Carta sobre Ifigenia

 

      “Envidio a cualquier hombre que recorra hasta el fin una vida sin peligros, desconocido y sin fama”, confiesa Agamenón, o Eurípides, ¡quién sabe! También Epicuro alaba la vida retirada: “Pasa desapercibo mientras vivas” aconseja a sus discípulos, y yo en una de mis cartas: “La felicidad es inversamente proporcional al número de personas con las que tratemos y directamente proporcional a la distancia que mantengamos. Por tanto, cuanto más nos alejemos y, con menos personas hablemos, más felices seremos”. Es decir que mi felicidad, porque hablo de mí, de mi felicidad, no de la felicidad del ser humano, es directamente proporcional al silencio y la soledad. Porque ¿cómo voy a saber qué hace feliz a los demás si cada uno es feliz de distinta manera?

     Pero, “¿qué necesidad había de decir eso?, pregunta Plutarco. Yo por mi manera de ser, la duda y la libertad forman parte de mi carácter, sin libertad mi alma es estéril como las playas de arena blanca que bordean la bahía; Epicuro y él por dogmatismo, ¿por qué si no?, sólo un dogmático confundiría su manera de ser con la naturaleza humana. El argumento es sencillo: si A entonces B. Si Epicuro es feliz “liberándose de las ocupaciones cotidianos y de los asuntos políticos”, entonces liberándose de las ocupaciones cotidianos y de los asuntos políticos serán felices los demás. Si Plutarco es feliz “dándose a conocer, entonces dándose a conocer serán felices los demás. Si Jesús es feliz anunciando el Reino de los Cielos, entonces aguardando el Reino de los Cielos serán felices los demás. Si Marx es feliz vaticinando científicamente el advenimiento del comunismo, entonces aguardando el paraíso comunista serán felices los demás. ¡Cómo si no supiéramos por experiencia que “lo mejor y los más agradable para cada uno es lo que está de acuerdo con su manera de ser”!, para Sócrates, por ejemplo, tener amigos, para Demócrito “pensar nuevos pensamientos para el día” y, para mí, rumiar mis cartas paseando por la orilla de la playa.

     Pero si la manera de ser es única, no hay dos individuos iguales, ¿por qué imitamos, veneramos y santificamos la manera de ser de iluminados, santos y sabios? ¿Y por qué, si adolecemos de los mismos vicios y virtudes, juzgamos a los educadores de la humanidad por lo que dicen y no por lo que hacen? Me pregunto cómo sería el mundo si pesaran más los hechos que las palabras, o si percibiéramos las palabras y los hechos simultáneamente, como el cielo y la Tierra, en La muerte del conde de Orgaz y en la Transfiguración de Cristo.

     ¡Pues imaginémoslo! Veamos: si, privados del oído y la lengua, juzgáramos por la vista, o si oyéramos y viéramos, al mismo tiempo, conductas y palabras, la mentira, la maledicencia y la hipocresía desaparecerían, pues sabríamos, sin esperar el dictamen del tiempo, si las palabras se corresponden con los hechos. Y, entonces, no haría falta duplicar la realidad: cieloinfierno, mundo sensiblemundo inteligible, mundo realmundo fingido, alienaciónrealización, capitalismocomunismo. Pues, según los cálculos de Sócrates, la fuerza de atracción de tal conocimiento sería tan poderosa que el bien y la justicia se impondrían sobre la injusticia y los vicios.

     Pero sabiendo, por Rafael y el Greco, que la distancia que separa lo percibido: el cuerpo, la oscuridad y el caos que envuelven a los apóstoles, de lo imaginado: el alma, la luz y la armonía que acogen a Jesucristo, es insalvable, y, por experiencia, que la bondad y la maldad no depende de la educación, del modo de producción y del sexo sino del carácter, y el carácter es tan inmutable como el núcleo de la Tierra y la trayectoria de los astros, juzguemos por las palabras o por los hechos, percibamos las palabras y los hechos sucesiva o simultáneamente, el mundo será siempre exactamente el mismo: la misma crueldad, la misma ambición y la misma codicia. Porque juzgamos por la manera de ser, y la manera de ser no depende de lo sentidos sino de la naturaleza y del momento.

