Poemas

 

                      I

   Cuando las bacantes
irrumpieron en el escenario,
al son de los tamboriles,
los espectadores aplaudieron.

   Pero, cuando las sierpes,
que lamían sus sienes,
cayeron sobre las gradas,
el público aterrado
abandonó el teatro.

   Ni después de muerto
cambió su suerte,
murmuraron los actores.

 

                  II

   ¿Por qué el rayo?
¿Por qué no la fina lluvia
y el suave aleteo?

   ¿Por qué el fuego?
¿Por qué no la fresca humedad
y el cálido aliento?

   No fue el deseo,
fue la ignorancia
culpable de sus males.

   ¿O no abrazó Zeus
a Dánae y a Leda?

 

                     III

   Fulminada por el rayo
cayó Sémele.

   No se sabe
si herida de amor
o de muerte.

   El deseo
cegó su alma
la ignorancia
sus ojos.

 

                        IV

   Tal excitación provocó
la llegada de las ménades
al puerto de Atenas,
que Fidias, herido por el deseo,
esculpió sus sensuales contoneos
en la procesión de la diosa.

   La impiedad está en los ojos
no en las cosas,
replicó a sus acusadores.

   Si no convence a los jueces,
esta noche el rijoso artista
dormirá en el Hades.

 

                    V

 ¡Brota del suelo leche,
Brota vino,
Brota néctar de abeja!

   Si del suelo brotara
leche, miel y vino,
como canta el coro
sería Dioniso,
no el comunismo,
el enigma resuelto
de la historia.

 

                        VI

   Cuando las puertas del templo
se abrieron,
y los hombres vislumbraron
la lasciva mirada de Bromio,
silbaron.
Pero cuando las mujeres enloquecidas
gritaron, ¡guapo!, ¡guapo!,
callaron.

   Es hijo de un dios,
comentaron celosos.

 

                         VII

   Si los dioses, desde el Éter,
observaran a los hombres,
ni el león de Nemea,
ni la hidra de Lerna,
ni los bueyes de Gerión
habrían impedido
que Hércules limpiara
las sucias calles de Atenas.

 

                     VIII

   En febrero,
con la piel moteada y el tirso,
recorreremos
el parque y la Alameda.

   Y por la noche,
cuando el dios y la diosa
salgan del templo,
a la luz de las estrellas,
bailaremos y cantaremos.

    Si el inquieto Eolo
no apaga las velas.

 

                    IX

   Penteo enrojeció
cuando travestido de mujer
con peluca, peplo y diadema
atravesó las puertas de Tebas.

   ¡Salud Ágave!,
exclamaron los soldados,
encandilados por su belleza.

 

                X

   No era el Quijote
ni Sancho.

   Ni eran molinos
ni gigantes.

   Tampoco era Dioniso.

   Era un espejismo
una nube
una imagen
de vaho y aire.

 

                    XI

   Así reza la inscripción
hallada en el teatro.

   Calímaco la esculpió
en las Dionisas,
cuando la joven,
inspirada por el dios,
saltó desde las gradas
al escenario.

   El vino hace milagros,
añadió un espectador
al pie de la estatua.

 

                  XII

   Mientras Penteo,
siguiendo al dios,
veía dos soles y dos Tebas.

Ágave, beoda,
vio primero un león,
después una ternera,
y, cuando se le pasó la borrachera,
la cabeza de su hijo
con melena rubia y diadema.

   No siempre el vino
cura las penas.