Las manzanas del Alminar

 

Una azucena de oro blanco,
flor aérea en el desierto de los vientos,
pende de la rama más alta
del alminar que al-Nasir,
rubio jardinero, ha plantado
en los muros de la Mezquita.

Los peregrinos de Bagdad, Sicilia y Castilla
que cruzan el río por el puente
no necesitan alzarse sobre las monturas
para divisar desde la lejanía
el collar de naranjos y palmeras
que rodean sus  patios.

Al-Nasir, pescador de ideales,
ha hilado los deseos con sueños,
tejiendo, en el estéril desierto,
un oasis fértil y húmedo
rebosante de espíritu y vida.
Su nombre recubre el tronco de piedra
como una impenetrable hiedra.

Sus hábiles cuidados han dado sus frutos:
tres simientes brotan de su tallo
como tres luminosas doncellas
que los aires serranos de Córdoba,
en su espacial cabalgadura, abrazaran
con el ímpetu del amante
que agarrota sus manos temblorosas
sobre las caderas de su amada.

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