     ¿Cómo hubiese reaccionado Eurípides? No lo sé, quizá mostrando la realidad sin mentiras ni engaños como predica el maestro del eterno retorno:

     “¡Yo os exhorto a que permanezcáis fieles al sentido de la tierra y nunca prestéis fe a quienes os hablen de esperanzas ultraterrenas!”,

o sustituyendo la realidad percibida:

     “¿Dónde tendrá algún poder la imagen del Pudor o de la virtud cuando la impiedad ejerce el dominio, la virtud está desdeñada y rezagada entre los hombres y la ilegalidad oprime a las leyes?”,

por la realidad imaginada:

     “¡Ilumíname Sabiduría, haz brotar, divina diosa, en el corazón de los hombres ese mundo fraternal y virtuoso que ocultas en tu seno! ¡El amor, sí el amor venciendo al odio! ¡La fraternidad, sí la fraternidad entrelazando las corazones de todas las razas y pueblos! ¡Oh! Justicia, divina hija de Zeus, salvadora de la especie humana y tú, Venus, generadora de todas las cosas, haz que el amor y la paz broten en el negro corazón de los hombres.

O alabando ambas realidades: en la estrofa, la realidad tal como la percibimos, “sin excluir lo problemático y extraños de la existencia” como quiere Nietzsche y, en la antistrofa, la realidad imaginada por la fe y la razón como especulan Platón, Marx y Jesucristo.

     Es imposible saberlo pues, siendo su manera de ser distinta de la mía, ignoro si se oculta tras el coro, en uno de los personajes o en todos. Además si las perspectivas dependen de la manera de ser, y según el coro, o Eurípides ¡quién sabe!, “los espíritus y caracteres son distintos y diversos”, todas las convicciones y creencias coexistirán al mismo tiempo, por tanto las mismas “esperanzas ultraterrenas” tendrán ateos, paganos y cristianos. ¿O crees que la actitud mental de Píndaro es distinta de la actitud mental de Marx y Jesucristo? ¿O que el esquema mental que subyace a las Olímpicas es distinto de la mentalidad que sustenta los Evangelios y el Manifiesto Comunista? Por muy seductoras y científicas que suenen las palabras, tan esperanzadoras y ultraterrenas son las islas de los Bienaventurados como el Reino de los Cielos, el paraíso en la Tierra como el paraíso en el Cielo. Al menos para mí, para ellos no sé porque, para saber que sentían y pensaban tendría que conocer la manera de ser que individualiza y “determina en última instancia” conductas y pensamientos. ¿O creías que las ideas eran productos de la conciencia, la clase social y el progreso?

     Pero si hubiese escrito yo la tragedia, habría mezclado en una sola realidad el caos, la muerte y el devenir del mundo percibido, con el orden, la armonía y la perfección del mundo imaginado, como el cielo y la Tierra en el Juicio Final de Miguel Ángel, las virtudes y los vicios en los Ensayos de Montaigne y los dioses y los hombres en la Iliada de Homero y en las tragedias de Eurípides. Porque la diversidad de opiniones, las multiplicidad de perspectivas y los claroscuros son para mí tan estimulantes como el atardecer, la bajamar y el aire de la bahía. Pregunta Nietzsche “cuanta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu”, el suyo no sé, el mío todas ¡o ninguna! porque si “cada uno de nosotros es la medida de todas las cosas”, nuestras fantasías e imaginaciones serán más o menos útiles, pero no verdaderas. Y, si lo fueran, tampoco importaría, porque pesan los hechos: la enfermedad, el dolor y la muerte, no las palabras: vida eterna, comunismo y superhombre.

