimiento lo que más distancie a griegos de cristianos porque existiendo un ser superior -lo llamen Dios, Revolución y Patria- la vida humana carece de importancia. Pero deambulando solos, sin saber por qué ni hacia donde, los logros del espíritu irradian majestuosos y divinos.

    Buena costumbre era la de Protágoras, que hacía al hombres medida de todas las cosas cuando ni siquiera conoce la suya, comenta con ironía el escéptico Montaigne. Quizá confundiera utilidad con certeza, o no era tan griego como suponíamos, porque hasta Platón, a pesar de sorprenderle que Protágoras, al principio de su libro sobre la Verdad, no dijera que la medida de todas las cosas es el cerdo, reconoce su valía: Nosotros lo admirábamos, como a un dios, por su sabiduría. ¿Hubiese dicho lo mismo siendo cristiano? Claro que, en boca de Sócrates, suena a ironía, en la suya, probablemente, a envidia, celos y desprecio. ¿O creías que en la cuna de la libertad no había ignorantes, fanáticos e intolerantes?

    Lamenta Plutarco, en su libro Sobre la imposibilidad de vivir placenteramente según Epicuro, haber expuesto los argumentos en términos muy suaves y sin la franqueza requerida en comparación con las injurias vertidas por Epicuro, y sus partidarios, sobre Aristóteles, Sócrates, Protágoras, Tofrastro, Heráclides, Hiparquía y, en fin, sobre todo personaje ilustre. Sorprendente sería que, siendo tan dulce y apacible, como asegura Montaigne, le cubriera de insultos e improperios, porque las críticas de los que disienten forman parte de nuestras raíces, las injurias, los ultrajes, las palabras ásperas, los litigios y las disputas obstinadas del carácter, pues poseyendo la Verdad, ¿para qué va a escuchar la opinión de los otros?

    Veamos qué dice su admirado Sexto. Unos han pretendido haber hallado la Verdad, otros han declarado que no es posible alcanzarla, otros la buscan aún, y otros, como yo, se contentan con la opinión, sea fecunda o estéril porque, como reconoce nuestro admirado Aristóteles, lo que es propio a cada uno por naturaleza es lo mejor y más agradable para cada uno. Aunque, para no provocar la envidia de dioses y hombres, atribuya su manera de ser a la especie: Lo que le es propio al hombre es la vida de la inteligencia, ya que ésta constituye esencialmente al hombre.  Yo diría que, para la mayoría, es comer, beber y reproducirse; la inteligencia sólo para algunos, porque fragmentar la realidad, condensándola en un espacio reducido como los oasis y las constelaciones, no está al alcance de todos; la capacidad crítica de pocos, porque abarcar todas las perspectivas posibles como el inmenso desierto y la profunda noche, sólo está al alcance de espíritus libres, ¿o crees que tener fe, comprender y pensar significan lo mismo? Y, consciente de que la inteligencia iguala a Dios y a los hombres, concluye: Si la mente es divina respecto al hombre, también la vida según ella es divina respecto de la vida humana. ¿Hubiese afirmado lo mismo siendo cristiano?

    No, aunque de haber leído la Biblia se hubiese escandalizado tanto como Juliano: Que Dios negase el discernimiento de lo bueno y lo malo a los hombres creados por él, ¿no es excesivamente absurdo?”. Tan absurdo como desear que hubiésemos nacido con un poder, como lo es el de la visión, para juzgar rectamente y elegir el bien verdadero, porque Aristóteles sabe muy bien, que, si poseyéramos tal sentido, la felicidad cubriría mares, continentes y océanos, y ni él hubiese aconsejado a su hijo Nicómaco ni Epicuro a su discípulo Meneceo. Los deseos son tan fantasiosos como los mitos.

     Y, lo más importante, negó al hombre el gusto de la inteligencia, por encima de la cual no hay nada más honroso en el hombre. ¿Acaso miente? Los mitos entrañan tanta sabiduría como la religión, el arte, la filosofía y la ciencia. Si no hubiese proyectado sus prejuicios y convicciones sabría que Dios castigó a Adán, no a sus  descendientes. ¿O crees que, si pusiéramos en una balanza, a los nacidos antes y después de Cristo, el gusto por la inteligencia estaría más extendida entre griegos que entre cristianos? El ansia de saber, la incultura, la belleza, el exterminio, la libertad, la fe ciega, la razón, el dogmatismo, y demás vicios y virtudes no son exclusivos de una religión, una raza y una época porque, aunque las circunstancias cambien y las raíces culturales sean distintas, los seres humanos han sido, son y serán siempre los mismos.

    Dice Cicerón que hemos nacido para dos cosas: comprender y obrar cual un dios mortal, y que Epicuroha reducido este animal divino a una lenta y perezosa bestia doméstica nacida para el pasto y para el placer de la procreación; Séneca que, gracias a la razón, aventaja a los animales y sigue de cerca a los dioses”, ¡cómo si el cinocéfalo tuviera conciencia no creería lo mismo y la jerarquía de los seres existiera fuera de nuestra cabeza! Quizá no nos baste con ser hijos de Dios y haberlo creado, sino que necesitemos también elevarnos al cielo. Pero entronizar a Dios, al Hombre y a la Verdad, ¿no es lo mismo?

     Seamos serios. Si sólo existe Natura, y todo procede de ella, podemos pensar que la materia surgió de la nada, el orden del caos, que hay seres vivos e inertes, y dentro de los vivos, animales y plantas, incluso ignorar los matices entre ambos extremos porque somos creadores de palabras, no de cosas. Pero no afirmar que lo mismo es pensar y ser como si el pensamiento fuera el todo, y no la parte, y que el orden y la conexión de las ideas son el mismo que el orden y conexión de las cosas como si el pensamiento y la realidad coincidieran por esencia, y no por azar.

    Conviene, sin embargo, no confundir la humildad con el orgullo, ni la vanidad con la utilidad. Sustituir el cuerpo por el alma, la libertad por la ideología, la persona por la clase social, o pensar que todas las cosas nacen de una y se disuelven en la misma es útil, porque lo simple casi siempre lo es, y, cuanto más sencillas son las teorías, más manejables son. Pero llamarla Verdad, o proclamar descubiertas las leyes que rigen la fortuna y el azar es humo, aire, nada. No es el saber, pues sería necio no utilizar la inteligencia para hacer la vida más agradable, sino el deseo de trascender lo que convierte el conocimiento en vanidad.

      Cuídate