En los confines del ocaso

 

La nave se aleja
mecida por la brisa
instrumento que tañe las velas
con salados acordes.

Mi corazón, enamorada Medea,
llora camino de Córdoba,
lejos de su ciudad
en los confines del ocaso.

Tus viejas manos borrachas de luz
y armonía
modelarán fantasías de vidrio
y barro
que inmortalizarán el nombre
de Bizancio.

Sueños de colores y formas
inquietan mis manos
deseosas de calmar su abstinencia
en los muros de la Mezquita.

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