Carta sobre las Bacantes

     

     Se preguntan los sabios por qué el ilustrado Eurípides, discípulo de Anaxágoras y amigo de todos los filósofos y sofistas que pululaban por los gimnasios de Atenas, después de poner en duda la existencia de los dioses,

“¡Oh Zeus, quienquiera que tú seas, ya necesidad de la naturaleza o mente de los hombres!”,

escribió, al final de su vida, una tragedia glorificando a Bromio, niño dios, hijo de dios, Dioniso”.

     Me presento como hijo de Zeus. He trocado la figura de dios por la humana y aquí estoy, ante los manantiales de Dirce y las aguas del Ismeno”,

anuncia el dios a los espectadores, felices de vivir lejos de Tebas.

      ¡Cómo si en Atenas, cuna de la libertad, Dioniso no hubiese sido juzgado y condenado como lo fueron Anaxágoras, Sócrates y Protágoras! Nada ni nadie puede modificar la naturaleza humana. ¿O crees que si las mujeres, los solidarios y los pacifistas gobernaran el mundo desaparecerían las guerras, la corrupción y la violencia?

     No sé qué hubiese respondido Eurípides, la manera de ser es la huella del alma, y no hay dos almas iguales. Pero más sorprendente es, que después de poner en boca del adivino Tiresias, el argumento de su maestro Pródico:

Dos son los principios fundamentales de la humanidad: la diosa Deméter, que es la tierra, llámala con el nombre que quieras de los dos, y el hijo de Sémele, Dioniso, que, con el zumo de la vida, calma el pesar de los apurados mortales, ofreciéndoles el sueño y el olvido de los males cotidianos. ¡No hay otra medicina para las penas!”,

afirme que:

Ningún argumento derribará las creencias religiosas heredadas de nuestros padres, por más que resulte invención de los ingenios más elevados”.

     Quizá pensó que si no podemos saber si Dios existe, la fuerza persuasiva de los argumentos no dependerá del ingenio de sus creadores sino de la manera de ser de las personas. Por tanto ningún argumento eliminará jamás la religión de la mente de los hombres. Prueba de ello es “que las prácticas religiosas -ratifica Cicerón trescientos años más tarde- están cada vez más extendidas”. No debió, sin embargo, despreciar los esfuerzos de Pródico, Critias y Protágoras, ni nosotros las especulaciones de Feuerbach, Marx y Nietzsche. Pues, aunque la fe depende de la manera de ser, que se incline por Jesús, por la Revolución o por Alá depende del azar, y el azar es ciego, sordo y mudo.

     O quizá se sentía cansado, a los setenta años es difícil mantener la altivez, la presunción y el orgullo ante el avance imparable del deterioro, de la decrepitud y de la muerte. O le inquietaba que las creencias “que antes tomaba a risa fueran ciertas”. Es imposible saberlo porque las convicciones dependen de la manera de ser, y hay tantas como individuos. Mimnermo y Sófocles, por ejemplo, aseguran que “la vejez es peor que la muerte” y que es “despreciable, endeble, insociable y desagradable”, Gorgias y Catón, sin embargo, que “no tenían que hacerle ningún reproche” y que “resulta ligera, incluso agradable”, y yo, como Séneca, que “es grata la edad que declina, pero no la que se desploma”.

     Pero, de haber escrito las Bacantes, habría contestado que no corresponde al creador buscar el por qué, el cómo y el para qué de sus creaciones artísticas, como si el arte fuera una rama de la lógica, y la naturaleza un producto de la razón, sino, a los lectores, racionalizarlas según sus convicciones y creencias. Porque, con nuestras imaginaciones, nos sucede, como a Montaigne con Plutarco, que leía “cien cosas más de las que ha podido leer y algunas que no había escrito”. Aunque, si se conocieran a sí mismos tan profundamente como a Eurípides, sabrían qué les corresponde a cada uno y qué al artista. Pues se mire como se mire, siempre miraremos desde nuestro punto de vista.

     Además que todos los seres humanos estén compuestos física y espiritualmente de los mismos materiales, no significa que no abunden más unos que otros, abundan más los instintos que la razón, y más la razón que la capacidad crítica, o sea que la variedad y la diversidad son inherentes a la naturaleza humana. Y si no tenemos en cuenta las diferencias, y tratamos a los seres humanos como clase o especie, es decir, como un todo homogéneo moldeado por Dios, el modo de producción y la conciencia, la fe religiosa se transformará en fe racional, y sabemos por la historia el cruel y perverso comportamiento de creyentes, fieles y conversos, aunque culpen a Dioniso, Cristo y el Capital de sus desvaríos. ¿O crees que si no “lo midiéramos todo, señala Polibio, según nuestras rabias y envidias”, Dioniso se vengaría de Penteo, Jesús moriría en la cruz y el capitalista se apropiaría de la fuerza de trabajo?

