Primera Tusculana: Sobre la muerte

     Conversa Cicerón en las Tusculanas sobre la muerte, el dolor, la aflicción, las pasiones y la virtud, también yo en estas cartas, pero, en mi casa del Puerto no en su villa de Túsculo, conmigo mismo no con unos amigos, en julio del dos mil trece no el cuarenta y cinco antes de Cristo. “Nuestro razonamiento nos llevará a la conclusión de que la muerte no es un mal, o, mejor dicho, de que ella es un bien”. ¿Decepcionado? ¿Acaso creías que te libraría de la muerte? De nosotros dependen “nuestros juicios, opiniones, movimientos, deseos, inclinaciones y aversiones” -no “el cuerpo, los bienes materiales, la reputación, las dignidades y honores”- si lo olvidas, advierte Epicteto, “te sentirás turbado y acongojado a cada paso, y tu vida será una continua lamentación contra los hombres y dioses”, aunque, en mi opinión, dependen del modo de ser y las circunstancias. ¿O crees que Sócrates se hubiese mostrado menos comedido, si le hubiesen obligado a beber la cicuta a los veinticinco en lugar de a los setenta?

     “Consigue, si puedes, que piense que tampoco es una infelicidad tener que morir”. ¿Convencer? Si “el divino, sapientísimo, santísimo, el Homero de los filósofos”, como llama Panecio a Platón, no lo consiguió: “Mientras lo estoy leyendo, me siento convencido, pero cuando dejo el libro, y comienzo a reflexionar conmigo mismo sobre la inmortalidad del alma, toda mi convicción anterior desaparece”, dudo que pudiera Cicerón. No porque su oratoria sea menos brillante, o sus elucubraciones menos convincentes, sino porque la eficacia de los argumentos no depende de la habilidad, la inteligencia, las convicciones del pensador sino de la predisposición de la persona que lee o escucha. ¿O crees que “Platón, sin aducir ninguna prueba, le doblegaría con su sola autoridad” si no estuviera predispuesto a ello?

     En mi opinión el colmo de la infelicidad es no existir después de haber existido”, para Sileno, sin embargo, “lo mejor para el ser humano es no haber nacido y, en segundo lugar, morir lo antes posible”, para mí, ¿qué hacer mientras esperamos? Porque la muerte es un hecho, y los hechos no se cuestionan, se aguardan. Podría lamentarme, increpar, quejarme, pero, gracias a mi manera de ser y a la filosofía, no necesito sentidos, trascendencias ni finalidades. “¿Qué alegría puede existir en nuestra vida si, día y noche, tenemos en nuestro pensamiento que, de un momento u otro, debemos morir?”. Mientras se lo pregunte ninguna, si se ocupara sólo de lo que está en su mano: del presente no del futuro, viviendo no según la opinión de los demás sino siendo él mismo, y cada día, como si fuera el último, mucha. Pero, como no hay verso de Homero, versículo de la Biblia, Sura del Corán, afirmación del Capital y de mis cartas, que no puedan interpretarse a gusto de cada uno, recuerda que hablo de mí, de mis gustos no de los suyos. Y, aunque pensara en el vino, la comida y el sexo, de nada le serviría, porque son tantas las diferencias, los matices entre unas personas y otras, que es inevitable que cada uno busque por si mismo. Y si, a pesar de meditar sobre la muerte, aceptar con serenidad las vicisitudes de la vida, prevenir todos los males posibles, interiorizar que vivimos por azar, le entristece abandonar la vida, que “tenga la impresión de haber vivido bastante, por no decir demasiado”.

     Advierte, sin embargo, que “no va a decir palabras seguras e inalterables, como si fuera Apolo Pítico (las certezas las expondrá quienes dicen que ellas se pueden percibir y se proclaman sabios)” sino “conjeturas probables”, yo todas las opciones posibles: ciertas, probables, insólitas incluso las desconocidas. ¿Para qué? Para gozar de la imaginación y la esperanza de los que creen que el alma es divina e inmortal, de la utilidad de los que piensan que el cuerpo es la única realidad, de los consejos de los que han vivido antes, y de las conjeturas que surgirán. Porque ningún argumento, por muy científico y definitivo que parezca, aclarará nuestras dudas e incertidumbres, ni superará la belleza del Juicio Universal de Giotto, la Adoración del Cordero Místico de Van Eyck, el Juicio final de Miguel Ángel y la Nekya de Virgilio y Homero.