     ¿Y de los grandes hombres? ¿Qué pensaríamos de Jesús, Marx y Nietzsche si, al mismo tiempo que predican, viéramos cómo se comportan dentro y fuera de casa? Porque es inherente a la naturaleza humana sentir compasión por el dolor y el sufrimiento de los seres humanos e indiferencia por el dolor y el sufrimiento de familiares y vecinos. Dicho filosóficamente: la solidaridad, o la concienciación si suena más científico, es directamente proporcional a conceptos, nombres y sustantivos, e inversamente proporcional a los seres de carne y hueso. Es decir, que cuanto más abstracto es el dolor, la injusticia y el sufrimiento más indignación y compasión sentimos, y cuanto más cercano es el dolor, la injusticia y el sufrimiento menos porque es ley de la naturaleza humana culpar a los demás de nuestros actos y decisiones……pero a la sociedad, ¡astuta manera de negar nuestras responsabilidades!, ¿o no es diluyéndose en la manada como las presas se libran de los depredadores? ¡Sustituir a los individuos por categorías económicas! ¡Ingeniosa ocurrencia! ¿no crees? Desde el descubrimiento del placer por Epicuro ninguna obra del espíritu había entusiasmando tanto a los seres humanos. ¡Y no me extraña! Librarse del sentimiento de culpa y pecado es lo más parecido al paraíso, ¡y sin esperar la llegada del comunismo y el reino de los cielos! ¿Yo? ¿qué opino yo? Como Montaigne que “el más sabio sólo es un hombre, y ¿hay algo más caduco, miserable y nulo que el hombres?”. No es culpa mía que Montaigne y yo pensemos lo mismo.

     ¿Y de los personajes de la tragedia? De Agamenón, por ejemplo, ¿qué pensaríamos? Por las palabras: “No es Menelao quien me tiene esclavizado, hija, sino la Hélade, a la que debo, tanto si quiero como si no quiero, sacrificarte”, que es un padre modélico y ciudadano intachable, por los hechos: “Vigila, Menelao, que Clitemnestra no se entere hasta que me haya apoderado y ofrecido a Hades a mi hija”, que es mentiroso, voluble y egoísta. ¿Del anciano? Que es bueno y compasivo tanto por las palabras: “No te engendró Atreo para que goces de todos los bienes, Agamenón. Has de alegrarte y sufrir, ya que has nacido mortal”, como por los hechos: “El padre que ha engendrado a tu hija quiere matarla con sus propias manos”. ¿De Ifigenia? Lo mismo, que es sensata y valiente por las palabras:“¡Madre, me adelanto a ti! ¡Quiero apretar mi pecho sobre el pecho de mi padre!”, y por los hechos: “Con mi muerte, mi fama por liberar a Grecia, será gloriosa”. De Clitemnestra, sin embargo, por las palabras pensaríamos que es fuerte y orgullosa: “Deberías haber dirigido a los argivos una justa proposición: ¿Queréis aqueos navegar al país de los frigios? ¡Echad a suerte quién debe sacrificar a su hijo! Porque eso sería equitativo”, pero por los hechos que es débil y rencorosa: “Si partes a la guerra dejándome en el hogar y regresas después de larga ausencia, ¿qué corazón piensas que guardaré cuando vea vacíos los lugares en los que mi hija se sentaba?”. O sea que la conducta no depende de la clase social, la edad y el sexo sino de la manera de ser de los personajes.

     Y los espectadores, ¿qué pensarían? Porque en el siglo V a. C sabían, como sabemos en el siglo XXI, que “no nacemos sólo para nosotros, una parte la debemos a la patria, otra a los padres y otra a los amigos”. Lo sé, y Epicuro también, aunque finja no saberlo: “Nunca he pretendido agradar a las masas, pues lo que a ellas les gusta yo no lo conozco, y lo que yo sé está muy lejos de su sensibilidad. ¿Y qué es lo que sabe “el arquitecto de la verdad” que los demás ignoran? Que “la salud del cuerpo y la serenidad del alma” son los ingredientes de la felicidad; “que algunas cosas suceden por necesidad, otras por azar y otras dependen de nosotros y de éstas somos los dueños”; que “el futuro es impredecible, pero aunque fuera predecible, no es nada para nosotros” y así hasta cuarenta máximas, si no he contado mal. “Oráculos de sabiduría”, los llama maliciosamente Cicerón.