     No me extraña que “la necedad, escribe Cicerón, suponga un mal mayor que si se juntasen, al otro lado de la balanza, el resto de los males”. Pues sabemos, por experiencia, que nadie sustituye a Zeus por Cristo, a Cristo por la Revolución y a la Revolución por la Nación si no está predispuesto a ello. Y, como en la vida, vale más la experiencia que la razón y, más aún, el uso que los argumentos, no deberíamos inmolar en el ara de la verdad a los que piensan de manera distinta, sino mostrar públicamente todas las opciones para que cada uno elija la más nutritiva y jugosa. Porque, por mucho que Marx proclame que “es en la práctica donde se demuestra en la verdad”, la praxis muestra su utilidad, no su verdad. Que necesitemos creer en Dios, o en la Razón, no significa que no se pueda vivir sin causas ni argumentos, por el placer de “ver la luz del sol”, como responde el esclavo a Orestes. Aunque, en el fondo, da lo mismo porque, sean o no verdaderas, el tiempo diluirá una a una, todas nuestras imaginaciones. Y, entonces, comprenderemos que las obras del espíritu son tan efímeras como la carne y los huesos.

     No iba descaminada Ifigenia al acusar a los seres humanos de atribuir “a los dioses su maldad”, si, como aseguran los sabios, “Dios es el hombre y el hombre es Dios”, o sea “una alteración de la personalidad”. Aunque sabemos por experiencia que no es la religión, como afirma Lucrecio, sino la verdad “la que ha engendrado (engendra y engendrará) crímenes e impiedades”. Nietzsche y Marx, por ejemplo, aseguran que “La religión es el reflejo de la esencia humana”. Pero -si estamos solos, si no hay ningún Ser Supremo que cuide de nosotros, ni ningún más allá que premie a los buenos y castigue a los malos- Amo, Esclavo, Superhombre, Comunismo, Proletario y Burgués serán también proyecciones nuestras, productos de la manera de ser para ser más preciso. Porque yo, que no creo en el progreso, ni en ningún más allá, se encuentre en la tierra, en el cielo, o en nuestras cabezas, nunca hubiera considerado al superhombre y al proletariado salvadores de la humanidad, y, menos aún, proclamado la llegada del comunismo y del reino de los cielos. Para ser feliz, no necesito razones ni argumentos, me basta con vivir cada día a gusto conmigo mismo, incluso me basta con la salud, porque estando sano mi cuerpo, también lo está mi alma, si es que son cosas distintas.

     Y que la fe sea racional, o religiosa, nada importa, porque no es Dios, la nación y la revolución sino el poder, el dominio de los más débiles, el motor que mueve la conducta humana, lo disfracen de comunismo, república y reino de los cielos. Y si preguntas, como Sócrates, qué entiendo por los más fuertes, respondo, como Calicles, que los que “tienen el poder de legislar”, porque, como “no hay nada que sea esencialmente justo e injusto por naturaleza, afirma Protágoras, es el parecer de la colectividad el que se hace verdadero cuando se formula y todo el tiempo que dura ese parecer”. Pero si “la masa está llena de pasiones injustas, de rabia irracional y de coraje violento”, “no comprende nada, sino que corea lo que los poderosos les proclaman” y “es un monstruo terrible y, si le acompaña el engaño, invencible”, según el mismo Protágoras, el aristócrata Polibio y el decepcionado Eurípides, ¿cómo nos defenderemos del “parecer de la colectividad” si la libertad depende de las circunstancias y el autoritarismo de la naturaleza humana?

     Quizá deberíamos sustituir la teoría lineal del progreso y la verdad por la teoría de los dos mundos, de las dos realidades como conjeturan Platón, Jesús, Marx y Sexto: el mundo sensible-el mundo inteligible; el valle de lágrimas-el reino de los cielos; la sociedad clasista-la sociedad sin clases; vivir según las costumbres heredadas de nuestros antepasados-vivir reflexionando sobre lo divino y humano. Porque, aunque la búsqueda de la verdad, como todo “lo bello es hermoso” y, perseguirla sin desfallecer por tierra, mar y aire, resulte muy atractivo -cualquiera se sentiría orgulloso de añadir antes o después de la Verdad en lugar de antes o después de tal o cual Olimpiada, de Mahoma o de Jesucristo-, como la conciencia se propaga discontinuamente, porque los individuos y las generaciones nacen y mueren, y con ellos la experiencia, sería más natural, incluso más racional, que la fe, la razón, el conformismo, la indiferencia y la capacidad crítica, en fin que todas las opciones pudieran convivir libremente, sin imponer a los demás la nuestra como si fuera verdadera, y no un simple punto de vista. ¡Tan difícil resulta comprender que lo que hoy es verdad mañana dejará de serlo! Si hiciéramos un censo de tan hollado territorio, la “llanura de la Verdad” sería el lugar con mayor densidad de población de todo el planeta.

     Me pregunto qué pensarían si, después de atravesar de la mano de mi alma, las tres etapas de la “Biografía espiritual de un humano del siglo veinte”, camello, león y niño, leyeran, en boca de María Magdalena, estas desesperanzadoras palabras:

Creen los hombres que hay otra vida, ¡cómo si la muerte fuera un tránsito y no el final del camino!, y que, si se arrepienten, dejarán de ser los que son, ¡cómo si Dios pudiera cambiar la naturaleza humana! Pero se equivocan, el que es de natural bueno lo será siempre y el que nació malvado nunca dejará de serlo”.