     Así que empieza por donde te plazca porque sea por el cuerpo, por el alma o por el más allá, siempre volveremos al mismo punto: a nosotros mismos. Y si piensas que lo inevitable -el dolor, la decrepitud y la muerte- estimula menos la imaginación que la eternidad, la inmortalidad y el origen divino del alma, te equivocas. “Es cierto que la divinidad, que tiene el dominio sobre nosotros, nos prohíbe alejarnos de esta vida sin que ella lo ordene, pero, cuando la misma divinidad nos proporcione una razón justa, no te quepa la menor duda que el sabio abandonará estas tinieblas para llegar a aquella luz”. En otras palabras:“¿Te agrada? Sigue viviendo ¿No te agrada? Regresa a tu lugar de origen”. ¿A dónde? “Será, después de mí, lo que antes de mi existencia” o sea la nada.

     Aunque así fuera, ¿qué hay de agradable y glorioso en una conclusión de esta naturaleza? No veo razón alguna para negar validez al parecer de Pitágoras y Platón”, ni yo. “Si es posible liberarnos del temor de la muerte” sin tratar de la inmortalidad del alma, hazlo, pero, si es imposible, “muéstrame que las almas sobreviven después de la muerte”. ¿Por qué no iba a poder? Exista o no el alma, perezca o no con el cuerpo, inevitablemente moriremos porque morir, envejecer, enfermar, sufrir, “esos infortunios naturales”, como los llama Séneca, forman parte de la vida. “Morimos no por estar enfermos sino por estar vivos”. Y aunque, sub especie aeternitatis, la vida sea un instante entre dos nadas, y la conciencia una mutación, una anomalía en un universo gélido e inconsciente, vivir es agradable, morir, un trago amargo, aunque en nuestras manos está endulzarlo, disfrazarlo, enmascararlo. ¿Cómo? Interiorizando que moriremos sin dolor, de repente y cuando nuestras facultades no respondan, aunque, si de mi dependiera, sería un día de temporal oyendo plácidamente la allemande de la segunda partita para violín de J.S. Bach interpretada por Jaap Schröder.

     Entonces, ¿por qué ese rodeo? ¿Por qué no se centra en el tema propuesto? Porque, a mentes tan bulliciosas e inquietas como la suya, las explicaciones sencillas no le satisfacen. Afirma orgulloso que, en su época, gracias al progreso científico, ni las viejas creían que los muertos pudieran suplicar como Elpenor: “Quémame con todas mis armas y eleva mi túmulo en la orilla del mar espumoso, tumba de un hombre desdichado, para noticias de los venideros”, ni preocuparse como Anticlea al reconocer a Odiseo en el Hades: “Hijo mío, ¿cómo viniste a esta neblina tenebrosa, estando vivo? Arduo es para los vivientes contemplarla porque hay en el camino grandes ríos y terribles corrientes”. Obviando que, gracias a Homero y Hesíodo, podían imaginar el aspecto y el lugar donde vivían. Pero, al racionalizar el más allá, ni las mentes más calenturientas podían imaginar “el alma separada del cuerpo”. “¡Cómo si comprendieran -exclama con sorna- cual es su naturaleza, su forma, dimensión y su emplazamiento dentro del cuerpo!”. Entonces, ¿por qué no corta el nudo gordiano negando su existencia? Por sus convicciones. Si creyera que son simulacros tendría que admitir que hablan -“hecho imposible sin lengua y paladar”- y si afirmara, como Dicearco, que “no existe otra realidad que no sea el cuerpo, que es uno y simple”, aceptar conclusiones que a la razón, o sea a su manera de ser, le parecen sin sentido y absurdas, como  “que la fuerza extraordinaria de la memoria se ha originado de la tierra, bajo este cielo nuestro nebuloso y caliginoso” y que “la vida del hombre se sustenta en el mismo principio natural que hace que subsistan las vides y los árboles”.