     Entonces una de dos: o las ideas de la clase dominante no son las ideas dominantes, como proclama Marx, “si está en nuestro poder el hacer, también está el no hacer”, como arguye Aristóteles, y enseña la experiencia. Aunque, en el fondo, da lo mismo porque no juzgamos ideas sino hechos. Y es un hecho que, estemos o no determinados por la voluntad de Dios, la estructura económica y los instintos, somos los autores, por tanto, responsables de nuestros actos. Y, si no lo fuéramos, tampoco importaría porque, inocentes o no, todos sin excepción sufriremos las consecuencias. Y si crees que refugiándote en el desierto, en la montaña y en lo alto de una columna te librarías, te equivocas, podemos ignorar a los demás, pero no evitar el sufrimiento que provocan sus actos. A la verdad le suceda como a Dios y la Justicia que están en todos los sitios y en ninguna parte, o como ser de izquierdas y de derechas, que como no significan nada, cada uno elige el disfraz que más le gusta, porque lo que está en la mente es nada y la nada no existe y lo que no existe puede ser cualquier cosa. Dice Menelao, o Eurípides, ¡quién sabe!, que “la ambición es un vicio terrible”, Sócrates que “la calumnia y la envidia han condenado a muchos hombres buenos y los seguirá condenando”, yo añadiría la hipocresía si el tres, como fantaseo en la carta sobre Hipólito, es el arjé de todas las cosas.

     Pero, “¿qué necesidad había de escribirlo?” insiste Plutarco. Porque los creadores aman sus obras más que a sus hijos, ¿por qué sino? Dicho filosóficamente: “Porque si no me obliga una necesidad extrínseca y accidental, sino interna y necesaria, mi trabajo sería libre proyección exterior de mi vida, por tanto, disfrute de vida, no extrañación de vida como sucede con el trabajo alienado”. “Necesidad”, “extrañación”, “proyección”…..¡oscuras y bellas palabra!, aunque yo no haría recaer el peso de la alienación sobre los hombros de la propiedad privada, porque sabemos por experiencia que revolucionando el modo de producción la alienación no desaparece sino que aumenta. ¿O es que en Cuba, Rusia y Venezuela los hombres, las mujeres y los niños son moralmente mejores que en Estados Unidos, España e Inglaterra? La conciencia dependen de la manera de ser no de la ideología, la clase social y la estructura económica. ¿O es que feministas y comunistas son menos crueles, ambiciosos y codiciosos que nacionalistas y fascistas?

     Quizá no se trate de un problema económico sino de libertad porque ¿de qué sirve eliminar la propiedad privada si no podemos hacer lo que nos gusta? No sé si Marx era mejor que Lenin y Lenin mejor que Stalin, pero sí sé que prefiero vivir alienado a ser esclavo de la voluntad de un solo hombre, lo llamen “padre, maestro y camarada”. Además, no hay que haber leído el Fedro de Platón, para saber que las prédicas llegan a unos pocos, la escritura atraviesa el espacio y el tiempo. ¿O crees que Marx pensaba liberar a “la humanidad doliente” y a “la humanidad pensante” de sus cadenas con la voz y el gesto? Si Marx no hubiera escrito El Capital, y Platón los Diálogos, no sabríamos que se pasaba los días en las bibliotecas de Londres y Sócrates en los gimnasios de Atenas.

     “Y ¿qué necesidad había una vez escrito, darlo a la posteridad, si lo que quería era pasar inadvertido?”. Que a Eurípides le guste escribir, y a Epicuro predicar, no significa que ansíen la fama, coherencia y carácter no son sinónimos, que destaque una cualidad u otra depende de la manera de ser y del momento, tampoco ser y parecer, se puede ser tímido y no parecerlo, aunque no siempre vence la naturaleza, a veces la educación es tan determinante como el carácter. O eso asegura el coro, o Eurípides ¡quién sabe!, “Los hábitos de la educación contribuyen mucho a la virtud”, también Aristóteles creía en el poder de la educación y el hábito: “Debemos haber sido educados desde jóvenes para podernos alegrar y dolernos como es debido” y Plutarco: “Si alguno cree que los que no poseen dones naturales no serán capaces de compensar el defecto de la naturaleza, debe saber que está en un total error”. Yo no estaría tan seguro, la educación puede potenciar, contener y controlar el carácter pero no eliminarlo, lo que es natural es inmutable. Y no lo digo yo, que también, sino Aristóteles: “No es posible transformar con la razón un hábito arraigado en el carácter”. Y más bellamente el coro de mujeres:

“¡Diferentes son las índoles de los hombres, diferentes las costumbres!
Pero el carácter auténticamente noble queda siempre patente”,

y el vicioso también. Aunque, en el fondo, da lo mismo, porque pueda o no enseñarse la virtud, sea adquirida o innata, mientras la lengua sea la única manera de comunicarnos, los hechos siempre tendrán la última palabra.

     Cuídate