El sol rojo de Zahara

 

El sol rojo de Zahara,
el verde alga de los pinos
en la arena blanca,
y la fila nupcial de las gaviotas
picoteando las olas.

La intensa luminosidad del cielo,
los brumosos placeres azules,
los tonos oscuros de la tierra
y los matices claros del océano.

Las cañas, las costas de África,
los reflejos engañosos de las mojarras,
las sensuales contorsiones de las actinias,
los erizos, pardos girasoles inmóviles,
y las patas de burro rociando las hendiduras.

Vejer colgado de la cima,
claro balcón de empinadas calles,
flores, macetas, balaustradas,
farolas y calles empedradas.

Medina de viejo sabor mediterráneo,
preñada de misteriosos templos
y el murmullo de la sangre derramada,
a dos kilómetros Casas Viejas.

Baelo, la ciudad romana,
el faro, el teatro y el mar,
camino de Roma y Atenas,
de Tiro, Cartago y los salazones
bordeando la costa gaditana.

La blancura húmeda de los pueblos de la costa:
Sanlúcar, Chiclana, Conil y el Puerto,
factorías pesqueras, salinas, la llanura,
estéril harén de fértiles toros,
Arcos y el Berrueco blanco iluminado por el sol
que muere en las aguas de la bahía.

Cerca del mar, amasada con salitre y aire del Sahara,
la sierra, un hervidero de pueblos
de hermosas paredes encaladas, rejas, geranios
y azulejos moros adornando las cornisas:
Grazalema, Ubrique, Benaocaz, Benamahoma.

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