     Quizá, quitándole la máscara a las cosas, accediendo al inconsciente y desenmascarando el lenguaje, averiguaríamos por qué necesita creer que el alma es inmortal. “Si fuera necesario podría hablar de la variedad, de la grandeza de los espectáculos que el alma tendrá ante su presencia en las regiones celestes”. Si fuera necesario….¡No hay como el sustantivo, la conjunción y el verbo adecuados para ocultar nuestras intenciones! Y, aunque lo consiguiera, bastaría con escuchar la voz de la naturaleza para saber que no fue para liberar a la humanidad del temor a la muerte,  sino el ansia de gloria lo que le impulsó a escribir “esas declamaciones seniles”. Por muy profundas que sean las convicciones, y elevados los ideales, no hay profundidad ni elevación capaces de ocultar el fondo animal que los sustenta: fuerza, codicia, ambición, poder, jerarquía, o sea el control y dominio de la manada.

     Pero su elocuencia era alabada -con “un vasto incendio que se propaga, adueñándose y devorándolo todos” la compara Longino. Lo sé, ¿acaso crees que soy insensible a la belleza? Sus descripciones, sin embargo, no son tan bellas y seductoras como el mito de la caverna, el símil del carro alado y la cabalgata de dioses y almas por los confines del cosmos. Platón es una espina clavada en su lengua, y en la de muchos, juzga tú mismo: “Si el alma permanece incorrupta y semejante a sí misma, es necesario que se ponga en movimiento con una fuerza tal que penetre y atraviese este cielo nuestro, en el que se acumulan las nubes, las lluvias y los vientos….cuando alcanza una de ligereza y calor semejante a los suyos, no se mueve en ninguna dirección….y cuando penetra en un elemento semejante al suyo….se alimentará y sustentará con los mismos alimentos con los que se alimentan y sustentan los astros”. Demasiado fría, ¿no te pareces? Escucha ahora a Platón: “Hermoso rincón, con este plátano tan frondoso y elevado….Bajo el plátano mana también una fuente deliciosa, de fresquísima agua, como me lo están atestiguando los pies….Sabe a verano, además, este sonoro coro de cigarras”.

     ¡No me extraña que la afilada lengua de Timón lo llamara “hacedor de milagros” porque más que el Hades parece el Elíseo! ¿El Hades? ¿Crees que, después de expulsar a Homero y Hesíodo de su República, iba a escribir una nekya? Es el Iliso, a las afueras de Atenas. “Vayamos mojándonos los pies por las orillas del Iliso, cosa nada desagradable en esta época del año y a esta hora” propone Sócrates. Observa con que maestría remonta el vuelo desde sus refrescantes orillas hasta el borde del Cosmos: “Recorren el cielo, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas y gobierna todo el Cosmos. Pero la que ha perdido su alas va a la deriva….Zeus, el poderoso señor de los cielos, conduciendo su alado carro marcha en cabeza….le sigue un tropel de dioses y démones”. “Estoy maravillado” confiesa Fedro, y yo, si no fuera por las celestiales visiones de Giotto, Fra Angelico, Van Eyck y el Greco, y las terrenales y jugosas del Bosco y Miguel Ángel.

     Con la inmortalidad sucede como con la filiación divina: que nos gusta ser más de lo que somos. Y no me refiero al aspecto físico, todos reconocemos con facilidad la mayor fortaleza y belleza del prójimo, pero no que sea más inteligente y juicioso. Quizá esa autosuficiencia, esa absoluta confianza en nuestras capacidades intelectuales explique por qué siendo “nuestros políticos, excepto unos pocos, personas incultas” los aplaudimos y apoyamos con nuestros votos. “Vienen sin la menor preparación a dedicarse a la política” se queja Alcibiades como si no supiera, por Bias, Pitágoras y Sócrates, que “la mayoría de los hombres son fanfarrones y perversos”. Pero dejemos la parte imaginativa y centrémonos en la práctica: el dolor, la eutanasia y el suicidio. Del dolor hablaremos mañana, después de oír la segunda tusculana, del suicidio y la eutanasia ahora, si, como afirman griegos y romanos, la vida es una cuestión pública, pero la muerte privada.

