Primer Diálogo

 

   Rizadas nubes
ocultan el vientre terso del cielo
mugiendo olas en celo
amarillas y profundas

es la mar en otoño
un trigal de secano.

   Puñados de gotas
arrastradas por el viento
borra con risas
las huellas de la arena

entre el cielo y la mar,
en su vértice más próximo,
lejos del parpadeo vigilante de las gaviotas,
el alado deseo abraza sus cuerpos.

   El sol descolgándose por el horizonte
abandona la tierra en brazos de la noche,
la mar sigilosa
espera envuelta de turbios grises
la ancestral batalla

heridas de sangrantes colores
dejan el atardecer
cubierto de flotantes cadáveres.

 

Mujer:

   Mi cuerpo se reblandece
al calor de los huracanes.
Besa amado mi boca y mis pechos
extrayendo de la fuente de la vida
sus profundidades.

 

Hombre:

   Tiembla mi cuerpo,
mis pensamientos en sus puntas
como las noches estrelladas.
Un baluarte nocturno necesito
para no desecar los mares.

 

Mujer:

 El mar prolonga mis ojos,
la noche mi espalda.
Caminemos por la arena húmeda
despacio, sin levantar el polvo.
Aprisióname con tus muslos,
con tu aliento, mi boca.
Túmbate en el regazo de las aguas,
soy la mar que espera.

 

Hombre:

 Caminando iré hacia la orilla,
tanteando con los brazos extendidos
y las manos abiertas,
buscando, detrás de las aguas,
los estratos más profundos.

De soplidos de olas,
de su calma nocturna
colmaré mi pecho.
En árbol de gaviotas
adornaré mi tronco.