     ¿Acaso importa? Extraño sería que “sirviéndose cada uno de su propio juicio, le espeta Cota a Balbo, opináramos” lo mismo. Además, en mi isla, reina la imaginación y, donde mandan las palabras, no hay leyes ni reglas. Pero, como homogeneizar es la esencia de la mente humana, probablemente dirían lo mismo que dicen de Eurípides, que me había autoexiliado en un islote huyendo del dogmatismo y la ignorancia, que como estamos condenados a repetir una y otra vez los mismos errores había buscado refugio entre griegos y romanos o que decepcionado del optimismo racionalista había quedado atrapado en las cenagosas aguas del pesimismo. ¡Cómo si entre la razón y la nada no hubiera tantos matices como individuos o los parlamentos salieran del corazón y no de las manos!

     Pero, si me hubieran preguntado, habría respondido que me gusta vivir, como Sexto, “según las costumbres patrias, las leyes, las enseñanzas recibidas y los sentimientos naturales”, en lo demás, “encaminarme primero hacia la suspensión de juicios sin afirmar ni negar nada y después hacia la ataraxia, o sea hacia el bienestar y la serenidad de espíritu”, aunque, para ser sincero, no suspendo nada, porque no busco la verdad sino la belleza. No sé que buscaba Eurípides, ni por qué escribió las Bacantes, conocemos el aspecto no el interior de las personas. Pero no creo que glorificara a Dioniso porque añorara “lo que la gente más humilde ha aceptado como fe y práctica” como canta el coro, sino porque opinar libremente sobre el más allá, la providencia y el Hades forma parte de nuestras raíces. ¿O crees que dialogo con Jesús, los Apóstoles y María Magdalena porque me sienta vacío o desorientado? Los asuntos divinos son tan humanos como el dolor, la vejez y la muerte.

     Pero, sigamos con la tragedia. Penteo, escandalizado porque “las mujeres han abandonado sus hogares y corretean por los bosques, glorificando a Dioniso”, amenaza con matarle: “Si logro prenderle le haré cesar de golpear con el tirso y de sacudir su cabellera, ¡porque le separaré el cuello del cuerpo de un tajo!”. ¡Cómo si Tiresias y Cadmo no fueran hombres! “¡Veneración, soberana divinidad! ¿Escuchas las palabras de Penteo? ¿Escuchas su impía violencia contra Bromio, hijo de Sémele, el dios que en las fiestas alegres de hermosas coronas es el primero de los Felices?”, clama indignado el coro de mujeres. ¡Cómo si no fuera “impía violencia” enloquecer a una madre para que “apoyando el pie en el costado desgarrara y arrancara el hombro de su hijo”!

     Y si crees que imaginando a los dioses apacibles, o rezando a un Dios paternal y bueno, los seres humanos vivirán pacíficamente, te equivocas. Es ley de la naturaleza que los depredadores se conviertan en presas y las presas en depredadores, síndrome del Apóstol podríamos llamarlo, o ley del talión porque los perseguidos no aspiran a convivir sino exterminar a los perseguidores. El esquema es simple: el fuerte persigue al débil.

Traedlo bien atado, para que reciba la pena de la lapidación, y que muera, viendo en Tebas una amarga fiesta báquica”, ordena Penteo.

Y el débil se venga matando al fuerte:

Mujeres, castigaremos a Penteo, saldrá para el Hades en las manos de su madre”, clama Dioniso.

     Y quien dice Penteo-Dioniso, dice cristianos, musulmanes, nazis, fascistas, comunistas, nacionalistas y demás monoteístas. Porque si la empatía formara parte de la naturaleza humana el converso Julio Firmico no habría exigido que “el paganismo fuese totalmente destruido” ni, dos mil años después, el converso Andrés Nin proclamado que “la clase obrera había suprimido a los sacerdotes, las iglesias y el culto”.

     No es el ateísmo ni el comunismo, como pretende Marx, sino la libertad la manera de superar el enfrentamiento, la contradicción, la lucha de contrarios. Porque no se trata de eliminar sino de airear todas las opiniones para que Cadmo, Tiresias y Ágave puedan cantar y danzar en honor a Dioniso, y Penteo negar la divinidad del hijo de Sémele, no para disuadirles sino para dar rienda suelta a su carácter, porque sabemos por experiencia que, cuanto menos discrepemos de nosotros mismos, más felices seremos.

     Y si preguntas cómo nos protegeremos de la maldad inherente a la especie, respondo, como Tindáreo al matricida Orestes, “defendiendo, en la medida de nuestras fuerzas, la ley, tratando de impedir ese instinto brutal y sanguinario, que destruye el país y las ciudades”. Pero si crees, como yo, que no hay verdades sino puntos de vista, “viviendo sin dogmatismos” como aconseja Sexto.

      Cuídate