     Hay que aguardar, dicen, el final que la naturaleza determinó. Quien así habla no se da cuenta que bloquea el camino hacia la libertad”, replica Séneca; Cicerón que depende de la intensidad del dolor; Marco Aurelio de las facultades mentales, yo que “si no se me permite vivir sino respirar, saltaré fuera de un edificio descompuesto y ruinoso”. “En resumen -concluye Montaigne- el dolor o el temor de una muerte peor me parecen las justificaciones principales del suicidio”. O sea de la voluntad de cada uno, porque ni todos tememos las mismas cosas, ni el umbral del dolor es el mismo para todos. ¿O crees que si me ataran al potro reiría a carcajadas, como pretende Epicuro, o rogaría, como los mártires, que me tostaran por el otro lado? “Preguntaron a César cuál era la muerte más dulce, respondió: La menos esperada y breve”,  también a Plinio le parecía “una muerte breve la soberana dicha de la vida humana”. Séneca, sin embargo, creía que la mejor era la más agradable; a mí la menos dolorosa porque soy más sensible a los dolores corporales que a los del alma.

     Y para que veas que, también en la ciencia, la imaginación tiene la última palabra, haremos como los físicos jonios para explicar el cosmos -si es cierto que Tales se inspiró en Homero, Anaxímenes en una olla puesta al fuego y Anaximandro en las gaviotas que planeaban sobre Mileto. Y, ¿qué mejor analogía que el sueño? “Hermano de la Muerte” la llama Homero (“Desde el Atos descendió Hera sobre el fluctuoso ponto y llegó a Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí coincidió con el Sueño, hermano de la Muerte” cuenta la Ilíada);  “Hijos de la oscura Noche”, Hesíodo (“la Noche parió a Tánatos, también a Hipnos y a la tribu de los Sueños” afirma en la Teogonía); yo, hijos de la conciencia y el tiempo, aunque en el sueño la pérdida sea breve, y en la muerte para siempre. “¿Cuáles son las palabras que le hace pronunciar Platón delante de los jueces cuando ya había sido condenado a muerte?”. “Necesariamente sólo caben dos opciones: o bien el que está muerto no es nada ni tiene sensación de nada, o bien, la muerte es un cambio de morada”. ¡Medicinales palabras si bastara la razón para comprender por qué morimos!

    Para que no pienses que he olvidado algo, he aquí el epílogo”. Defiende Cicerón la superioridad de la cultura romana en cuestiones prácticas como la construcción de acueductos, cloacas, puentes y carreteras, y la supremacía de la griega en matemática, música, filosofía, arte y literatura: “Nosotros que hemos recibido la cultura de Grecia, leemos y aprendemos de memoria estos pasajes desde niños y consideramos una instrucción y enseñanza semejantes propia de hombres libres”; yo la superioridad y supremacía de Grecia y Roma en la defensa de la libertad, de la autonomía, de la capacidad crítica, de la coexistencia de la fe y la razón, y la diversidad de escuelas. ¿Consejos? De Cicerón, aunque lo tomase Eurípides, y éste de Anaxágoras: “No consideremos males nada que haya sido establecido por la naturaleza”; de Marco Aurelio, aunque lo tomase de Zenón, y éste de Diógenes: “Es propio de un hombre dotado de razón comportarse ante la muerte no con hostilidad, ni con vehemencia, ni con orgullo, sino aguárdala como una más de las actividades naturales”; y de Séneca, aunque lo tomase de Epicuro, y éste de Demócrito: “Para no temer a la muerte, piensa siempre en ella”. Si siguieras el hilo de esos consejos llegarías hasta nuestros ancestros, ¿o es que los hombres y mujeres de antaño no enfermaban, envejecían y morían?

     Cuídate

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