Cuarta Tusculana: Sobre las pasiones

     

     Dedica Cicerón su cuarta Tusculana a las pasiones, aunque más que curar la avaricia, el odio, la ira, los celos y demás perturbaciones, parece una apología del estoicismo. “¿Qué decir de los peripatéticos que afirman que las perturbaciones que nosotros pensamos que deben ser extirpadas no sólo son naturales sino dadas por la naturaleza para nuestra utilidad?”. Útiles no lo sé, naturales sin duda, y, aunque no lo fueran, ¿por qué habría que extirparlas? Los sistemas cerrados, cuyas piezas encajan con milimétrica perfección, obnubilan a los seres humanos. ¡Tan poderoso es el resplandor de la razón! Dice Zenón que lo único bueno es la virtud y lo único malo el vicio, Marx que hay racionalizar la naturaleza. Mejor sería naturalizar la razón porque la equidad, al respetar las diferencias, es más justa, y moderar las pasiones en vez de eliminarlas, porque, sin flaquezas, no seríamos humanos sino monstruos. La perfección es un vicio de la razón no de la naturaleza.

      Es curioso, sin embargo, que declare que “no hay otra necesidad que la de indagar dónde se halla lo que parece más verosímil”. ¡Cómo si a lo verosímil no le sucediera como a la verdad, las convicciones y las creencias, que cada uno tiene las suyas! Él, por ejemplo, se inclina por Zenón, yo por Aristóteles. No porque dude que la salud, y las enfermedades del alma dependan de la razón, y niegue que “en las pasiones haya excesos, defectos y término medio”, sino porque ha excluido a todos los que separan el bien de la moralidad. “No se tomará en consideración ninguna teoría filosófica en la que tenga parte el placer o la carencia de dolor, o de la que sea excluida la moralidad.”. Aunque, impresionado por el éxito del epicureísmo, confiesa: “La multitud se volvió enfervorizada hacia su doctrina”, idéntico entusiasmo produciría el marxismo veinte siglos después. No hay palabras que exciten  más los impulsos primarios de la naturaleza humana que “placer” y “comunismo de bienes”, ni que repugnen tanto como “explotación” y “dolor”.

     Veamos si los asertos estoicos son tan verosímiles como asevera: “Un alma libre de pasiones hace a los hombres completa y absolutamente felices, mientras que si está agitada y alejada de los principios inmutables y seguro de la razón, no sólo pierde su equilibrio, sino también su salud”. ¿Libre de pasiones? ¿Habla de sí mismo o de los demás? Porque es ley de la naturaleza humana tomar nuestra manera de ser como referencia. O quizá confunda la razón con sus convicciones, creencias y costumbres, si es que hay algo “inmutable y seguro”. “La virtud es suficiente para la felicidad”. No dudo que lo sea, al menos para él, aunque yo la prefiero acompañada de salud, familia, riquezas y demás bienes. Sería conveniente, sin embargo, que escuelas, partidos y confesiones “confirmaran con sus actos sus doctrinas, por singulares y difíciles que sean”, y no justificaran sus conductas afirmando, como Séneca, que no habla de “qué modo vive sino de qué modo habría que vivir”. No sé si es ley de la naturaleza humana, pero la experiencia enseña que cuanto más racionales son las teorías, más se alejan de lo observado, o sea que la hipocresía -tener el corazón de izquierda y el bolsillo de derecha, o estoico y epicúreo (los nombres dependen de la época, las conductas de la naturaleza)- es directamente proporcional a los fines e ideales: cuanto más elevados, mayor es la hipocresía. La esquizofrenia social es inherente a la naturaleza humana.

     ¿Los peripatéticos? “Que las pasiones no deben extirparse por completo y que, en casi todos los ámbitos, lo mejor es el término medio”.  Pero “quien pone límite a los vicios, asume parte de ellos. Si los asumimos es porque nos conocemos, y, si nos conocemos, podemos controlarnos; incluso extirpar nuestras pasiones, si es cierto que Sócrates, siendo por naturaleza, “estúpido, pesado y mujeriego”, domeñó con la razón sus vicios. También podríamos dominarlos con los sentimientos, la voluntad o cualquier otra peculiaridad prevalente como la empatía, la sinceridad y la libertad, si nuestra razón no fuera tan poderosa como la suya; incluso careciendo de vicios, como confiesa Montaigne en uno de sus ensayos: “Hago por naturaleza lo que los estoicos por virtud”. No sé si es la magia del lenguaje, prejuicios ideológicos o problemas con la terminología, pero “despreciar las vicisitudes humanas, desdeñar la muerte y pensar que los dolores y fatigas son soportables”, ¿no es lo que Cicerón llama virtud? ¿y Aristóteles término medio?

     “Sospecho que la investigación no versa tanto sobre el sabio como sobre ti mismo”. Fundada sospecha, porque universalizar nuestras opiniones es el imperativo categórico de todos los saberes. ¿O crees que Aristóteles, al afirmar que la felicidad consiste en la “actividad contemplativa”, no pensaba en sí mismo? ¿O Cicerón, al proclamar que el bien supremo es la virtud, no observaba al público de reojo? El método es sencillo: sustituimos los pronombres personales por artículos, y conjugamos los verbos en tercera persona. Una vez colocados los fundamentos, la razón extrae las conclusiones empezando por el final, para que las piezas encajen perfectamente. ¡No me extraña que estoicos y marxistas alardeen de que su verdad es tan redonda como la de Parménides!

      Concluye Cicerón que “para las enfermedades del alma hay un solo remedio”. Yo creo que hay tantos como maneras de ser, o sea como individuos. Pues -aunque pensemos que es natural estar tristes y afligidos, cuando alguien enferma o muere; y él, por el contrario, afirme “que depende de la opinión y la voluntad, y que se las acepta por el mero hecho de que parece que es justo hacerlo así”-, no creo que sea la costumbre ni la filosofía, sino la predisposición con la que nacemos, la que inclina la balanza hacia un lado u otro. Cicerón, por ejemplo, opina que “toda perturbación del alma se puede eliminar indicando que no es un bien lo que origina el deseo, ni un mal lo que origina el miedo o la aflicción” , yo, como Eurípides, que:

     “No hay palabra tan terrible de decir,
ni sufrimiento, ni desgracia impuesta por la divinidad,
cuyo peso la naturaleza humana no fuera capaz de soportar

     Aunque, si “hay tantos grados de espíritu, y tan innumerables como luminarias en el cielo”, a unos les parecerá ligero, y a otros insoportable o pesado de llevar.“La variedadinsiste Montaigne- es la forma más seguida por la naturaleza; la diversidad, la cualidad más universal de todas”. O sea que la naturaleza no es un todo homogéneo sino un sinfín de formas, combinaciones y matices.

     Cuídate

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